El fútbol argentino da para todo. Una vez, Mariano Dalla Líbera festejó un gol desde 35 metros. Pero en realidad, lo mostró la televisión después, la pelota había entrado desde el costado, por un hueco de la red. En cierta ocasión, incluso, Carlos Griguol se enojó con uno de sus muchachos y no tuvo vergüenza en gritarle: “Yagui… ¡Vas a salir campeón de la c… de tu hermana!”. En fin, si hasta un club fue capaz de hacerle una estatua a un entrenador después de consagrase campeón tras 35 años de padecimiento (remember Racing y Mostaza Merlo), cómo el mundo de la pelota no va a tener apodos.
Apodos: un alias, un mote, un apelativo, un seudónimo. Una forma de llamar a un otro por una determinada característica: un defecto, una burla, una virtud. Un apodo-objeto, como el Avioncito Rambert, que abría alas y volaba después de celebrar un gol. O un apodo vinculado a la vagancia, como el de Pachorra Smaldone. O un apodo simple que va perdiendo razón de ser para convertirse en un apelativo inmenso, como el Pelusa para Maradona, que pasó a ser Dios.
Leer más en Perfil
Los apodos del fútbol argentino
Comidas, animales, ocupaciones. Diario Perfil propone un juego nacido en su redacción sobre futbolistas de ayer y de hoy, agrupados arbitrariamente.