Curioso asunto la belleza, si nos preguntamos qué es.
¿Es el sentido que toman las formas aquello que nos atrae? ¿O acaso buscamos algo intangible, un perfume tal vez, algo huidizo en su percepción y a la vez permanente en la memoria?
Algunos la perciben en las formas puras y despojadas; otros, en los laberintos intrincados.
Hay quienes la asocian con la delicada armonía de las formas y quienes la vinculan con la fractura y la sorpresa. Para ciertas personas, es intrínsecamente inocente y cándida y para ciertas personas es privativamente oscura y barroca. Para algunos es una cara bonita; para otros, una pregunta sin respuesta, una cicatriz.
Cuando somos jóvenes, la belleza es una fuerza indómita que levanta el mundo y lo destruye. Cuando llegamos a viejos, la belleza es simplemente la contemplación lejana de la imposible juventud.
La belleza es la forma que el pensamiento adopta para que no lo olvidemos.
La belleza se posa un instante en el crepúsculo, el barco, la estela y el pájaro, pero se queda a dormir en las oscuras espaldas del mundo haciendo posible nuestro propio sueño.
La belleza es una idea de la belleza, aunque las ideas jamás son bellas. La belleza no conduce al placer, sino que lo transita. La belleza es el elástico que sostiene la careta.
Sus Majestades
Ya saben ustedes cómo es esto de la Fiesta de la Vendimia: una gran apuesta de la cultura y el turismo provincial, pero también otras cuestiones que hoy viene al caso detallar. A los efectos de construir un concepto de la belleza, sucede más o menos así: de un día para otro, señoritas que escuchan Ricky Martin, beben fernet en las discotecas, se putean con sus madres y sus novios, barren las veredas, dan a conocer sus estados de ánimo por Facebook, menstrúan, reprueban exámenes y ejecutan acrobacias reproductivas de todo tipo en automóviles, son elegidas Reinas de la Vendimia y todo cambia para ellas, presas de un cuento extrañamente infantil.
En cuestión de horas, todo a sus alrededores indica que son especiales, extraordinarias, distintas a los demás. Reciben ovaciones, firman autógrafos, se ponen ropas carísimas, comen en restoranes, se prestan para sesiones fotográficas, sus afiches cubren las ciudades, hacen cursos de cata de turismo y posan junto al intendente o el gobernador de turno, con vestidos largos, tacos altos, capas a lo superhéroe, coronas, bandas y cetros.
A partir de ese momento, tendrán vedada toda forma de verdadera humanidad: las Reinas de la Vendimia no podrán jamás mostrarse como en verdad son, sino como el establishment quiere que se muestren.
El silencio y la leve sonrisa serán sus armas. La circunspección será la bandera. La reserva y la distancia, sus discursos y la meditada ternura, sus mensajes. Y todas dirán que harán lo mejor para representar a sus comunas y a los mendocinos y que les gustan los niños y que son bilingúes y que hay que promover la solidaridad y cosas por el estilo.
Llegada la noche del suceso, desde los palcos vip del teatro griego, sólo los elegidos para el gran banquete votarán a sus candidatas, en una compulsa en la que la política -más aún en años electorales- juega un papel preponderante. Dos cosas, al respecto, no hay que dudar: que la elegida será bonita (todas lo son) y que su elección será, además de un premio personal, el resultado de una puja política jamás reconocida.
Sin embargo, no todo en la Vendimia es así ni todas las reinas son necesariamente así. Y aquí presentaremos dos -o tres- casos...
Son bellas
Violeta y Melanie son bellas. Tan bellas como las canciones para niñas y las burbujitas en las tazas de leche por las mañanas. Son bellas como las frazadas en invierno y el viento del verano y el olor a tierra mojada que deja el camión regador en la calles de Las Heras por las tardes.
Violeta y Melanie son bellas como los destrozos que hace el otoño en los chañares; bellas como la llovizna cuando se suicida en el Corredor de Oeste; bellas como un astrolabio en las manos trasnochadas de Kepler; bellas como esos sonetos de Quevedo sobre la angustia ante la muerte; bellas, al fin, como el silencio de los infortunados.
En fin, ¡¿qué más hay que decir para que ustedes crean que son bellas?!
Son bellas y no habrá manera de acercarse a sus bellezas y, si acaso llegasen a descifrar los hilos de luz en el fondo de sus ojos, no tendrán más mandato que arrodillarse ante sus pasos, como esclavos en agonía o la vida, ante el paso del tiempo.
La Pancheada
Violeta Cortez y Melanie Calderón viven en Las Heras. Ellas son la Reina y Virreina infantiles del lasherino distrito de “El Plumerillo”, aunque nada obsta para que las designemos, digamos, soberanas del Hemisferio Sur. El 12 de diciembre, tuvieron su fiesta y apenas un voto separó a una de otra. Violeta vive en el barrio 8 de Mayo y Melanie en el 23 de Junio. En el distrito, desde hace cuatro años eligen la Reina de la Vendimia Infantil y el asunto es un verdadero acontecimiento para las barriadas lasherinas involucradas.
Melanie, la más locuaz, tiene cabello castaño, ojos marrones y desconoce cuánto mide. Violeta también tiene ojos marrones y pelo castaño claro. Sus Majestades, de cara al compromiso asumido, han recibido clases de folclore, protocolo, historio y hasta pautas para enfrentar entrevistas periodísticas. “Voy a la escuela Santa María de Belén y ya pasé a tercer grado”, deja salir Melanie. A su turno, completa Violeta: “Yo voy al Instituto San Miguel. Pasé a quinto grado”. No quieren decir mucho más (lo de ellas es todo contemplación) y tampoco les preguntaremos si van a trabajar por Mendoza, por los niños pobres y por la paz mundial.
Para la Fiesta de la Vendimia Infantil de “El Plumerillo” las candidatas son inscriptas en la delegación municipal y, llegado el día de la elección, la fiesta se hace en la misma calle. Hay shows artísticos y vota un jurado compuesto por ex reinas (de las grandotas, no niñas), periodistas, invitados especiales y las propias candidatas.
Escuchemos a Dante Bordón, uno de los organizadores de la fiesta: “Todas las niñas son vestidas igual por una modista y peinadas por un peluquero. Elegimos varias reinas: Los ojitos más dulces, La carita más tierna, La más simpática, La mejor sonrisa y La mejor compañera y otras por el estilo. La idea es que cada una tenga su reconocimiento”. Dejemos que el muchacho agradezca: “Gracias a Mario Luna, de la comuna de Las Heras, y a las familias Barroso y Coria, que donaron las bandas y cetros". Naturalmente, la gente de Las Heras busca que la fiesta crezca y sería bueno que tal cosa sucediera.
Dejemos un dato más sobre esta fiesta del pueblo: el viernes anterior al Carrusel, las soberanas niñas tienen su cena de cierre. La llaman “La Pancheada”, allí en la noche de Las Heras, todos celebran el lugar que les ha tocado en suerte en el mundo y dan sentido a la palabra cultura.
Si en algún lugar está la Vendimia, opina este escriba, es en esa pancheada de los desheredados y no en ningún almuerzo de fuerzas vivas, palcos vip, quintas de millonarios, restoranes de bodegas o terrazas de hoteles cinco estrellas.
Declaración de amor
Hay una clave en la pregunta por la belleza: no puede ser comprendida, si no se la integra con su entorno.
La belleza es un concepto complejo: resulta imposible asumirla y aun amarla, si ella no se conecta e incide favorablemente con todo aquello que la rodea.
Pongamos ejemplos groseros, pero prístinos: a todos –hombres y mujeres– nos parecen bellas las piernas de Dolores Barreiro y los ojos y la sonrisa de Leo Sbaraglia, pero, ¿nos seguirían pareciendo bellos si se los arrancamos y los ponemos sobre una mesada de carnicero?
Aquello que de tan bello hace estallar nuestros deseo y admiración hasta límites insospechados, se vuelve rechazo absoluto, si no hay entorno, contexto, compromiso.
“Me gustan tus piernas,/ porque las tenés puestas”, decía un viejo poema que viene al caso.
Por eso, en pleno clima de Vendimia, con hermosas chicas que van y vienen de un flash a otro, de un peluquero a otro, de una maquilladora a otra y de un cocktail a otro, yo me quedo con la Vendimiadora fotografiada por mi querido amigo perdido, el maestro de fotógrafos Máximo Arias.
Ella, la Vendimiadora sin sexo, supone la suma total de la belleza: es forma, fondo y compromiso del contexto con aquello que se celebra.
Y Máximo, el artista, es el arquitecto, el escultor, el ojo que concentra toda sabiduría.
Al igual que toda su familia, la Vendimiadora jamás pisó el teatro griego Frank Romero Day. Por el contrario, como siempre ocurre, entre vendimia y vendimia, la muchacha perdió el candor entre los surcos y se dejó ser madre y después se perdió para siempre, al atardecer, hacia el final de una calle de tierra, como un obrero en bicicleta, un perro trasnochador o un héroe de wester spaghetti.
Ya es demasiado tarde para decirle que la amamos.