David Blanco fue un tipo que no dejó de sorprenderme. Cada tanto pero con una frecuencia regular irrumpió públicamente y mostró por dónde ir. Un hombre entero da esa sensación siempre pero como buen actor su impronta estaba sostenida en los escenarios más decarnados.
Su acción como dirigente social y víctima protagonista de la parte más oscura de la historia reciente de la Argentina lo mostraron siempre como un referente que señalaba por dónde ir en la búsqueda de la Verdad.
"Sin venganza pero por la verdad" me dijo alguna vez como una advertencia. Pero antes de señalarme el camino, con una humildad y una deferencia insólita para mi, me agradeció un informe periodístico. Aquella crónica por la cual me agradeció Blanco revelaba la existencia del Centro de Instrucción Contrasubversivo (CIC), una antigua estructura de la Policía Federal que llegó a sebrevivir hasta los primeros años de esta etapa democrática.
Dicho sea de paso, en el CIC se adiestraron los policías del país contra la guerrilla urbana durante la dictadura. Allí fueron aleccionados varios de los entonces jóvenes brillantes oficiales y futuros conspicuos comisarios mendocinos que condujeron a la fuerza de seguridad hasta 1999. Esa fue una sorpresa para Blanco y por eso me dedicó un agradecimiento inesperado para mí porque -sin quererlo, de verdad-, según él había contribuido a rearmar la historia oculta del aparato represor. Pero también hubo otras sorpresas más de parte de él. Fueron más públicas y de un fuerte interés social.
Su actividad gremial también lo tuvo en el medio de la escena. Recuerdo su última gesta por el reconocimiento del trabajo de los artistas en la Vendimia. Blanco en ese momento encabezó un reclamo por el pago de los actores que participan de la Fiesta Central.
Y su último acto público tuvo mucho de personal y el hombre se mostró tal cual fue. Se lo había anticipado a un amigo en común. Su relato frente al tribunal que enjuicia a los represores en Mendoza, retumbó en los oídos de los concurrentes en la sala de debate de los tribunales federales.
David Blanco contó los tormentos y las vejaciones que los torturadores le aplicaron a él y a otros cautivos, varones. Su testimonio fue revelador y contribuyó, junto a los de las mujeres secuestradas en el centro de detención D2, a que la violación sexual, en esas circunstancias, sea considerada un crimen de lesa humanidad, es decir un delito imprescriptible.
Aquel testimonio estremecedor parece ser el último acto de este luchador. Fue el último piedrazo de David que dio finalmente en la cabeza de Goliat, ese monstruo que representa al aparato judicial que encubrió por años las atrocidades de la dictadura.
Su muerte también me sorprendió. Esta mañana Pupé Bustos me llamó y me lo contó. "Un paro cardíaco en su casa, después de haber colaborado con Vilma Rúppolo en la Vendimia de San Martín. Usted es el primero de los medios al que se lo cuento", fue el comentario dolido de mi amiga y antigua amiga de él.
Lo vamos a extrañar. Pero David (Blanco) puede y debe descansar en paz. Se lo merece.
Al final, el sorprendente David (Blanco) volteó a Goliat
Siempre fue un "duro". No se conformó con ser un actor. Su acción verdadera pasó por el escenario de la realidad permanente.