En La parte de Amalfitano, el segundo de los libros que integran el voluminoso 2666, de Roberto Bolaño, su protagonista, Amalfitano, siente un temor que atraviesa todo el relato, y no es ningún temor infundado, pues vive en México, y los feminicidios de Ciudad Juárez lo hacen temer por su hija.
Ciudad Juárez, al norte de México, se hizo famosa por los miles de cadáveres de mujeres torturadas y violadas antes de morir que fueron apareciendo en los últimos años. La cantidad de muertes en esa ciudad es, pese a varios estudios, inestimable. Sin embargo, hay cierto consenso en que son más de 3.000.
3.000.
3.000 mujeres asesinadas con los métodos más viles.
3.000.
Ese número hace centrar la atención en Ciudad Juárez en particular, pero está más que claro que la cifra se reproduce ampliamente si la visión se amplía al mundo, porque alrededor del globo se suceden crímenes derivados del abuso de poder, de ese dominio simbólico (y físico) que el hombre ejerce sobre la mujer, de esa actitud derivada de la siempre mentirosa e improbable creencia de que se trata del sexo débil.
Hay una interesante visión de Rita Laura Segato sobre lo que sucede en Ciudad Juárez. Ella dice: “Ciudad Juárez es también, significativamente, un lugar emblemático de la globalización económica y del neoliberalismo, con su hambre insaciable de ganancia. La sombra siniestra que cubre la ciudad y el miedo constante que sentí durante cada día y cada noche de la semana que allí estuve me acompañan hasta hoy, más de un mes después de mi regreso al Brasil. Allí se muestra la relación directa que existe entre capital y muerte, entre acumulación y concentración desreguladas y el sacrificio de mujeres pobres, morenas, mestizas, devoradas por la hendija donde se articulan economía monetaria y economía simbólica, control de recursos y poder de muerte”.
Deja así planteada una relación que no es propiedad exclusiva de ese lugar alejado de nosotros, en la frontera entre México y EEUU, porque la mujer (pese a todos los esfuerzos de organizaciones, algunos políticos y varios gobiernos) sigue siendo un objeto de consumo, perdiendo, como tal, la forma de la otredad. La mujer no es otro, es una cosa.
Si no, veamos a Berlusconi, para quien la mujer es el pedazo de carne que rodea la vagina. O vengámonos más cerca, acá nomás, donde la mujer es el anzuelo para vender lo que se nos ocurra. Y tan objeto es la mujer, que su ser es maleable y dúctil según las necesidades. Es madre y amorosa si quieren vendernos un jugo de naranja para la mesa del mediodía; es cachonda y felina si lo que “necesitamos” comprar es un programa de televisión.
Sería una simplificación extrema reducir el problema de los feminicidios en el mundo (no estamos hablando sólo del primero o del tercero, este es un tema universal) a la comercialización de la imagen de la mujer. Porque en este descrédito se incluyen aspectos culturales, históricos, sociales y demás, y desde cada uno de ellos llegan elementos que hacen que la mujer se convierta en un objeto.
Estos aspectos culturales naturalizan los asesinatos de las mujeres por razones de género. Es el abuso del poder machista que considera a la mujer como su propiedad y que, desde esta concepción, puede incurrir en la violencia extrema que culmina en el femicidio de una esposa, amante o pareja.
Pero está claro que, pese a todos los esfuerzos, nos estamos quedando cortos, y es indudable que todos vivimos en una gran Ciudad Juárez, porque nuestras mujeres no están a salvo de que un esposo, un amante, un compañero de trabajo o de estudio, cualquier hombre que se obsesione con ellas, pueda apuñalarlas después de violarlas, convertirlas en fetiche de sus deseos, secuestrarlas para que se prostituyan y mil posibilidades más.
En la novela Latinoamérica go home, de Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsky, la hipótesis es que se acaba el petróleo en el mundo, lo que genera una suerte de guerra de todos contra todos por subsistir, y en ese escenario, las mujeres constituyen uno de los grupos más fuertes, tanto por su inteligencia como por su espíritu.
Necesitamos más mujeres de esas, que las hay no tan ficticias, y menos pedazos de carne con un cartel colgado en el pecho que dice “Úselo y tírelo”.
Alejandro Frias