La presencia y la entrevista a la hija del Che, sobre el libro de su madre, Aleida, en que narra el discurrir de su vida en común con Guevara, ha puesto de nuevo en primera plana al guerrillero argentino. Las palabras de esta mujer, como las de su madre, tienen el encanto de la sencillez; suenan verdaderas. También el mérito de no caer en énfasis idealizadores, sobre alguien con el que ya se han practicado todas las idealizaciones posibles. También, es cierto, esa ingenuidad acorazada de la mayoría de los cubanos, que creen y proclaman que el régimen de la isla ha sido, es y será la más perfecta creación de la historia sobre la tierra.
Esto sólo, en sí mismo, sería apenas una anécdota. Pero se da en circunstancias nuevas, inesperadas hasta hace poco. La tremenda crisis global del capitalismo, la desorientación, cuando no el espanto de sus dirigentes, y la aparición multiplicada de los “indignados”, jóvenes sobre todo, que piden cambios radicales y que, aunque no hablen de “revolución”, en realidad la pronuncian de distintos modos; o están por pronunciarla. A la vez, y lo que es casi lo mismo, la inesperada y vertiginosa repolitización de las juventudes, todavía en amagues, pero que se puede convertir en avalancha. Aquí, entonces, la “reaparición” del Che (que hasta hace poco hubiera corrido riesgos de ridículo) se materializa llena de preguntas e insólitas perspectivas.
Recuerdos de provincia
Todavía no hemos discutido, me parece, el papel y la influencia de Ernesto Guevara en la historia argentina. (¡Como tantas cosas que no nos animamos a discutir!). Da para libros. Apenas si diré raquíticas opiniones, sin poder justificar, por espacio, sus argumentos. Opiniones controversiales, más vale. (Si no, no vale la pena opinar).
En la provincia Argentina, en los 70, el Che Guevara fue inspirador de muy nobles vocaciones personales y grupales. También lo fue de políticas guerrilleras intransigentes, partícipes inseparables de la tragedia de violencia y sangre en que terminaron esos años y sus sueños.
Para los jóvenes argentinos de entonces, Ernesto Guevara, un joven argentino aventurero, fue justamente eso, la aventura posible y necesaria. La aventura que termina, obligadamente, no en el rescate de una damisela, sino en el intento de rescate de una porción enorme de contemporáneos sometidos y violados, despojados de derechos y de dignidad. Guevara era el hombre común capaz de sueños, de aventuras intrépidas al servicio de los otros, de la fraternidad como textura de vida, del heroísmo posible y contagioso en un mundo desencantado. Porque “Che Guevara es sólo el otro nombre de lo que hay de más justo y digno en el espíritu humano. Lo que tantas veces vive adormecido dentro de nosotros. Lo que debemos despertar para conocer y conocernos, para agregar el paso humilde de cada uno al camino de todos”.
También el Che fue, ya lo dije, inspirador o pretexto para políticas de guerrilla irracionales, sin otro destino que la tragedia y el desastre. Su “exportación” de la revolución cubana, su consigna de crear “uno, dos, cien Vietnams”, no podía sino envenenar el proceso de cambio que, por un estrecho desfiladero, tal vez podía ser democrático. Pero el Che descalificó a Allende; sus seguidores menospreciaron a Perón. Era ridículo y traidor lo que no fuera armado. (Ya sé; no estoy hablando de un “segundo demonio”, ni me importa. La verdad es demasiado terrible para ocultarla. También sé que, de todos modos, la represión asesina se hubiera desatado igual).
Esta segunda realidad embadurnó de sangre la primera. Ha sido muy difícil, por muchos años, distinguir y ponderar su dimensión ética, su inspiración primera, aquel fuego fraterno, de su extremista política armada.
El porvenir de un mito
Hasta hace poco, las luchas populares y nacionales habían retrocedido tanto que la revolución era motivo de burlas y de escarnio; el Che Guevara apenas si aparecía en las remeras juveniles y marketineras. El sistema había deglutido y banalizado al adversario. Pero ahora, como decimos más arriba, las cosas parecen haber cambiado.
El Che vuelve a ser un fantasma que merodea América latina, un fantasma que quita el sueño a los poderosos y alienta sueños de los sometidos. Esta vez, me parece, no viene con un fusil en la mano, con una propuesta de muerte para liberar la vida. Pienso que es bueno que el Che vuelva, y aunque siga con ropas de guerrilla ya no venga como soldado. Que en él se cumpla el deseo y la profecía de uno de sus discípulos, el subcomandante Marcos: “Nosotros decidimos un buen día hacernos soldados para que un día no sean necesarios los soldados”.
En el nuevo mundo que esperamos debemos prescindir de los asaltos violentos y jugarlo todo por la democracia. Pero son necesarios los Guevara. Muchachos que aunque no tengan asma como Ernesto, sí padezcan como él la asfixia de un mundo que oprime y prohíbe el aire libre, el aire de la libertad, la justicia, la fraternidad. Muchachos que salgan del encierro y las frazadas protectoras hacia la aventura, hacia el riesgo, hacia el olvidado compromiso. Porque siempre son imprescindibles “los que caminan de pie en un mundo de agachados”.
Rolando Concatti, especial para MDZ