Están más ricas que un asado con pileta

Un elogio de todas las formas de la sed y la belleza. Miren estas chicas: están más buenas que comer pollo con la mano, más ricas que mojar el pan en el tuco, más ricas que cagar leyendo el diario, mire, vea… Están buenas, están ricas, señores, pero esto es lo que menos importa, porque con sus ojos y sus manos echan luz sobre toda la oscuridad que es el mundo.

Mirá el tipo sudado, curva su espalda contra la húmeda pared de la prehistórica caverna: con indecible afán traza figuras de animales contra la piedra, aun sin saber cuánto dura la palabra siempre; tiene miedo de salir, porque el mundo es ajeno.

Mirá también esa artista exquisita, en su atelier de Manhattan, pintando el mundo que –le han enseñado, lo ha aprendido– le cabe en una mano: el mundo y sus cavernas que tanto teme y por eso elige las alturas.

Mirá, viene a ser así...

Uno y otra: el cavernícola y la acuarelista del piso 44, son presas del mismo afán: el hambre que los constituye no ha variado con el curso de los milenios. Algo en ellos –algo íntimo, insondable, abrasador– les dicta que es posible abrir nuevas dimensiones en la realidad. Esto es: agregar mundo al mundo, acceder a las cavernas oscuras y a las alturas celestes por nadie fatigadas.

La búsqueda de la belleza es un monstruo que se devora a sí mismo. Nadie que la obtenga detendrá su paso, pues la belleza es la búsqueda de la belleza. A diferencia de la tragedia y de la ausencia, la belleza no sacia el hambre del sediento ni la sed del hambriento. Aquel que persigue y apuesta sus desvelos sabe bien que la sed es infinita y el hambre, una actitud.

Y aquellos que la portan, que la asumen, que la exhiben, los bellos –si resultan ser buenos de corazón– jamás habrán de sentirse satisfechos con sí mismos y saldrán a buscarla el otros lados.

Miren aquí: tomemos este ejemplo de la belleza insatisfecha de sí misma.

Miren estas chicas y perdonen las almas delicadas las siguientes groserías poco bellas, aunque certeras: están más buenas que comer pollo con la mano, están más ricas que un asado con pileta, más ricas que mojar el pan en el tuco, más buenas que cagar leyendo el diario, mire, vea…

Sin embargo, tengamos por certero que la belleza mayor brota, esta vez, de sus actos. Tal vez, asumieron que la belleza nunca es un fin en sí mismo, sino apenas un breve tránsito entre dos formas de la oscuridad. Es imposible –y Narciso lo sabe– verse y persistir.

Así, las chicas buscaron un lugar en el mundo que las trascienda y crearon el grupo de colectas “De mil colores”, centrado especialmente en los juguetes, ropa y útiles escolares para niños en riesgo social. 

Desde que comenzaron, este año, han ayudado a escuelas de Agrelo de Luján, de El pastal de Las Heras, de San Miguel de Lavalle y de Arroyito de Lavalle. ¿Qué quieren? Pues seguir ayudando y que las ayudes a ayudar.

“En principio, tenemos planificadas colectas para el resto del año, pero queremos seguir con esto”, nos comenta Marisa, una de las guapuras. El mail de las chicas para conectarse por ayudas es demilcolorescolectas@gmail.com.

En estos momentos, De Mil Colores se enfoca en conseguir: libros de cuentos y novelas, juegos de mesa y de ingenio, muñecas, sogas, autitos, pelotas, paletas, cartas, dados, generalas, accesorios para las nenas, esmaltes y pañuelos.

“En realidad, todo es bienvenido, todo lo que pueda servir para ayudar a los niños”, cierra Marisa.

Son muy lindas (o muy jóvenes lo cual al fin y al cabo es lo mismo), son bellas, sí, pero realmente esto es lo que menos importa.

Así es como funciona, a veces, la belleza: agotada de sí misma, busca nuevas formas de regenerarse. Y, en este caso, nos necesita. Dar o no dar una mano nos terminará definiendo.

La respuesta ante los actos de la belleza es una forma de fidelidad ante la vida.