Podría escribir acerca del nudo en la garganta que convoca su ausencia entre quienes fuimos sus amigos, del vacío que intentamos llenar recordando sus palabras lúcidas, siempre alejadas de la erudición autocomplaciente, sus amores (el tango, el cine, el peronismo, el marxismo), sus locuras.
Prefiero, sin embargo, eludir esa dimensión tan íntima para aludir a la práctica intelectual del Mario, esto es, a su compromiso teórico-político. Teórico y político, y no teórico a secas, porque nunca se pensó como un científico social portador de una neutralidad tranquilizadora. Como buen marxista y mejor althusseriano, estaba convencido que la teoría no era un “campo impenetrable por la práctica”, que no era el juego de unos intelectuales en su torre de marfil (aunque muchas veces así se representen su propia experiencia), sino el lugar mismo de una lucha siempre renovada pero nunca agotada entre diferentes tendencias, que en definitiva, representan intereses de clase (lucha de clases en la teoría).
Los noventa. En una época caracterizada por la hegemonía ideológica del neoliberalismo, disfrazada en los centros de estudio y las universidades con los ropajes del posmodernismo, el poderío omnímodo del discurso, las trayectorias individuales, únicas e irrepetibles (¿se acuerdan de Rosanvallon?), el fin del trabajo, la sociedad mediática, la desaparición de los Estados nacionales y otras barbaridades por el estilo, el Mario optó por seguir estudiando el marxismo, fundamentalmente a través de Althusser y Poulantzas. Por su rebeldía de aquella década (no fue el único, por supuesto) pagó el precio del desprestigio académico, reservado para los que no juraban por su madre que las categorías fuertes del marxismo (clases, lucha de clases, modo de producción, formación social, etc.) ya eran cosa del pasado, unos vergonzantes restos arqueológicos que había que, como mucho, exhibir en un museo de historia decimonónica.
Pagó ese precio, hay que decirlo, con cierta indiferencia, porque también era crítico del “academicismo”, de la búsqueda de “papeles” por puro beneficio personal. Creía que había que transformar la universidad, por naturaleza meritocrática y excluyente de las clases populares, en una inmensa aula-taller inmersa en la comunidad. Pero entonces, ¿para qué hurgaba durante horas y horas en los textos marxistas clásicos, en los de Althusser, Balibar, Badiou, Foucault, Amín, pero también en los de Abelardo Ramos y Galasso, de nuestros pagos? Para enseñar. Para formar gente que “aprendiera a pensar por sí misma” (Marx), que usara el pensamiento crítico como máquina demoledora de las convicciones adquiridas, del sentido común, de las ideologías espontáneas que todos portamos. Para hacer política. Para intervenir en la arena en la que se decide la conservación o la transformación de las relaciones sociales. El Mario, era, como saben todos los que pasaron por sus clases, un excelente e inigualable profesor, que mezclaba los conceptos más áridos con chistes machistas o, mis preferidos, chistes sobre monjas (en una clase, hace ya demasiado tiempo, dos monjas se ofendieron y se fueron airadas).
Ojo, no defendía un marxismo anquilosado, irreflexivo. Lo demuestra su pasión por Althusser, filósofo que emprendió una inmensa rectificación del marxismo, pero no para darlo por muerto, como prefería (y prefiere aún hoy) todo el arco de derecha, sino para rescatar sus enseñanzas esenciales. Que hay lucha de clases en todos los órdenes, que junto al aparato represivo hay unos aparatos ideológicos de Estado, que hay que leer al marxismo (en realidad, a todo pensamiento) sintomáticamente, buscando las incongruencias, lo inconfesado, lo reprimido, no como un dogma invariable, que hay que privilegiar el análisis de la coyuntura (la teoría es un rodeo para llegar a ella, no tiene valor en sí misma), que los individuos somos portadores de relaciones sociales, sujetos sujetados, no seres libres que toman sus decisiones, etc. Una de las máximas del Mario era que un intelectual althusseriano es ante todo un hereje, no un chupamedias, no un repetidor de frases, sino un cuestionador.
Hoy asistimos a una especie de revalorización del pensamiento althusseriano. En los debates teórico políticos se ha vuelto a nombrar a Althusser, enterrado bajo el fango desde los ochenta hasta hace muy poco. Y aún cuando no se lo nombre (no todos son tan generosos de reconocer las deudas teóricas), está presente en tanto se plantean los problemas del momento en medio de la problemática inédita que inauguró. Más aún, y ya dándole forma a un cierto regreso del marxismo a las librerías, se ha vuelto a hablar de clases sociales, de lucha, de antagonismo, de hegemonía, de ideologías. No son pocas las publicaciones que en los últimos tiempos hacen referencia al regreso de Marx, al retorno de las clases, y otros similares. Proliferan, por suerte, los análisis enmarcados en la “crítica de las ideologías”, campo inaugurado, en buena medida, por el ya célebre artículo “Ideología y aparatos ideológicos de Estado”. Como es obvio, esta tendencia obedece a los cambios económicos y políticos de los últimos tiempos que sobrevienen tras la crisis del Estado neoliberal.
Pero, y he aquí lo que quiero recordar, aún a riesgo de hacer entrar en escena un magnífico Don Quijote que luchaba contra molinos de viento (nada más alejado del Mario que la naturaleza del “héroe”, lo sabemos bien quienes compartimos su vida), lo realmente difícil era traer a colación el marxismo en los noventa. Lo realmente auténtico consistió en defender las tesis marxistas cuando tanto en Europa como en América Latina, ser marxista era sinónimo de ser un pelotudo desactualizado y nostálgico.
“Marx ha vuelto”, ¿de dónde se fue? De la cabeza de los mass mediáticos escritores. “Las clases han vuelto”, ¡nunca se fueron! Correspondió a los intelectuales hegemónicos celebrar el entierro. En nuestro país, interesadamente confundieron la desmovilización política de la clase obrera, diezmada por la más terrible dictadura, con la inexistencia de dicha clase. A fines de los noventa con Celia Duek escribimos un artículo que el Mario tituló “El día que los intelectuales decretaron la muerte de las clases”. El otro título posible, que desechamos, era, y viene al caso: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Lo mismo sucede con la re-lectura de Samir Amín. En 1999, en el curso de una maestría de FLACSO que se dictaba en nuestra facultad, un profesor muy atildado y muy al día con las novedades editoriales (índice exclusivo para algunos de calidad académica), le dijo al Mario que Samir Amín ya no servía…. No asistió más. La abandonó.
En fin, mi respeto más sincero y mi más grande agradecimiento (y sé que me acompañan muchos ex alumnos, amigos y hasta “adversarios”) para un pensador diferente, desinteresado, sagaz, que prefirió la coherencia al “éxito”.
Buen marxista, mejor althusseariano
Doctora en Sociología, fue directora de la Carrera de Sociología de la UNCuyo. Actualmente es Titular de la cátedra Sociología Sistemática en la Facultad de Ciencias Políticas e investigadora del CONICET). En este texto reflexiona sobre su colega Mario Franco.