Canción de amor para Mario Franco

Un hombre que echaba luz y así se consumía; uno que, como todos, vivía rodeado de ausencia, pero no se lo tomaba en serio. Siendo como era de honesto con sí mismo, ¿cómo no enfrentar, al fin y al cabo, la única decisión, el único problema filosófico valedero, es decir, salir al balcón o no salir? El sabio analizó las cartas y concluyó al respecto. A nosotros, los vanos, nos queda su legado.

Al fin y al cabo, uno pasa por la vida por muy pocas razones. Uno –azorado entre dos abismos, mientras dura el latido– apenas si alcanza someramente a asomarse al borde de aquello que supone la existencia. Vivimos rodeados de ausencia y entonces fabricamos la ilusión de la nada para dar algún sentido a la ilusión del todo. Sin embargo, aun a bordo de nuestra invicta estupidez, hay ciertas cosas que cobran sentido con los años.

Así es que concluimos en que, entonces, uno pasa por la vida por muy pocas razones. Hoy, por ejemplo, toda conclusión conduce a esta evidencia: fue necesario pasar por la vida, porque gracias a ella, a su jugo, a su carne también –hecha de muerte, de huida, de traición y de silencio también– uno amontona un puñado de nombres que justifican todo desvelo.

Aquí tenemos, por ejemplo, a Mario Franco, uno de esos hombres que, de tanto echar luz sobre el mundo, se consume a sí mismo como un fósforo.

Nos conocimos allá a comienzos de los febriles ’90. Éramos como un grupo de mal nacidos afilando cuchillos en un liceo de señoritas. El Marmat, El Roli, El Turco, Celia, El Mauri, El Pablo, El Cadena y algunos otros inolvidables, imposibles de recordar en este momento, pasamos indefectibles por la vida del Mario y fuimos bebiendo, cada uno a su modo, de su clepsidra melancólica.

Sosteníamos –el Mario nos había enseñado– que la vida era un asunto para no ser tomado especialmente en serio. Aclarado este punto, todo, entonces, se volvía más bello, lúgubre y sencillo. Así, nuestro tránsito por el cuero planetario –de su mano– se fue volviendo un descarnado contrato contra la estupidez reinante, una letra releída cada noche al amparo de la química, pero firmada al principio, de una vez y para siempre.

Mario Franco fue –en este momento lo sostengo, quien sabe mañana– un espíritu romántico, en el sentido más cultural del término (el amor, ya lo sabíamos, era un malabar fallido, un tatuaje falso, un ademán bajo el agua, un abalorio partido, un maldito rosario para los cuellos de otros).

El Mario, decía recién, fue un romántico: la única manera de explicar, el único discurso posible del absurdo, debía ser trasladado a su propio cuerpo para dar prueba de honestidad, de honradez ante el tamaño del vacío. El cuerpo –la carne, el hueso, la sangre, el nervio– fue entonces el cuerpo como bandera: Mario Franco era un hombre sabio, era posible leer en su propia piel las conclusiones de este viaje; cuerda tendida, prisma desorientado, el hombre echaba luz y así se consumía, repitámoslo: el hombre, el sabio, echaba luz y se consumía y sus últimos años fueron de Cristo en el desierto, en departamentos oscuros, con libros volcados como vasos, con vasos volcados como árboles secos, con cigarrillos estrellados contra saquitos de té y con hermosas ventanas abiertas como bocas para nuestra condición de bocados.

El mundo –al decir el mundo decimos el planeta y sus convenciones de medio pelo, el planeta y sus instructivos para atravesarlo, el planeta y sus collares de cotorras– era todo lo que quedaba fuera de esos departamentos con volúmenes de ideas, con discos de tango, con películas tremendas, con putas encariñadas y con misiles tierra-tierra plantando lo inaudito en los pulmones en aquellas interminables noches destempladas.

Al fin y al cabo, también es cierto que uno dura en esto de la vida demasiado poco tiempo como para tomarla en serio. Sin embargo, gastamos nuestras mejores energías acariciando dos imposibles: suponer que duraremos por siempre, aún más allá de la muerte, y suponer que todo este desorden sigue un propósito.

Siendo como era de honesto con sí mismo, ¿cómo no enfrentar, al fin y al cabo, la única decisión, el único problema filosófico valedero, es decir, salir al balcón o quedarse atontando en el colchón hasta el fin de los tiempos? Mario Franco, aquel hermano en armas, reflexionó acerca del asunto e hizo lo debido, como un pájaro en llamas que, ante toda inminencia, se vuelca contra sí mismo y sigue eligiendo el vuelo y la consumación.

Su legado: las llamas, su forma de echar luz y consumirse, durarán más que él; por ello, le damos las gracias, un poco en broma, un poco en serio.



Ulises Naranjo.