Tengo registro del año en que escuché por primera vez a Sui Generis. Fue en 1982, y por obra y gracia de Raúl Suárez, un compañero de la primaria que había aprendido a tocar en la guitarra (y cantar) Canción para mi muerte. En un recreo se puso a cantarla, y la letra me apabulló. Era el tiempo en que el rock nacional volvía a las radios y podíamos empezar (los que estábamos empezando por entonces) a conocer a nuestros músicos.
Por supuesto, busqué más de Sui Generis para escuchar, así fue que encontré una canción cuyos título y primer verso, coincidentes ellos, me empezaron a torturar, y todavía lo hacen.
La canción era Para quién canto yo entonces, y a ese primer verso contundente le sigue otro más torturante:
“Para quién canto yo entonces,
si los humildes nunca me entienden…”
La brillante ironía de Quino en estas dos versiones del "Guernica", de Picasso.
Con el tiempo, llegó a mis manos un libro de Quino en el que me encontré con un chiste que me pareció siempre muy significativo: dos viñetas; en la primera, una mujer de la alta sociedad ordenando a su empleada, de rasgos toscos, acomodar todo el desorden que una indudable fiesta ha dejado en una habitación en cuya pared del fondo cuelga el Guernica de Picasso; en la segunda viñeta, todo impecable, pero la mujer de la alta sociedad sorprendida porque hasta el Guernica ha sido “ordenado”, pasando a ser una obra en la que todo es felicidad y los cuerpos ya no están despedazados.
"Cuando empieza a gotear el techo", la pieza de Martin Kippenberge.
En los últimos días hubo una noticia que no alcanzó para ser tapa, pero sí para dar vuelta al mundo: una empleada de servicio de limpieza del museo Ostwald, de la ciudad de Dortmund, Alemania, destruyó la obra Cuando empieza a gotear el techo, de Martin Kippenberge, asegurada en 800.000 euros.
La obra consiste (perdón, consistía) en una estructura de más de dos metros de madera, bajo la cual había un recipiente con manchas que la empleada de limpieza eliminó, suponemos que, con muy buen criterio, a partir de considerarlas suciedad.
"Limpió en profundidad todos los bordes del recipiente. Es terrible", explicó, más que consternado, el director del museo, Kurt Wettengl, y a continuación amplió los motivos de su sorpresa al explicar que no entendía cómo podía haber sucedido algo así, pues el personal de limpieza no puede tocar las obras de arte, mucho menos limpiarlas, tanto que hasta tiene prohibido acercarse a ellas a menos de 20 centímetros.
Voy a obviar todas las preguntas, salvo una, que evidentemente surgen de lo relatado.
Si somos capaces de hacer impactantes, simbólicas, duras y críticas obras de arte pero las destinamos a una exclusiva parte de la población, mientras que el resto de la gente debe conformarse con la basura producida en serie que está a su disposición, además de que ni siquiera le permitimos acercarse a ellas, ¿para quién cantamos, entonces?
Alejandro Frias