Los que venimos de los barcos vivimos una época de mesas grandes... de grandes comilonas... de grandes carcajadas. Claro, éramos chicos y por ahí alguna pelea familiar también hubo en una sobremesa pero en eso no nos metíamos ni nos dábamos cuenta. Sólo veíamos esa fuente gigante repleta de ravioles y la Nona un rato antes amasando y ordenando la vajilla. Y sí parecíamos Los Campanelli ovbio. Pasó el tiempo y la Nona partió con su bandeja de ravioles a darle de comer a esos ángeles glotones.
Entonces, ya de grandes, buscamos esos viejos aromas... hasta que lo encontramos. En una esquina de la Cuarta Sección estaban todavía esos viejos aromas. Ahí partimos con amigos y la misa opípara semana tras semana había comenzado. Y ahí lo conocimos a Don Coco, un tipo canoso y siempre de saco y corbata. Nos atendía y nos daba de comer hasta saciarnos. Ese señor ya no está por acá. Estoy seguro que a esos insaciables ángeles glotones, no les bastó con la comida de la Nona y se lo llevaron a él tambien.
Buen provecho para todos.