Crónica de un embarazo que no llega

Hace cuatro años que Valeria (37) y Santiago (38) luchan por tener un hijo. Han invertido más de 20 mil pesos en tratamientos. Ahora esperan una ley de fertilización asistida. Aquí, la historia de una pareja dispuesta a intentarlo todo.

En búsqueda de procrear una ley que los ayude. Foto: Gentileza Diario Río Negro
En búsqueda de procrear una ley que los ayude. Foto: Gentileza Diario Río Negro

Que sueña con ser mamá, que quiere tener su descendencia, que es lo mejor que le podría pasar en la vida. Cuando a Valeria le preguntan por qué quiere tener un hijo, la respuesta tarda en llegar. Al final dice que le cuesta explicarlo, porque siente que es algo natural. Para ella, en el fondo, casi todas las mujeres quieren ser madres. 

“Por eso, cuando descubrimos que teníamos problemas de infertilidad, le dije a Santiago que de una forma u otra quería tener un hijo, y que si nos hacíamos quinientas pruebas y se determinaba que no podíamos, yo quería adoptar uno”, recuerda. 

Pero eso fue hace tres años, luego de que  ella y Santiago, su pareja desde hace nueve, dejaron de utilizar métodos anticonceptivos y empezaron  a buscar su primer bebé.   

“Al año de haber dejado las pastillas y no quedar embarazada fui a mi ginecólogo. Me dijo que me quedara tranquila, que ya iba a llegar. Hicimos varios ciclos de inseminación, pero no pasaba nada. Tuve que realizar estudios de sangre, de hormonas y de un montón de otras cosas. Unos de los más horribles fue la  histerosalpingografía, que es para saber si tenés osbtruidas las trompas-, dice Valeria.

Entonces descubrieron que sus trompas de Falopio, las dos estructuras que “conectan” el útero con los dos ovarios,  estaban obstruidas. Al mes le hicieron una cirugía laparoscópica.

La operación salió bien. Había que volver a intentar.

Sin embargo, seis meses después, seguía sin quedar embarazada.

Entonces el ginecólogo les recomendó a un especialista en fertilidad. Dijo que era de los mejores. 

“Fuimos al especialista. Los dos  tuvimos que hacernos un montón de estudios. A mí me salió todo bien, pero esta vez  le salieron mal a Santiago. Su población de espermatozoides era demasiado escasa y la calidad no era buena”.

Es que según la Red Latinoamericana de Reproducción Asistida,  el 40% de de los problemas de fertilidad son de origen femenino, el 40% de origen masculino y en un 10% la pareja comparte la causa. Además,  existe un 10% de causas que no tienen explicación.

Santiago iba al gimnasio y tomaba creatina,  un derivado de los aminoácidos utilizado por algunos deportistas para ganar energía anaeróbica y tamaño muscular. El especialista les recomendó que dejara consumirla. Lo hizo. Semanas después la calidad de los espermatozoides había mejorado.

Pero transcurrieron seis meses más, y el embarazo no se concretaba.

Entonces volvieron al especialista, quien les realizó estudios muy específicos. Las conclusiones fueron categóricas:

- Sin un tratamiento de alta complejidad, nunca serán padres-, dijo el médico. Tenía en sus manos la carpeta con los resultados.

Se hizo un silencio incómodo.

- ¿No hay nada que se pueda hacer? Otros análisis, o algo…-, empezó Santiago.

-  No – interrumpió con sequedad  el médico. - Esto es así. Es evidente que no va a mejorar.

- ¿Y cuándo tendríamos que  hacer ese tratamiento, doctor? -, se animó Valeria con la voz quebrada.

- Cuando tengan la plata  se vienen y lo hacemos.

- ¿Nos podría dar una idea de cuánto nos puede salir?-, preguntó Santiago. 

- Para el caso de ustedes es el más caro. Pero yo no manejo el tema dinero. Hablen con la secretaria y ella les va a informar todo lo necesario.

Salieron de la clínica destrozados. Se metieron a mirar el presupuesto  en el primer café que se les cruzó en el camino. La secretaria había subrayado la cifra. Decía  “25.000”. El tratamiento les costaría veinticinco mil pesos. Valeria recuerda el momento con bronca:

“Pienso que para ser un médico que atiende esas situaciones tenés que tener mucha calidad humana, y ese tipo  nos trató muy mal. Cuando nos dio la  noticia de esa manera yo me quedé callada y lo miré. Sentía un dolor muy grande. Salí del consultorio con mucha rabia”.

Valeria y Santiago  hicieron cuentas y concluyeron que les sería imposible contar con el dinero. No en ese momento. Se sintieron derrotados, por eso creyeron que lo mejor era distraerse, olvidarse del tema. Era fin de año, así es que hicieron las valijas y se fueron unos días a San Rafael. 

“Tiempo después volvimos a mi ginecólogo. Le explicamos que por nada del mundo volveríamos a ver a ese médico. El ginecólogo nos  habló de un grupo de especialistas en  fertilización que estaban formando  en una clínica que trabajaba con mi obra social”.

Allí fueron. Los médicos revisaron los estudios y les hicieron otros más detallados. Al final derivaron a Santiago a un urólogo.

“El urólogo le hizo hacer una ecografía de testículos y  toda una serie de análisis. Los resultados mostraron  que tenía varicocele, que es  lo que seguramente estaba dando la baja calidad en los espermatozoides. Nos dio la opción de hacer una cirugía, pero la intervención llevaría una recuperación de un año”.

Decidieron no hacer la operación. Estaban muy ansiosos. Un año más de espera sería insoportable. Como alternativa, el médico le recetó a Santiago algunos medicamentos y le prohibió ingerir bebidas alcohólicas. 

Santiago hizo  todo al pie de la letra. La calidad de los espermatozoides volvió a mejorar, pero el embarazo no llegó.

El grupo de médicos de la clínica  confirmó que la única alternativa que les quedaba era el tratamiento de alta complejidad llamado ICSI (microinyección intracitoplásmica de espermatozoides).  Se trataba de un procedimiento de fertilización in vitro en el que se inyecta  un espermatozoide dentro de un óvulo.

“Por mi trabajo yo tengo un plan intermedio en una buena obra social. Por eso me habían reconocido muchos de los estudios de baja complejidad. Pero no me querían cubrir el costo del ICSI. Empecé a reclamar, a  presentar notas…”

Al final consiguieron que la obra social reconociera un porcentaje  de los medicamentos. Pero debería hacer parte del tratamiento en Buenos Aires; eso implicaba pagar los gastos del viaje y la  estadía, que sería de poco más de una semana.

El esfuerzo valía la pena, por eso consiguieron el dinero. El gasto total sería de unos diecisiete mil pesos.  

Iniciaron la primera etapa en Mendoza. El objetivo inicial del procedimiento era estimular el crecimiento de más folículos para sí contar con una mayor cantidad de ovocitos a la hora de la fertilización.

“Me dieron una infinidad de  medicamentos y me hicieron ecografías. Me dijeron que todo iba maravillosamente bien. Cuando volamos a Buenos Aires supuestamente llevaba mis ovarios repletos de óvulos”.

Se alojaron en un departamento que lograron alquilar en las inmediaciones de la clínica.   Todos los días le hacían a Valeria ecografías transvaginales para ver la maduración de sus óvulos.

Un domingo a por la mañana  sonó el celular. Era la secretaria de uno de los médicos que la atenderían. Le dijo que harían las extracciones de ovocitos y espermatozoides  al día siguiente.

El 6 de octubre  de 2010 a las tres de la tarde Valeria se vistió con un traje quirúrgico  y se dejó guiar hasta una sala en la  esperaban el anestesiólogo y dos enfermeras. La hicieron subir a la camilla ginecológica y le suministraron anestesia total.

Al mismo tiempo, en una pequeña habitación contigua, Santiago se extrajo semen. 

Dos horas más tarde, cuando Valeria despertó, el médico les informó a ambos que la punción ovárica había sido un éxito. Deberían esperar hasta el otro día para saber cuántos ovocitos de buena calidad habían logrado extraer. Por el momento todo iba bien.  

Esa noche fueron al teatro. Por primera vez desde que habían salido de Mendoza se permitieron soñar. Santiago quería una nena, pero Valeria prefería un varón al que le pondría el nombre de su abuelo. Además hicieron planes sobre los cambios que harían en la casa: mudarían el estudio al living, pintarían con tonos más vivos las paredes...

El celular de Valeria volvió a vibrar a la tarde del otro día. Era el médico, y no tenía buenas noticias.

“Me dijo que sólo habían tres ovocitos, que lo llamara en dos días para ver cómo había ido el proceso de fertilización. En ese momento me quise morir, se me vino el mundo abajo.” 

Dos días después supieron que de los tres óvulos fecundados, sólo uno había evolucionado bien. Pero el médico les aseguró que no había de qué preocuparse, igualmente el proceso seguiría adelante.   

El 9 de octubre de 2010 el único embrión obtenido fue introducido mediante un catéter en el útero de Valeria.  

“Vi todo por un monitor. Metieron una sonda y después la jeringa. Entonces hicieron la inseminación ¡En este momento sentí que estaba embarazada! ¡Qué boluda!”, exclama, y ríe con los ojos llenos de lágrimas.

No había nada más que hacer. Sólo esperar diez días para confirmar el embarazo.

Volvieron a Mendoza. En la semana siguiente Valeria trató de olvidarse del tema. Se enfocó en  su  trabajo y esperó. Al fin llegó el día:  

“Esa mañana nos levantamos temprano y nos fuimos al centro a que me sacaran sangre. Teníamos que esperar un par de horas para tener los resultados, así es que dimos unas vueltas y tomamos un café. Estábamos ahí y empecé a sentir dolores menstruales. Santiago me preguntó qué me pasaba. Yo lo miré con los ojos llenos de lágrimas y le dije que me parecía que me había venido”.

Valeria fue al baño y confirmó sus sospechas: había menstruado.

En Argentina  se realizan un promedio de diez mil tratamientos como el que se realizó Valeria por año. De éstos, sólo un entre el 30% y el 35% terminan en embarazo. Cada intento tiene un costo aproximado de veinticinco mil pesos.

Para Valeria y Santiago, el fracaso fue trago amargo:

“A la tarde fuimos al médico con el resultado de embarazo negativo. Me puse muy mal, no podía parar de llorar, estuve así varios días. Después vino el cumpleaños de mi sobrina y luego navidad; así pasó el tiempo…”

A principios de este año hicieron nuevas consultas médicas.

“Ahora me dijeron que lo que me había pasado podía deberse a que tengo alta la insulina y muy baja el azúcar, que eso provoca problemas a nivel de formación embrionaria y que puede mejorarse con medicación.”

A pesar de que la  OMS (Organización Mundial de la Salud) reconoce a la infertilidad como una enfermedad, en Argentina aún no existe una ley nacional que obligue a las obras sociales y a las empresas de medicina prepaga a cubrir los costos de los tratamientos. 

Para Valeria y Santiago la lucha continúa. Pero no tienen dinero para un nuevo intento. Por eso  este año se pusieron en contacto con un abogado y con otras parejas que han presentado a la obra social recursos de amparo. Tienen la esperanza de que les cubran la totalidad del ICSI.

También esperan la sanción de una ley provincial y otra ley nacional de fertilización asistida. Eso les permitiría acceder a los tratamientos de alta complejidad cuantas veces fuere necesario.

Que sueña con ser mamá, que quiere tener su descendencia, que es lo mejor que le podría pasar en la vida. Cuando a Valeria le preguntan por qué quiere tener un hijo, la respuesta tarda en llegar. Al final dice que le cuesta explicarlo, porque siente que es algo natural. Además, sabe que tarde o temprano la vida les dará la alegría de ser padres.