El murmullo de las campanas de la iglesia de Malargüe

Había una vez un departamento muy muy al sur de Mendoza  llamado Malargüe, en el que coexistían alrededor de 26 mil personas. Allí se podía disfrutar del aire puro, con un cielo limpio y lleno de estrellas en esas noches frescas en la que la suave brisa susurraba al oído. Los pobladores, llamados “malargüinos”, eran personas muy tranquilas, y acostumbradas a disfrutar de esa tranquilidad inherente del lugar. Las rejas sólo se veían en los calabozos vacíos y las únicas alarmas que sonaban eran las de los despertadores y, en algunos casos, ni siquiera eso, porque el que anunciaba que era la hora de levantarse era ese amigo del gallinero que divulgaba que un nuevo día había comenzado.

Pero un día, en una fiesta, la fiesta “de todos los malargüinos”, en la que cantaban, bailaban y se divertían al compás de la música de los lugareños y de personas de departamentos cercanos (y no tanto), ocurrió algo inesperado, algo que ni los propios protagonistas se imaginaban.
Un guardián de la dignidad vestido de larga sotana, con poder divino para censurar lo que según su criterio “está mal”, irrumpió en el espectáculo de un grupo de jóvenes destinados a robar risas y sonrisas. El motivo… éste guardián no podía permitir que se siguiera insultando aquello que tanto amaba: “su moral y la de su pueblo”.

Luego de varias horas, los pobladores de este tranquilo lugar pedían una explicación ante los hechos y es por esto que este guardián se ocupó de informar el por qué de su actuar. Sin embargo, en una entrevista sin medir las consecuencias dijo: “La violación de la fe es diez mil veces peor que la violación de una hija”. Estas palabras enfurecieron a muchas personas y es aquí donde este departamento tan pacífico comenzó a sentir un malestar en su interior.
Los pobladores no dejaban de hablar de lo ocurrido, pero había tantas posiciones como personas que opinaban. Por un lado, algunos estaban furiosos con el paladín de la moral por sus dichos y actos, por el otro estaban esos seguidores fieles a sus creencias que defendían hasta la muerte a ese “pobre” justiciero que injustamente estaba siendo juzgado.

Malargüe con cada latido se enfermaba más, Malargüe gritaba por una solución, no todos los malargüinos penaban igual, no todos los malargüinos sentían igual, sin embargo ese silenció incómodo se hacía sentir como un escalofrío en la espalda.

Mientras tanto…..las campanas de la iglesia sonaban y sonaban y en lugar de atraer fieles, esos campanazos murmuraban por una solución, murmuraban por una explicación, murmullos que llegaban a cada hogar, a cada familia y a cada niño de Malargüe….