Un ejercicio válido de nuestra capacidad crítica es exponerla al asombro que nos causa nuestra adicción a causas estéticas indefendibles. En nuestro haber contamos todos con alguna horrenda canción que marcó a fuego nuestra adolescencia, una inconfesable película cuyas escenas todavía nos persiguen, un libro miserable que inexplicablemente nos fascina.
Tal ha sido mi caso con Malparida . Carente como soy de las disciplinas sociosemánticas que caracterizan a nuestra sofisticada ciudad, he intentado comprender por mí misma las causas de mi deplorable dependencia, y trato aquí de compartir humildemente estas consideraciones con el público del llano al que pertenezco.
Confieso que tan intensa ha sido mi afición que llegó al punto de incitar a queridos y respetables amigos a abandonar o interrumpir una grata cena o un diálogo relevante para asistir conmigo al episodio imprescindible del día. Debo decir que sus reacciones en estas circunstancias variaron explicablemente entre el sopor y la cólera no disimulada. Estas infracciones a la cortesía más elemental han acentuado mi intriga ante mi propia conducta.