“El principal enemigo de la creatividad es el buen gusto”.
Pablo Picasso
¿Qué es eso del “buen gusto”? ¿Hay precisiones al respecto? No es mi caso y es más: la ignorancia es fogoneada por mi habitualmente estúpido optimismo. Casi todo me gusta: todas las mujeres me gustan y también todas las comidas. ¿Lo demás? Pues, en el ámbito de los placeres, todo aquello que no es mujeres o comida, tiene para mí una implicancia secundaria.
¿Un libro, por ejemplo, una charla con amigos, una caminata con mis perros por el campo, un crepúsculo, una chacarera de Peteco o un blues de Pescado, un baño con sales, los viajes de las drogas, el viento en las montañas, los cuadros de Velázquez, un mantra del desierto..?
Esas cosas tan agradables y nutritivas, para mí, son secundarias, si se las compara con una mujer desnuda o con unas entrañas y costillas desvestidas con malbec.
Por eso, pido las disculpas del caso, pues no soy materia que califique para saber qué es esto del mal gusto y qué aquello del buen gusto.
Primera conclusión: al ser una persona de comandos básicos, es justo decir que no tengo buen gusto, sino que, más precisamente, apenas tengo gusto, mucho gusto. Así es y mi noción mera del gusto, siguiendo el tren confesional, para que se entienda, pide a gritos ejemplo concreto.
Ahí va: confieso que, por caso, he retozado en las planicies del placer, con muchas chicas de esas que en las fiestas nadie saca a bailar, del mismo modo que me ha tocado verme haciendo monótona gimnasia con bombones de pedigrí de tibios belfos imposibles, de esos que los ejecutivos suelen adquirir para usarlos de esposa.
En ambos casos, debo decirlo, me ha gustado hincar el diente hasta la saciedad y la sonrisa del amanecer era básicamente la misma, porque el placer, en lo profundo, es ciego; el placer es un toro desbocado al que todo gesto lo enamora.
Hechas las aclaraciones, volvamos sobre lo mismo: ¿qué es eso del buen gusto? No por mucho debatido el tema deja de ser interesante: ¿el buen gusto ordena elegir a Brad Pitt o Iván de Pineda, en lugar de a Danny de Vito o Carlitos Tevez? ¿Nos quedamos con Megan Fox o Belén Francese antes que con Susan Boyle o Betty la Fea?
Sí, lo sé: las preguntas se prestan para la respuesta fácil: “por supuesto, chabón, ¿qué estás diciendo? Claro que me quedo con Pitt o Iván o Fox o Francese; toda la vida, papá…”.
Para mí, la respuesta es otra: tengo dudas. Tal vez, se deba al hecho de que el deseo no elige, no es selectivo, sino que se consume a sí mismo para cobrar sentido. El deseo, en realidad, no es el deseo de lo otro, sino un incendio en sí mismo.
Está claro que hay matrices sociales impuestas, pero también que la duda permanece: ¿qué es eso del buen gusto? El asunto es más complicado aún, cuando se lo traslada al arte y aparecen los estiletes de hielo de la estética.
¿Quién se atreverá a decirnos (sobre todo luego de ese maravilloso movimiento que fue el Romanticismo) que algo o alguien es bello o no lo es?
¿Quién tiene la llave que decodifica la belleza y quién tiene prohibido acceder a ella?
¿Cuáles son los valores que asume la belleza si la contemplación de ella es, precisamente, la eliminación de los valores?
Rainer María Rilke dijo en un estupendo libro llamado “Cartas a un joven poeta”, que el arte no tiene más que dos madres: la necesidad y la intensidad. Respecto del buen gusto, nada.
Encima, para complicarla, tenemos a disposición, como una flecha de luz, toda una cultura de la absurdidad y de la pregunta íntima por la existencia, que echa al barro los valores clásicos.
Una obra de teatro de Ionesco, las novelas de Beckett, los escritos de Camus, el humor de los Monty Python, el de “Cha, cha, cha” o el de Peter Capusotto.
¿Y el encantador kitsch, esa adorable bofetada en la mejilla de los cultores del "arte culto"? Cualquiera de estas cuestiones nos lleva directamente al corazón de un buen gusto, que, para muchos, es francamente mal gusto o sandez sin sentido.
Dicen que dijo el escritor Jean Rostand: “El buen gusto en arte está en el justo medio, como la virtud: entre la necedad del vulgo y la de los elegidos”. Tal vez se trate sólo de esto; el buen gusto es un atributo meramente secundario, como las normas de protocolo para un hambriento o la calidad del madero para el náufrago.
Sin embargo, a pesar de tanta relatividad, el buen gusto parece dominar el mundo.
Todo es sometido a las supuestas reglas del buen gusto y, para muchos, el prestigio depende de él: los cocineros con buen gusto son llamados chefs, los peinadores con buen gusto son coiffeurs, los travestis en escena son drags queens, los ejecutivos y dueños de empresas con buen gusto se llaman CEO (del inglés chief executive officer), los volantes por la izquierda con talento son “enganches” y los marcadores de punta con veleidades, son “carrileros”.
La confusión reina, pero no es para alarmarse, porque siempre fue así. El tamaño de nuestra ceguera y el grosor de nuestra estupidez es la única esencia inalterable con el paso de los siglos.
Vámonos ya, pero con una serie de tapas de discos inspiradoras, para que sea usted, amable lector, quien traiga un poco de luz, con sus reflexiones, en estos oscuros asuntos del buen gusto…