“Él paseó, y cuando dijo que le pesaban las piernas, se tendió boca arriba, pues así se lo había aconsejado el individuo. Y al mismo tiempo, el que le había dado el veneno lo examinaba, tocándole de a ratos los pies y las piernas. Luego, apretándole con fuerza el pie, le preguntó si lo sentía, y él dijo que no. Y después de esto hizo lo mismo con sus pantorrillas, y ascendiendo de este modo nos dijo que se iba quedando frío y rígido. Mientras lo tanteaba nos dijo que, cuando eso le llegara al corazón, entonces se extinguiría”.
“Fedón o sobre la inmortalidad del alma”, Platón.
Uno de los momentos más maravillosos de mi vida de estudiante universitario fue cuando, con la dificultad del caso, traduje del griego original al castellano un texto de 2500 años de antigüedad.
Imposible olvidar aquellos instantes consagrados: al atardecer, en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, solo acompañado por un libro, un diccionario, una lapicera y una hoja de papel, conseguí curiosamente revivir a un moribundo, un griego que, aun con piojos, sucio, de breve estatura, regordete, de rostro claramente horrible y esposa francamente insoportable, logró atravesar la historia de la humanidad con su manera de ver el mundo.
La obra pone foco en las últimas horas de vida del filósofo Sócrates. Y lo cierto es que me temblaba la mano por la emoción, tanto por dar vida un texto tan viejo, como por, sobre todo, el ejemplo de ese hombre, Sócrates, un faro para mi formación educativa, que se encendió aquella tarde y perdurará por siempre.
El libro en cuestión –ese tesoro olvidado desde siempre en las bibliotecas del mundo– se llama “Fedón o sobre la inmortalidad del alma” y, mal que le pese al nefasto Carlos Menem, no fue escrito por Sócrates, de quien, como se sabe, no nos han llegado registros escritos. Fue redactado, en realidad, por uno de sus discípulos predilectos, Platón, quien luego también se convertiría e importante filósofo, incluso dejando los libros que el gran Sócrates decidió jamás escribir, pues al fin y al cabo, y esto va a cuenta personal, la transmisión del conocimiento es eso, un movimiento, una imposibilidad de fijación, jamás un acopio memorístico de conceptos: por eso, los más inteligentes nunca serán los más sabios.
El Fedón se concentra en las últimas horas de vida de Sócrates, rodeado de sus amigos más queridos –sin Platón, por cierto– en la cárcel. Cuenta la historia que Atenas lo había condenado injustamente a muerte, en el año 399 antes de Cristo. Tan revolucionario, revulsivo, generoso eran los saberes –y también las dudas– de Sócrates, que su misma ciudad, y sus muchos enemigos en ella, no toleraron el brillo del filósofo, quien, contra lo políticamente correcto, prefería enseñar a sus alumnos en el mercado, en la calle, en las plazas, antes que en las instituciones oficiales. Además, tenía un poder extraordinariamente seductor en su palabra: a él le gustaba hablar y a todos, escucharlo.
A los 70 años, un tribunal del estado de Atenas lo juzgó, porque su impronta, desde hacía décadas, ponía en juego la estructura política y religiosa de su Atenas: lo acusaron de corromper a los jóvenes y de despreciar a los dioses. Por leve mayoría, fue condenado a muerte, a beber la cicuta y vivir el proceso de agonía que refiere el “Fedón”.
Conocida la sentencia, algunos de sus amigos le ofrecieron sacarlo de la cárcel y salvar su vida, pero él se negó. Y es que Sócrates, a pesar de saber que la acusación era falsa, decidió acatar la ley. ¿Qué clase de ciudad será Atenas si la ley no es respetada?, preguntó a todos.
En lugar de huir, Sócrates prefirió invertir sus últimos instantes en la prisión en hablar a sus amigos de la inmortalidad del alma y recibir la muerte sin que su semblante se quebrara y hasta retando a los amigos que, al verlo moribundo, rompían en llanto.
¿Y todo por qué? Por su profundo respeto a la ley, un respeto que lo llevó más allá de su propio convencimiento acerca de que Atenas cometía un error.
Por eso, amigos, ¿qué es esto de la “objeción de conciencia”, respecto de cuestiones que la ley dispone, como el matrimonio para todos y para todas? ¿Qué es esto que dice un juez dice que prefiere casar a Astiz antes que a un gay? ¿Qué es esto de habilitar una planilla de objetores de conciencia en los registros civiles para no casar homosexuales?
¿Objeción de conciencia? Objeción de conciencia, las pelotas: cumplí con la ley, te guste o no, aplicala. Y, si no podés, dejá tu cargo, porque no estás preparado para ejercerlo.
Es la ley, es nuestra, de todos y fue hecha para ser cumplida. A nadie se le está pidiendo llegar al extremo de la civilidad ejercido por Sócrates. Si les gusta, bien. Y si no, también.