Un día como hoy en Montpellier.
La ciudad más avasallante de Francia.
Hasta ese momento el recorrido nos había llevado por lugares casi deshabitados.
La costa azul tiene más de azul que de mar.
El mediterráneo se olvidó las olas, enterró la arena y se desprendió del olor a puerto. Pueblos que parecían abandonados en una temporada de verano que ya había iniciado.
Muy poca gente y la poca gente muy grande. Sin jóvenes. Sin niños.
Y de pronto Montpellier con toda su algarabía puesta en escena nos pone frente a las narices la pregunta por el otro.
Y mucho más que la pregunta, el miedo al otro. La extravagancia radicalizada al estilo Londres, al modo de Barcelona pero atravesada con la decadencia que sólo el alcohol o las drogas puede hacer trocar de lo snob a lo amenazante.
Ese día desayunamos por seis euros a la francesa -café con leche, una baguette, manteca, dulce y jugo-. Tomamos un tren. Hacía días que llovía. La carpa, las bolsas, las alforjas, llovidas. Nosotros aún no terminábamos de secarnos.
Tomamos un tren de Montpellier a Avignon. Almorzamos por ocho euros un entrepans –sandwich- de atún y una gaseosa a unos metros de la estación de trenes en los 20 minutos que nos llevó hacer el trasbordo de Avignon a Montelimar.
Anduvimos la ruta. Hicimos algunas horas en bicicleta. Acampamos al lado de un río camino a Valencia. Cenamos un kebab de pollo con gaseosa por diez euros que habíamos comprado mientras buscábamos un camping que no hallamos.
Intentamos ver una película de Werner Herzog. “El grito de piedra” narra la rivalidad hecha negocio por los medios de comunicación masiva. Un famoso escalador out door y un atleta campeón de escalada hacen de la ascensión por las graníticas paredes del cerro Torre -de 3050 msnm situado en la frontera entre Argentina y Chile- una de las mayores incógnitas del alpinismo.
El repicar de las gotas de lluvia sobre la lona de la carpa no nos permitía escuchar claramente. No terminamos de verla. Pero en ese cerro -ni tan alto ni tan bajo- , en esa película -ni tan real ni tan ficcional- parecía haber un anticipo de lo que nos esperaba. O por el nivel de dificultad, o por las inclemencias del clima, o por el rudimento de los equipos, o por la rivalidad de los que hacen posible lo imposible. Entonces, el miedo de nuevo. Pero con otra forma. Ahora lo otro era esa incógnita, lo desconocido. Ya no se trataba del miedo a “lo diferente” que en tanto diferente supone en algún punto “tener muy claro” quiénes somos nosotros. Ese saber desde donde marcamos, explicitamos, excluimos, hacemos de las diferencia “lo” diferente. Para una vez rotulada como “anormal”, “enfermo”, “desviado”, “discapacitado”, “contra-natura”… esforzarnos en asimilarla, curarla, integrarla, subsumirla en lo que somos “nosotros” y entonces, el otro ya no es otro porque al formar parte de un nosotros aniquilamos su diferencia y así el miedo desaparece en la tranquilidad y “el nosotros” está seguro contra cualquier amenaza. Ahora era otro miedo. El miedo a lo que no puede dimensionarse desde uno mismo y por tanto no puede ser señalado, ni excluido, ni integrado, ni asimilado... Algo así como “tengo miedo, pero no sé muy bien a qué”.
Intenté dormir, pero no habíamos colocado todas las estacas. El sobretecho de la carpa rozaba el interior y la lluvia comenzó a filtrarse.
Eran las nueve de la mañana y todavía llovía. La carpa, las bolsas, nosotros, mojados. Casi como llegamos nos fuimos. Aunque decidimos esperar hasta el medio día. Seguía lloviendo. Desarmamos carpa y armamos bicicletas. Recorrimos unos kilómetros hasta el primer pueblo al que arribamos. Llegar a la estación nos llevó hora y media bajo la lluvia. Sacamos pasajes hasta Lyon. Mientras esperamos el tren desayunamos variadas confituras con café con leche muy caliente.
En Lyon también llovía. Tenía ganas de secarme. Pensar en eso me ponía de mal humor. Por más seca que estuviera no tenía nada seco para ponerme. Necesitábamos un lugar para secar-nos. Buscamos hoteles. En el centro de información turística dimos con una guía de alojamientos. Pudimos consultar en seis hoteles de los cuales la habitación doble más económica rondaba entre los 65 y los 72 euros. Los costos en Francia se fueron al 300%. Así todo, no había lugar. Decidimos detenernos en una plaza. Almorzamos. Compartimos un calzón cuatro quesos y una cerveza por 13 euros. Eran las 16 hs. Y llevábamos casi 48 hs húmedos. Otra vez el miedo. Pero esta vez de otro modo. Ya no a lo otro de mí. Ya no a lo desconocido. Sino a “eso” que todo “lo otro”, que todo lo desconocido puede provocar en mí.
De pronto miedo a mí, quiero decir, a lo que las circunstancias pueden hacer conmigo.