Velando el Mont Blanc

Foto: Mariana Alvarado.
Foto: Mariana Alvarado.

Llegamos de tarde. Llegamos de lluvia. Estamos en Chamonix, la capital del alpinismo desde 1821.

Una de las regiones más visitadas del mundo para practicar escalada, senderismo, alpinismo, bicicleta de montaña, parapente, hydrospeed, canyoning, rafting, speleologic, rappel, tyrolienne, via ferrata entre otras actividades deportivas.

Como la mayoría de las últimas llegadas, no buscamos mucho. Nos resignamos al tercer hotel que podíamos pagar. Es común tanto en España como en Francia que los costos de alojamiento varíen dependiendo del día de la semana. Claro está que los fines de semana suben de un 10 a un 20%.

Desarmamos alforjas. Desplegamos carpas y bolsas de dormir, además de la ropa puesta y la cargada. Pero de alguna manera nos desplegarnos nosotros en ese despliegue. Como dice Ignacio “velar las armas” – sostiene el guía de montaña tal que un caballero andante una metáfora bélica que lo lleva a poner en práctica un modo particular de vincularse con los equipos y, en este caso propiamente con los útiles del tránsito en bicicleta que a esas alturas eran una extensión de nuestro cuerpo-.

En dos días el equipo estaba seco pero en Chamonix persistía la lluvia.

Nos detuvimos. Definitivamente nos detuvimos. Era el momento de contemplar equipo. De hacer control de inventario. De contabilizar lo que había para saber con qué contábamos y qué faltaba.

Nos iniciamos con algunas averiguaciones. Alquilar crampones, piolet, casco y botas para nieve sumaban un total de 72 euros. Los medios de acceso entre el teleférico o la telecabina –dependiendo de la ruta- ida y vuelta eran catorce euros más el tren o el tranvía entre dieciocho y veinte. Con la reserva en el refugio -incluía cama, desayuno y cena- hacía un total de doscientos euros. Hasta ahí los costos.

El tiempo no ayudaba. Los informes metereológicos no auspiciaban mejorías. Por lo que nos detuvimos aún más.

Había que pensar la ruta. Ignacio, se sumerge en la precipitación de hacer sitio en un espacio ajeno, extranjero, anónimo del que tiene mapas como claves para habitarlo. Un hacer proyectado que luego se realiza de acuerdo a plurales variables: los tiempos de la montaña, los momentos de cumbre, la huella trazada o a la imperceptible, la inestabilidad del territorio, de su fragilidad, de su mutación, las intensidades de los pasos y los pulmones de los caminantes y las caminantas que quieren seguir sus pasos.

Un hacer arriesgado el de los guías, una praxis que no conoce de certezas respecto de la suficiencia de los equipos de cada expedicionario contra el frío; que sospecha de la práctica de cada caminante en glaciares, cada caminanta en roca; que desconfianza del suficiente entrenamiento previo de los y las paseantes; que apuesta a los ritmos de aclimatación por encima de los 3000 msnm. Un hacer que tiene como recurso apostar a la quietud, a la espera, a la tranquilidad de al menos uno o dos días comodines para salvar las incertidumbres, amenguar las sospechas, suspender la desconfianza.

Un hacer que más tarde Ignacio nos comunicaría a los cinco (Carme, Chicho, Eva, Miquel y yo) por e-mail:

Primer día: Encuentro en Chamonix (1035 mnsnm). Reserva en el Hotel Valle Blanche, en pleno centro  (68 o en fin de semana 72 euros la doble)  www.vallee-blanche.com

Segundo día: manejamos unos 9 km desde Chamonix hasta el poblado de Les Houches (1007 msnm) con estacionamiento gratuito. Tomamos el teleférico abierto de 8:00 a 17:30 hs. que nos lleva hasta el collado de Bellevue. A continuación tomamos el tren Tramway que viene de St. Gervais-Le Fayet y nos que  lleva hasta la estación de Nido de Aguila transitando de 1800 a 2364msnm. Este tren puede no estar abierto y por lo tanto habría que sumarle 2  horas más menos de treking hasta Nido. En tal caso hacemos noche en Tête Rousse (3167 msnm).

Tercer día: Si dormimos en Tête Rousse subimos hasta Le Goûte y echamos cumbre al cuarto día –excelente según pronóstico- haciendo Dôme du Goûter. Si dormimos en Le Goûte salimos a la cumbre –contamos con el refugiio Vallot (4362 msnm) en caso de complicaciones y regresamos al refugio. Cuarto día: descendemos por el tren, luego el teleférico y tomamos el auto de regreso a Chamonix.

El plan estaba trazado. A unos kilómetros de la ventana de mi habitación, el Mont Blanc como posibilidad de ser atravesada. A unas horas de iniciar la caminata no sé -comenzado el proyecto de expedición- cómo concluirá o hacia dónde nos llevará. No existe una regla fija, establecida de un momento y para siempre, sino más bien un modo de vincularnos con esas reglas. En todo caso algunas consideraciones precisas que pueden ayudar a tomar esta o aquella huella. No hay un método general de valor definitivo.

Disponemos las condiciones para producir variaciones en la marcha, para desestructurar el modo al que nos hemos habituado a caminar el mundo, para en todo caso desandarlo y en ello desandarnos.