Preludios de tragedia en Chacras de Coria

La Ruta Panamericana, en Luján de Cuyo, es una invitación a la desgracia. Como allí convergen espacios comunes de Nación, Provincia y distintas comunas, pues nadie hace nada al respecto. Los peatones, los automovilistas, los residentes, cada quien interpreta a su modo el vals de la supervivencia. Y nunca faltan las víctimas.

Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Seguramente porque envejecí y porque soy padre desde hace pocos años, suelo pensar en las innumerables ocasiones de tragedia que se viven en algunos lugares de Mendoza cada semana.

Conductas riesgosas que antes tomaba por comunes, ahora me parecen temerarias y lamento la falta de atención oficial y comunitaria ante ciertas situaciones. Es la vejez y la paternidad, me digo, pero el asunto no se cierra con una aceptación sicológica de la muerte de mis viejos conceptos de libertad, de eternidad y de riesgo.

Cuando van pasando los años, uno se vuelve más cobarde, es cierto, pero, no obstante, será tarea del cobarde sabio propiciar –dentro de la medida de lo posible– el territorio adecuado para que los más jóvenes ejerzan sus versiones de la aventura y sus traslados de un sitio a otro y que vivan para contarlo.

Vamos a los hechos: prácticamente cada mañana de mi vida, atravieso la Ruta Panamericana, desde la zona de los boliches hasta el Corredor del Oeste o bien hasta la altura de Palmares.

En un lapso que, en automóvil, no supera los quince minutos de tránsito, florecen como pájaros las ocasiones de peligro.

Hace unos días, en Florencio Varela, Buenos Aires, una chica de 15 años y un chico de 18, murieron al costado de la ruta 36, atropellados por un auto conducido por otro chico, de 22 años.

El pueblo, partido de dolor, salió a la calle, cortó la ruta y pidió justicia, pero ya era demasiado tarde.

Ahora, suenan en mi cabeza los preludios de una tragedia al borde de una ruta mendocina, a la altura de Chacras de Coria. Tal vez no signifique nada, no obstante, igual demos un paseo.  

La Ruta Panamericana es de todos y, por eso, es de nadie. Luce el asfalto muchos baches que, si les festejáramos el cumpleaños, ya habría que pensar en regalos para baches adolescentes.

Hay, además, entradas a barrios privados en plenas curvas; entradas a barriadas sin señalización y hasta incluso entradas truchas utilizadas por los habitantes de Chacras de Coria, en la gran mayoría de las casos, con autos y camionetas 4x4 en sitios de marcadas curvas en la ruta (y aclaramos esto para que se endilgue la “truchada” a “los grones de mierda esos, los inadaptados de siempre”).

Esta salida es un caso prototípico:

Ya han sido suprimidas dos salidas (foto), pero el empeño de los usuarios parece poder más: pagan una máquina, carcomen las piedras y crean una nueva salida.

Sucede así: muy cerca de la cancha de Chacras de Coria, hay una peligrosa curva y a un costado, la salida trucha.

Entonces, cuando uno viene manejando por la ruta, de pronto se encuentra con vehículos que atraviesan la Panamericana para meterse por ella.

Quien esto escribe, varias veces ya, ha visto que por milagro no se produce el accidente en cadena.

Aquí, algunos vehículos utilizando la vía trucha:

Sigamos andando.

Un poco más allá, también en plenas curvas de la ruta y con camino en pendiente, hay dos ingresos a un barrio privado, que acarrean nuevas situaciones de peligro. ¿Están bien hechos?, me pregunto. Seguramente sí, de otro modo, estarían anulados, ¿no?  

Continuemos con una nueva postal de la indefensión, que tiene al propio cuerpo de las personas como bandera.

A lo largo de todo el día, dedicados deportistas corren a un metro de la ruta y sobran también los ágiles que corren ¡por encima de la ruta!

 

Mírenlos: llevan lentes de sol, MP3 con sus discos de batalla y fajas elásticas para seguir sus ritmos cardíacos.

Si hay algo que no perciben, precisamente, es el perfume de la muerte, tan cercano a veces. Con los ciclistas, por cierto, pasa algo semejante.

Situación semejante se da los fines de semana: atravesar, fresco como una lechuga, ese trayecto a la madrugada nos regala un harto conocido paisaje de la desolación. Lo primero que se nota, son los que manejan borrachos (como yo mismo supe hacerlo tantas veces): van despacio o muy rápido y no conservan la elegancia de mantener el carril. A un costado de la ruta, en tanto, hay manadas de adolescentes volviendo a casa abrazados y felices, en medio de la balacera de automóviles.

En otra parte de la ruta, un vecino planta un negocio y para ello, trae decenas de camionadas de escombros que destina a ¡tapar un cauce aluvional natural! ¿Qué ocurrirá cuando haya una tormenta de esas bien fuertes? Que todo irá a parar, en formato de cascada, a la vecindad del otro lado de la ruta, la pintoresca Chacras de Coria.

Me pregunto, ¿por qué no arreglar los baches, ordenar los accesos a la ruta, construir una ciclovía o un paseo para deportes (como, el que hizo Godoy Cruz a la altura del barrio Trapiche -foto de arriba-)? ¿Por qué no poner a la madrugada un par de colectivos para traer chicos desde los boliches hasta el centro y volver a revisar el estado de nuestros cauces aluvionales?

En fin: es la vejez, no hay otra razón. Por eso, amigos, no hagan caso de este lamento. Yo trabajaré para que el preludio de tragedia, este dedicado moscardón, se vaya de mi cabeza y, cuando me toque atravesar la ruta, pondré un disco de Palito Ortega, que me haga llegar sonriente hasta mi casa.