Mariana Alvarado es mendocina, doctorando en Filosofía y entusiasta de los deportes en la naturaleza. A partir de este contenido, nos contará su actual aventura: recorrer pueblos de España y Francia en bicicleta. El siguiente, es su primer texto. Iremos publicando un par de sus contenidos por semana y, como siempre en MDZ, invitamos a comentar y debatir sus visiones.
“Las caderas de la montaña”
Tenía 15 años cuando hice mi primera ascensión en Río Negro. Un volcán inactivo situado en el límite entre Argentina y Chile. Hicimos cumbre en uno de los tres picos del Cerro Tronador, el Argentino a 3200 msnm después de hacer noche en el refugio Otto Mailing a 1900 msnm. Recuerdo someramente que en la travesía avistamos las laderas del Cerro Catedral y que en el descenso nos hospedamos en unas cabañas cercanas al Lago Mascardi. Fuimos muchas las que en ese intercambio nos vinculamos por primera vez con las caderas de una montaña y pocas las que después de un tiempo volvimos a hacerlo.
De alguna manera supe, más ahora que entonces, que la experiencia de montaña determina el tipo de relación que es posible establecer entre unas y otras y, claro está, con otros también pero sobre todo con una misma.
Abre espacios para encontrar-nos y perder-nos pero también para transitar encuentros que con esos otros y esas otras nos permitimos andar y, muchas veces nos esforzamos por desandar. Quizá fueron esas algunas de las razones que me llevaron hace apenas un año a reincidir en el trekking de alta montaña.
Ahora, casi quince años después de aquel inicio, camino algunas caderas…en Vallecitos las del Lomas Blancas, el Arenales, el Adolfo Calle, el Estudiante, el Cáucaso, el San Bernardo, la Aguja Caba y el Franke…
También las del Penitentes y las del Leñas en Penitentes, El Mirador en el Parque Aconcagua, el Vivanco al ladito del Santa Elena…
Mi entrenamiento entre cuatromiles y cincomiles culminó en Catamarca en el Paso Internacional San Francisco hace unos meses en las caderas del Falso Morocho, de El Morocha, en las del Beltrán y las del San Francisco.
Apenas algunas caderas andadas. Y con todo lo que eso significa. Digo, no es lo mismo una cadera al pie de una cintura de manzana –que bien podría ser la del Beltrán en Catamarca- que aquella otra que quiere ser atravesada demorando la cumbre más y más como la del Penitentes. Unas más altas que otras, seguro que sí, no es lo mismo un Leñas que El Mirador aunque la altura no se trate sólo de metros sino también de pendientes. Otras más hostiles que unas. Pero todas ellas -que no son todas sino apenas algunas- dispusieron las condiciones para producir variaciones en mi marcha, para desestructurar el modo en el que me habitué a caminar el mundo, incluso la medida de mis pasos, el ritmo de mi deriva, para en todo caso des-aprenderlo y en ello des-aprenderme. Y allí me quedó la duda de si para aprender a caminar montañas tenía que des-aprender a caminar en el llano. Más crudamente si para aprender-me tenía que desaprender-me.
Ahora, casi de inmediato parto hacia una cadera granítica: el Mont Blanc en Chamonix, Francia, cuya cima es compartida -así como la mayoría de las caderas- por Italia y Francia. Preveo practicar el arte de la distancia y tomarme un tiempo antes de la aproximación. Montada en una bicicleta –sí, en una bi-ci-cle-ta- andar la Costa Brava de la rivera francesa y perderme en los laberintos del triángulo daliniano en Figueres, Portlligat y Púbol en la provincia de Girona, España.
Y claro todavía conservo la duda y ahora mucho más aguda. ¿Será que para montar caderas tendré que aprender a andar en bicicleta?