Descansar trepando el Pedraforca

Foto: Mariana Alvarado.
Foto: Mariana Alvarado.

En dirección a Manresa descubrimos el Cerro Montserrat. Al lado de la carretera, bueno, en verdad no tan cerca. Pero ahí al alcance de la mano. Y nosotros sin equipo. Pues recién en Vic dispondríamos del equipo de escalada. Un cerro de apenas 1241 msnm al noreste de España en la provincia de Barcelona. Un mirador para ser mirado y para el que se pediría una ayudita para aprender a mirarlo completo.

Es de fácil acceso para todos ya que cuenta con carretera y funicular.

Además propone vías complicadas ya que tiene más de 3.000 vías de ascensión de escalada de baja, mediana y alta dificultad.

Más tarde supimos que entre sus paredes cobija un monasterio benedictino cuya fundación data del 1027 en el que los creyentes le rinden ofrenda a la dorada Moreneta –Virgen de Montserrat-.

En Solsona, Miquel nos contó del Pedraforca. Ya no pudimos resistirnos. Hicimos los preparativos pertinentes y la abordamos. Se trata de una de las caderas con más personalidad del Prepirineo.

A unos 100 kilómetros al norte de Barcelona, en la comarca del Berguedà, entre las cuencas del Llobregat y del Segre.  Cuenta con dos puntas arrogantes también llamadas “pollegons” separadas por un descarnado conchal o “l´enforcadura”. Las vías normales son numerosas y permiten el ascenso a casi todos a las dos puntas. Una vez al año –pues resguardan el entorno natural- organizan carreras en las que los españoles con mayor o menor experiencia de montaña lo suben y, claro, lo bajan pero corriendo.    

Salimos de Solsona a las 10. Atravesamos en auto Montamajor, Berga, Cercs y paramos en Saldes lo cual nos llevó una hora y media aproximadamente.

Ascendimos muy rápido –demasiado para mi estómago- por la carretera espiralada que lleva a su nacimiento. El verde frondoso acompaña desde la base con olor a bosque.

Un suelo de raíces y piñas y muros de pinos negros son el entorno que acompaña la travesía del monolito agreste, rocoso y calcáreo. 


A partir del refugio Lluis Estasen por la huella al collado del Verdet iniciamos la aproximación. Fuimos ganando altura casi inmediatamente.

Era posible visibilizar de tanto en tanto la losa pulida con indicaciones pintadas. Las caderas del Predaforca son de una mixtura interesante entre lo fértil y lo estéril. Se dejan caminar por ratos y en otros no es posible más que trepar -incluso encordados- con mucho cuidado por el desprendimiento de piedras sobre todo si las zapatillas son de tenis –nuestros zapatos de trekking estaban con Carme, en Vic-.

Contamos con la ayuda de un cable en un canal que nos permitió el ascenso con mayor facilidad. Los últimos 250 m de desnivel fueron de “grimpada” –escalada- con una pendiente de 30°. Desde la cima se ven, claro, ¡ya era hora!, los Pirineos nevados.





El descenso –sin bastones- por un prolongado acarreo que se detuvo abruptamente en la huella que nos alojó en el retorno al refugio como a las 16hs. Un suave murmullo nos persiguió durante minutos. En principio imaginé un templo, monjes, tiempos de oración. Luego, algo como percusión me hizo suponer un reiterado manara. Hasta que a lo lejos fue posible ver.

Eran los cencerros de las vacas que rumiaban no sé qué hierbas.