"Las marcas de mi cuerpo"

Foto: Mariana Alvarado.
Foto: Mariana Alvarado.

Mis primeras incursiones en montaña estuvieron acompañadas de golpes. Si no era en el ascenso era en el descenso. Siempre en las canillas y casi todo el tiempo en la cola. Moretones de todos los colores y tamaños. Al parecer no era necesaria una caída mortal. Bastaba con el rose de una piedra para que la piel ya se marcara.

Se me ocurre que el cuerpo, al menos el mío, se apropia del espacio con sus partes. Como si no fuera suficiente con ver y escuchar, cuando la práctica tiene que ver con el caminar ni los pies me bastan.  Claro que caminar en altura nada tiene que ver con caminar en el llano. Y seguir los pasos de otro nada tiene que ver con correr dos veces a la semana. Hacer montaña definitivamente implicó para mí aprender a caminar de nuevo. Desaprender viejos hábitos y usar los pies enteros. Desde el talón hasta la punta de los dedos pero también con una extensión de las manos que se continúa en los brazos y los omóplatos: los bastones. En movimiento brazo izquierdo/pierna derecha, pierna izquierda/brazo derecho. Un movimiento que bien podríamos tener incorporado inconscientemente pero que al hacer hincapié en él se vuelve en principio complicado. 

Además de caminar con peso -mínimo 15 kg- por arriba de los 4000 la cosa está en sostener el centro del equilibrio.

Definitivamente este modo de aprender con marcas en el cuerpo es mi modo.

Salimos de Barcelona hacia Manresa. Apenas unos 60 km ni más ni menos. Un GPS con batería para tiempo-auto y no para tiempo-bicicleta. Quiero decir un GPS que en breve se quedaría sin batería y por tanto un par de bicicletas que debían encontrar la ruta antes de que caducara el tiempo-auto. Parte del camino repitió lo andado hacia la casa de Eva el día anterior. De modo que se trataba de camino conocido. 

De alguna manera los 20 km a Barberá de Valles que terminaron por llevarnos 50 km hasta Moller me bastaron para registrar algunas sensaciones que se repetirían una y otra vez a cada instante que montara a cleta. El sonido de un auto, de un camión, de una motoneta se fija imperceptiblemente en los tímpanos. Y como marchan a velocidades superiores a las que transito el impulso con el que se desplazan en esos metros es capaz de colocarte de reverso.

Aunque mi cuerpo se resiste a ser desplazado, aferrándose al manubrio, crispando los bellos, llenando de aire los pulmones, doy de rodilla al piso. Sí rodilla. Apenas una. Pero luego el codo al que le siguió el hombro.  Como si me desplazara en aceite, el pavimento me regaló más de una frutilla.

Maitena dice, en alguno de sus comics, que las mejores cosas que te pasan en la vida te pasan despeinada. Y está claro, que en cleta es imposible mantener el flequillo en orden y mucho menos después de un tropezón que ha sido más que una caída.