El diálogo mendocino y el Bicentenario

El Bicentenario debe significar reflexión, útil para replantear nuestra escala de valores y reordenar las acciones sociales, políticas, ambientales y económicas en función de ella. Clarificar esta escala permitirá identificar objetivos que respondan a un conjunto social en marcha, en pos de acuerdos integradores.

Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Atrapados por la insatisfacción y por la incertidumbre de la cotidianeidad, los mendocinos analizamos continuamente lo que nos está pasando. La filosofía del diario acontecer va desde la especulación universitaria científica hasta la simple charla de café, acopiando una extensa gama de explicaciones. En todos los casos hay elementos en común: incertidumbre, desprotección, escepticismo, descreimiento, negación de la realidad, silencio, inercia, búsqueda de soluciones puntuales, facilismo, especulación, como identificadores de la situación. Preguntas sobre ¿cómo salir de esto?, ¿es posible que un cambio político haga variar la situación?, realmente ¿nosotros podemos cambiar?, ¿qué manejo tenemos de lo que nos pasa?, y otras muchas, se repiten en todas las situaciones.

Nos sentimos fuera de contexto, como en una mala película que aísla y margina... Pero... ¿no es absurdo?... Cuando hablamos de no estar contenidos o incluidos,  habitualmente hacemos alusión a los que están fuera del sistema de seguridad social, los que viven al margen de la ley o los que no participan del sistema de modernidad... Sin embargo, nos sentimos marginados hoy y, lo que es peor, hacia el futuro.

Sentimos que estamos usando ideas que son poco habituales en nuestra cultura;  nos automarginamos restándonos el privilegio de participar en nuestra propia forma de crecer, haciendo gala del “no te metas”…Nos sentimos presionados por un aparato burocrático que no responde a nuestras necesidades y reclamos. Gravita con fuerza en nosotros el no saber qué queremos hacer con nuestra región, con nuestra cultura, con nuestros jóvenes, con nuestras esperanzas...

Es evidente que  el discurso político actual no satisface como herramienta válida para lograr algo nuevo; que los mecanismos económicos se han enviciado y nos han reducido a una simple relación costo-beneficio y nos han sometido a los caprichos de decisiones personales extra-regionales... Sentimos que el desvalor llega a un grado tal, que parecemos destinados a una condena de extinción como ciudadanos libres….

También es evidente que la globalización ha sido un experimento social de alcance mundial que según la experiencia de la mayoría del mundo ha fracasado miserablemente y ha logrado crear grandes mayorías  insatisfechas y marginadas, en las cuales la incorporación al mercado mundial, en condiciones equitativas resulta cada vez menos viable, como ya lo preveía y aseguraba Esteva G. en 1988. Esta aseveración, ¿marca necesariamente un paso al fracaso?, ¿un paso al vacío?, ¿un ir constante hacia atrás? Lo que sí es cierto es que hay muchas equivocaciones. Pero me resisto –y ustedes también- a aceptar que hemos fracasado. Sería prescribir por anticipado el fracaso de las generaciones que nos reemplazarán.

Pero no sólo es necesario resistirse: es necesario hacerlo en forma activa, generando caminos para la reflexión. La resistencia es útil y es creativa. El simple hecho de subsistir en medio del caos internacional  y nacional nos indica que tenemos algo valioso, algo que merece ser visto y analizado, al margen de lo que somos en el esquema actual del desarrollo: los en “vías de desarrollo, o “los mercados emergentes”...

Y para resistir es importante reflexionar, ya que la reflexión no es un acto primario ni inmediato sino es un partir de nosotros para crear un movimiento capaz de generar algo nuevo que nos incluya, que nos comprenda, que nos identifique como sujetos sociales, que nos respete en nuestra diversidad, que nos integre en nuestras diferencias, que nos de seguridad en lo que estamos haciendo.

¿Es cambio o es evolución? Si por cambio se comprende  a aquellas acciones por las cuales se modifica totalmente la forma y hace que no se la reconozca, no lo deseo porque no quiero perder la IDENTIDAD. Creo que ninguno de nosotros lo desea. Si por evolución se entiende el adelantar gradualmente los organismos o las cosas pasando de un estado a otro en forma  mecánica o  por una evolución biológica que predetermina un movimiento, tampoco me interesa porque no quiero perder la CREATIVIDAD. 

Lo que sí pretendo es una transformación histórico-cultural que intente recuperar lo que ha sido creativo en cada etapa de nuestra vida histórica como mendocinos. No para volver a ellas, sino para REINVENTAR el  presente y pensar en un futuro posible sobre la base de nuestra cultura, de los recursos propios, de la identidad social, de nuestra modalidad de apropiarnos de un  territorio difícil e inhóspito.

Debemos transformar, como siempre lo hemos hecho, la debilidad en destreza, las expectativas en sentido común, la incertidumbre en esperanza. Transformar la utopía del cambio copiado y de la evolución económica globalizadora y despersonalizada que nos reduce como seres humanos, en una posibilidad de crecimiento social propio que nos potencie, una vez más, como personas pensantes y sintientes. Sólo así no estaremos marginados, solo así tendremos nuestro propio proyecto político, solo así tendremos una economía sana y al servicio del hombre; solo así seremos capaces de soñar con el futuro de nuestros hijos en nuestra propia región.

Hacia una transformación sustentable y equitativa para los mendocinos

El Bicentenario debe significar para nosotros un momento de reflexión,  útil para replantear nuestra escala de valores y reordenar las acciones sociales, políticas, ambientales y económicas en función de ella,  ya que clarificar esta escala nos permitirá identificar objetivos claros que respondan a un conjunto social en marcha, en pos de acuerdos integradores.

El primer paso lo deberíamos dar partiendo de un análisis concreto y descarnado de lo que disponemos  y realmente manejamos y gestionamos: qué nos está quedando de nuestra provincia después de tantos años de explotación poco cuidada y a veces irracional de los recursos, cómo es nuestro gobierno, cómo funciona nuestra sociedad, qué canales de interacción hemos generado, cómo participamos, cómo educamos para participar, cómo decidimos sobre nuestro ambiente y el territorio, son – entre muchas otras- preguntas que no siempre han generado respuestas entendibles. Muchos de estos temas los conocemos indirectamente como si fueran ajenos a nosotros, otros por experiencias puntuales, algunos ni los hemos planteado, y otros solo han recibido un tratamiento parcial, preferentemente político. Implica ser responsables frente a la realidad.

Un paso previo necesariamente debe darse para superar la dificultad actual de no poder dialogar: implica respeto para apreciar las ideas de los demás, buscar los puntos de contacto, estar seguros que todas las verdades son parciales y relativas y que cada uno tiene un poco de razón, ya que el respeto por las ideas es la base de la verdadera democracia  Si actuamos así, todos los demás bienes de la democracia surgen por sí solos: la libertad de expresión, la libre circulación de las ideas, la creatividad, el respeto por la ley.  Es indispensable reconocer, en este contexto, la pluralidad como base indispensable para entender la sociedad real y para llegar a poder establecer acuerdos que  solidifiquen su estructura..

Finalmente- recogiendo las enseñanzas de las generaciones que nos precedieron- es de mendocinos reconocer la capacidad de nuestra sociedad regional. Nuestra provincia tiene una dimensión que no es universal sino que es propia de sí misma; que no es atemporal sino que en cada momento podemos reconocer las transformaciones a las que ha estado sometida, porque la organización actual  de Mendoza es una configuración sostenida por un proceso social que la refuerza y conserva, y es el producto de actos voluntarios en función de objetivos concientes. 

De allí que resulta sencillo identificar que somos  una sociedad que tiene como “know how” el manejo estratégico de la escasez de agua, tarea que se ha realizado con gran éxito y que hoy le permite ser identificada tanto a nivel nacional como internacional, como un escenario próspero para la economía  y saludable para la población, aunque está contenida en un ambiente desértico.

Por  ello es necesario retomar conceptos un tanto olvidados o desterrados por la intromisión de pensamientos centralistas poco vinculados a la vida regional: es fundamental refrescar que la Política,  para muchas generaciones de mendocinos responsables y respetuosos, ha sido un instrumento al servicio de la organización social, y no a la inversa. Una herramienta que debe ser meditada y pensada en su dimensión espacial y temporal para generar estructuras sólidas de acuerdo social. Hacer política es y debe ser para nosotros, mucho más que participar de un partido político. Se hace política en la educación, en la familia, en la vida de vecindad, en la producción, en la tecnología, en el manejo de recursos, en el manejo del medio natural, toda vez que buscamos los caminos del acuerdo social. La participación facilita el quehacer político, concebido como instrumento del acuerdo y base de la democracia regional.

Debemos recuperar la convicción que la Política es el conjunto de acciones que diariamente convenimos en nuestro medio, para realizar nuestros objetivos de crecimiento y transformación socio-cultural. No es algo hecho, sino una forma de relacionarnos con pautas claras y consistentes, que debe ser creada en cada momento. Estas conductas repetidas y acordadas son capaces de generar instrumentos de administración ágiles, adaptados, que responden realmente a la transformación que deseamos.

Es sobre estas bases, capacidad regional + respeto y acuerdo social + lecciones aprendidas,  analizadas sintéticamente en este artículo, que deberíamos intentar en este Bicentenario comenzar a reunir reflexiones, ordenar algunas ideas, para contribuir con una perspectiva pro-activa,  a iniciar un diálogo con nosotros mismos y generar caminos nuevos que nos saquen de la inercia, la incertidumbre y el descreimiento de hoy.
   
Reflexionar Mendoza desde la perspectiva del  Bicentenario

El Bicentenario evoca  un período complejo de construcción social de nuestra identidad ciudadana y de nuestras bases como estado nacional soberano y autónomo, que tuvo dos fechas esenciales: el 25 de mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816.  Seis años, durante los cuales la sociedad argentina en su conjunto, forjó un modelo de organización nacional que fue creciendo posteriormente, que cortó con el colonialismo y comenzó a forjar el sentido de Patria.

Para los mendocinos de hoy, estos mismos seis años ,deberían significar una profunda REFLEXIÓN – sobre las bases analizadas – para generar entre todos un nuevo modelo de organización provincial para el Siglo XXI, que contemple  las posibilidades de mejorar su posición en el contexto general de naciones y regiones, en el mercado internacional, nacional y regional, su protagonismo dentro del bloque al que pertenece,  y prever los comportamientos sociales necesarios para enfrentar los problemas actuales y visibles hacia el futuro, como los nuevos modelos productivos, el cambio climático y la reorganización internacional.

Debemos partir de entender que Mendoza tienen un capital social acumulado que es su “know how” como gestora exitosa del agua escasa,  conocimiento que resultará invalorable para enfrentar el futuro no solo de la provincia sino de la región y  la nación, como lo vaticinan los pronósticos científicos y lo reconocen todos los países.  Este saber acumulado ha regulado y regula todas nuestras expresiones productivas, culturales, sociales y políticas que han sido configuradas por estas limitaciones. Es nuestro saber y nuestro ser… Estas “lecciones aprendidas” nos servirán a nosotros y a muchos otros  que deberán enfrentar este problema.

Pero este “know how” no está perfeccionado totalmente;  debemos ir más allá, utilizando nuestro capital de ciencia y tecnología provincial y nacional, planteándonos preguntas concretas y buscando las respuestas que nos permitan definir:  cuánta agua menos tendremos en la cordillera, cuánta agua más tendremos en las zonas bajas, cuáles serán los regímenes y volúmenes pluviales previsibles en cada zona de la provincia, qué caudales tendrán nuestros ríos progresivamente,  qué cultivos podrán resistir, que cultivos podríamos incorporar, cómo deberíamos rediseñar nuestra  red de riego, cómo y dónde guardar las aguas provenientes de las  lluvias de verano, cómo prever que estos caudales no dañen nuestros asentamientos humanos en zonas de alta pendiente, como resguardar los caminos, la industria, los servicios para adecuarlos a estos cambios, cómo proteger nuestras decrecientes fuentes de agua, como recuperar y reciclar las aguas útiles,  qué otros recursos alternativos tenemos en nuestro territorio que nos permitan crear los nuevos escenarios en forma sustentable.

Debemos recorrer un largo camino entre el 2010 y el 2016 para despejar dos incógnitas: cómo es la Mendoza que queremos para el Siglo XXI y qué debemos hacer – partiendo de lo que tenemos- para lograrlo con nuestro propio esfuerzo, resguardando nuestra autonomía y poder regional y nuestra vigencia como sociedad libre con identidad propia.