Estos hermosos días de la Patria

Millones de personas en la calle constituyendo un escenario conmovedor y extraordinario. Los argentinos acabamos de darnos y de dar al mundo un mensaje ejemplar, alentador: se puede compartir sin agredir y festejar sin olvidar. Y se puede nombrar a la Patria sin asumir las banderas de los años más oscuros y dañinos de Argentina.

Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

No éramos dueños de nada en el mundo, pero éramos los dueños del barrio. Ninguno de nosotros jamás había pisado una playa, una avenida de Buenos Aires, un instituto bilingüe, un atelier de pintura o una universidad y sólo un par había terminado el secundario, pero podíamos dibujar con detalles el mapa de nuestro barrio con un palito sobre la tierra de cualquier baldío.

Como náufragos dichosos, nada teníamos pero lo teníamos todo, sobre todo, nuestras áreas de excelencia: la gambeta corta, el chante a la bolita japonesa, la construcción de volantines (nada de barriletes, volantines y nada de rateada, sino sincola), la elección de la horqueta justa para honda, la preparación de cebaderos, el gancho de derecha al mentón del enemigo, la curva coleando en bicicleta y el nado contra la corriente en el salvaje zanjón. 

Atravesábamos, por aquellos años infantes, una dictadura militar no sólo asesina y robadora de niños y de bienes de toda índole, sino que además garante de un estilo de país que nos dejaba más afuera de lo que estábamos. Por eso, después de atravesar aquellos años de ausencia, ignominia y deshonor, nos hicimos fundamentalistas de la democracia, como quien encuentra una fuente de agua en el desierto y toma para sí la responsabilidad de cuidarla. Desde entonces, desprecio con íntima convicción la cobardía y la violencia constitutivas de los antidemocráticos en democracia.

Así crecimos: pobres de trapos y repletos de aventuras. Nuestro mundo era el barrio y, en verdad, nos daba cierto pudor tomarnos un micro e ir al centro a admirar ese repertorio de objetos que jamás tendríamos (por cierto, jamás olvidaré una de las excepciones de la regla: el día en que con mi amigo Juan Carlos, aún niños, fuimos al centro y compramos el disco “Río Verde”, de la Creedence Clearwater Revival).

En fin, no éramos dueños de nada en el mundo, pero éramos los dueños del barrio. Y lo éramos porque las calles eran nuestras, en el sentido de propiedad más estricto: en ellas jugábamos, aprendíamos, nos peleábamos y enamorábamos. Allí, más temprano que tarde, aprendimos a deletrear los contenidos diversos de la sed y del deseo.

Mi barrio, aun por encima de mi familia, fue mi idea más concreta de la Patria durante aquella dulce infancia. Ahora que millones de argentinos salieron a la calle a festejar el Bicentenario de la Revolución de Mayo, aún emocionado, conmovido, me resulta imposible no convencerme de que estos son mejores años que aquellos, oscuros y dañinos, del país.

Imposible no volver a escribir una y otra vez sobre lo mismo, pero es que, al ver tantos cientos de miles de personas celebrando uno de los momentos más maravillosos desde el advenimiento democrático, recupero la sensación de la calle para todos, la calle como escenario de todos, como producto de todos, más allá de lo que cada uno, al amparo de nuestra democracia, pueda creer.

En estos días fantásticos que hemos vivido en Argentina, el milagro ocurrió y bien sé que la inseguridad y las desigualdades que existen no fomentan esa toma masiva de los espacios públicos como ámbitos de encuentro y desarrollo. Sin embargo, aún así, nada nos impide trabajar en pos de tal participación social.

El mundo está hecho para aquellos que están dispuestos a conquistarlo, dice el poema. El barrio y la calle también: allí se despliega la Patria, como la familia y la palabra, que nace y crece en la palma de una mano. Son días hermosos estos: nos hemos probado que se puede compartir sin agredir y festejar sin olvidar.