Desbautizar el mundo,
sacrificar el nombre de las cosas
para ganar su presencia.
El mundo es un llamado desnudo,
una voz y no un nombre,
una voz con su propio eco a cuestas.
Roberto Juarroz.
No por citado alguna vez pierde eficacia la evidencia: en el origen, allá, en el principio de los principios, la vida en el planeta no tenía necesidad del lenguaje, porque las cosas y los seres estaban plenamente integrados con sus entornos. ¿Para qué nombrar piedra a la piedra, río al río, viento al viento, nieve a la nieve, si el río, el viento, la nieve, la piedra eran parte de una misma naturaleza? La unidad y la otredad eran, básicamente, la misma cosa. Y esto que llamamo Tierra, más que nunca, era un organismo vivo.
En aquellos tiempos ancestrales, el silencio no era el espacio quieto entre dos sonidos, sino el latido del mundo como animal que que cantaba las cuatro estrofas del ciclo de las estaciones.
Y si había que gritar, estaba el trueno y el rayo, el glaciar que se partía y el acantilado que dejaba pedazos de su pecho en cada golpe de las olas.
Y si había que susurrar, estaba el céfiro entre las hojas, los cachorros amamantándose y la gota de agua cayendo desde la hoja del árbol hasta el sexo dispuesto de las primeras flores imposibles.
Sin embargo, llegaron dos actos de traición fundamentales para el planeta: un mal día, tal vez un domingo por la tarde, un mono petulante con el traste sucio bajó de su árbol y, sin más, tomó la decisión de erguirse sobre dos patas y ver el mundo desde esa incómoda posición.
Al poco tiempo, otro mal día, tal vez un martes o un miércoles, ese mismo primate –ya con pleno uso de utensilios y sediento de poder– dejó brotar su primera palabra, como quien trae al mundo una criatura nunca vista.
“Yo” ha de haber dicho; o “sed”, tal vez “mío”, "tengo", algo así…
Y a partir de ese momento, el mundo empezó a llamarse mundo y así con vientos, ríos, piedras y nieves.
Y a partir de entonces la muerte fue una cosa distinta de la vida.
Lo sagrado y el silencio
El oficio de la palabra,
más allá de la pequeña miseria
y la pequeña ternura de designar esto o aquello,
es un acto de amor: crear presencia.
Roberto Juarroz.
El tiempo ha pasado y la inicial traición con la fundación del lenguaje ha evolucionado en una igualmente drástica: la traición del hombre a sí mismo y a la Madre Tiera en el ejercicio de la palabra.
Ahora, uno de los actos de mayor poder de nuestra raza es el oficio de nombrar. Dar nombre a algo es conferirle existencia. ¿Y quién lo hace? ¿Quién llama a las cosas por su nombre? ¿Quién se atreve a poner en blanco sobre negro su repertorio de héroes, su intangible patrimonio de grandezas?
Héctor Pereyra es mendocino y arquitecto, pero hace muchos años ya, decidió dejar Mendoza y la arquitectura, después de conocer el pueblo La Majadita, en San Juan, un caserío discreto y encantador levantado en las márgenes de breves arroyos, que supieron de los pueblos diaguitas y también de las cruces disfrazadas de espadas y viceversa.
Héctor compró tierras en el estrecho valle y plantó unas cabañas a las que llamó Silencio y, claro, levantó su casa y, como tal vez nadie en el mundo, se entregó al oficio de nombrar, nombrar, como forma de decir, pero también de agradecer.
Y nombró cada rincón de su hogar con palabras fundamentales para la historia de nuestra cultura: Gelman, Yupanqui, Walsh, Amarú, Beauvoir, Menchú, su repertorio, el nuestro, de imprescindibles.
“Han sido personas importantes para mí y ponerles sus nombres a lugares de mi casa me hace tenerlos presentes, homenajearlos”, dice Héctor, quien, fiel a sus cabañas, no es de andar haciendo mucha bulla con palabras para entorpecer el silencio.
La Majadita, el camino se llama Tras Las Sierras, el monte es alto, boscoso y los algarrobos y los cactus le dan un aire de eternidad a los atardeceres. “La primera vez que vi este pueblito, supe que había encontrado mi lugar en el mundo”, suelta.
Ahí, a unos metros de nosotros, está su “Silenciario Rewe”, que lleva por nombre el del gran Osvaldo Bayer.
Rewe, o rehue, para algunos significa “puro”; era un altar sagrado usado por los mapuches: “Hace poco conocí ese término. Y me pareció bueno para designar un espacio donde sentarse a pensar y hacer de espacio algo sagrado”, explica Héctor.
Qué lejos estamos de lo sagrado que vive en el silencio.
Deberíamos empezar de nuevo, volver al árbol y refundar el lenguaje, que es lo mismo que refundar la raza a través de nuestro ejercicio del pensamiento.
La nada de todo
El oficio de la palabra
es la posibilidad de que el mundo diga al mundo,
la posibilidad de que el mundo diga al hombre.
Roberto Juarroz.
A lo sumo, le pusimos nombre a nuestros hijos, a nuestras mascotas, tal vez a alguna cabaña en la montaña para atarlos a nosotros o a un automóvil, un canario o un juguete. El resto no fue mucho más que luchar por el salario como un cuervo por su tajada hasta terminar todos y cada uno de los días de la vida.
Ciertamente, nos iremos del mundo sin haber creado prácticamente nada y sin haber pensado absolutamente nada diferente a lo pensado.
Ni el más apático e indolente de todos los hombres de las cavernas, tendrá algo que envidiarnos a la hora de cerrar sus cuentas.
¿Qué producto de nuestros afanes merecerá ser recordado, si vivimos llenos de miedo, de acusaciones cruzadas, de desconfianza y malas anécdotas, de barrotes, empresas de seguridad y frazadas y de descuentos especiales, conclusiones erróneas y perezas seculares?
Un hombre, según parece, decidió dar su respuesta a la estupidez del mundo: dejó de lugar, su nombre, su profesión y su mapa de territorios seguros. No busca que lo imiten ni te dará tu lista de nombres favoritos para que llenes de carteles tu brevísimo lugar caliente en el universo.
Nada, de hecho, dirá al respecto.
Se quedará callado en su valle escondido y su silencio, tal vez, levantará remolinos que serán pasto de lo sagrado.
Los homenajes del silenciero
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