La Difunta Correa, una muchacha parecida a Dios

¿Una boda, una casa, un hijo, el fantasma de una enfermedad que se obstina? ¿Qué hizo esta misteriosa Señora por los miles y miles que caminan hacia ella? "Gracias, Difunta Correa", sueltan los promesantes que transitan el mundo sobre sus pies heridos. "Gracias", dicen los gauchos, el transportista, el carnicero y las viejas que le rezan la elevan hasta la derecha de Dios.

Una imagen repetida en San Juan.
Una imagen repetida en San Juan.

Son tan jóvenes que aún deben estar más dispuestos a protagonizar acontecimientos que a juzgarlos con sus comentarios.

Son tan breves y honestos que no pueden ocultar la vergüenza que sienten por aquello en lo que creen.

Son tan hermosos también, que se toman de la mano y dejan caer el peso de sus cortas vidas sobre sus rodillas.

Uno a uno, enfrentan escalones. Mírenlos: suben arrodillados la escalera como prueba de amor o de agradecimiento o tal vez de temor. Ya saben ustedes: la fe es una de las formas que adopta lo imposible cuando busca ser explicado. De aquí el amor, las gracias, el miedo, porque lo imposible a veces se vuelve posible en la frente de los hombres.

Siguen subiendo la escalera hacia el lecho de Deolinda y su bebé.

Quién sabe qué tipo de favores estén pagando con obediencia y sacrificio esta parejita de chicos.

Suben mirando hacia arriba, como quien planea entregarse en sacrificio a un dios. 

¿Una boda, una casa, un hijo, el fantasma de una enfermedad que se obstina?

¿Qué hizo esta misteriosa Señora por ellos y por miles y miles que caminan hacia ella?

“Gracias, Difunta Correa”, sueltan los promesantes mientras transitan el cuero del mundo sobre sus pies heridos.

“Gracias, Difunta Correa”, dicen los gauchos sobre sus recios caballos. “Gracias, Difunta Correa”, escribe el camionero en el traste de su furgón. “Gracias, Difunta Correa”, espeta el carnicero y le pone ese nombre a su fuente de labor.

“Gracias, Difunta Correa”, rezan las viejas y la elevan hasta la derecha de Dios.



La historia de Deolinda



No están claras las entrelíneas de esta historia, pero no están claras las entrelíneas de ninguna. Se dice que lo referido acaeció allá por 1841, tiempos de unitarios y federales, de crueles atildados, caudillos rojos y asesinos, gauchos brutos, burguesías afrancesadas y sangre derramada como lagunas de espanto.

Dominar, asolar, robar y violar eran gimnasias habituales, pues así también es como se van formando las patrias. Según la leyenda, este escenario de malas venturas fue el que conoció Deolinda Correa.

Así el asunto, toma protagonismo una montonera riojana reclutando gauchos pobres y acopiando "a la juerza" pertrechos, vituallas y comidas. En tal trance, tomaron preso al joven Baudilio Bustos, el joven esposo de Deolinda. Sola la muchacha, carne del desamparo, no faltó un comisario que requirió amores forzados de la hermosa chica abandonada junto a su bebé.

Cuenta esta historia que el amor de la chica por su Baudilio, ante el riesgo cierto de resultar violada, escogió la huida como recurso. Huyó Deolinda, tras la huella de la montonera que la dejó sin marido, huyó con su niño en brazos y una remota esperanza y su sed, calmada como podía, entre aguada y aguada del desierto.

Nunca llegó a La Rioja, en ese seguir acalorado los pasos de su esposo, cerro tras cerro, con su ropa liviana y tan solo con una bota de agua; las herramientas de los que huyen. La tradición oral dice que Deolinda se perdió de tanto andar y en el paraje “Vallecito” subió al cerro más alto, ya sin esperanza, y descubrió su pecho moribundo y amamantó a su hijo hasta perder el latido.

Así, de ese modo, encontraron unos arrieros a Deolinda muerta y a su bebé con vida. Se dijo entonces, se dice ahora, que murió por amor a su esposo y a su hijo.



Deolinda, la milagrosa



Deolinda, la bella, fue enterrada y se convirtió en tema de las conversaciones nocturnas de los arrieros. Empezaron a llamarla la Difunta Correa y a fines del siglo XIX ya era considerada como alma benefactora.

Se lee en su web oficial: “El coraje y el amor de la Difunta Correa, aquella difunta que por ser fiel mujer habría encontrado la muerte, y que por aquel entonces se le habrían pedido gracias a la ‘difunta Correa’ y ésta las habría concedido. Así hay una misa encargada en su nombre en 1883 y una lápida que dice (con error de ortografía) ‘Recuerdo de gratitud y justicia a la caritatiba alma Difunta Correa Q.E.P.D. Junio de 1895’. O sea, hacia fines de 1800 ya se conocía a la Difunta Correa como alma que concedía favores”.

No obstante la fama, en 1898, aparece el milagro que difundió a la Difunta por Argentina y Latinoamérica. Había un afamado arriero por entonces, don Pedro Flavio Zeballos, que debía llevar 500 vacas a Chile. “Don Claudio sale con su gente y con su tropa a cumplir el encargo y se dirige al Oeste. Pasados unos días de marcha y ya atravesando San Juan, decide hacer noche acampando en Vallecito. Encontrándose acampado con sus arrieros y el ganado, comienza una gran tormenta, los animales se inquietan, hasta que ante el fragor inusitado de la tormenta los animales huyen espantados”.

No solo las vacas, sino el prestigio del arriero habían sido arrasados por la tormenta.

Partido de dolor y de impotencia, el arriero imploró: “Difunta Correa, te pido que protejas a los animales y si los puedo recobrar te hago una manda (promesa), que vendré y te construiré una capilla para cubrir tu tumba y tu cruz”.

Imaginen el resto: a la mañana siguiente, encontraron a todos los animales juntos en una cuesta que terminaba en una quebrada, no se había perdido ni uno solo. El lugar se llamó desde entonces “La cuesta de las vacas”.

En la web, cuya investigación atribuye, a Oscar Romero Giaccaglia se lee: “Era indudablemente un milagro. Un hecho que contradice la propia naturaleza de las cosas, pues ante un hecho extraordinario, al haberse espantado quinientos animales en una tormenta, lo absolutamente lógico y natural era la pérdida de una gran cantidad de ganado. Nadie puede en su sano juicio, imaginar que no habrían animales muertos o extraviados… Indudablemente la Difunta Correa había cumplido, y leal arriera guió la totalidad del ganado hacia la quebrada donde fue encontrado”.  

Obviamente, el arriero, de regreso de su viaje, construyó la primera capilla de la milagrosa, en el lugar donde ahora se levanta una pequeña ciudad. Y dado el primer milagro, ya saben ustedes, los milagros sucesivos estuvieron entonces a la orden del día y hasta estos días.

Unos piden el milagro del amor; otros, el de la casa propia o la salud fortalecida de los íntimos. Para todos, la Difunta tiene una gracia y una manera personal de cobrarse las mandas de sus feudos: amor con amor se paga.



La falda de la Señora 



Los chicos descienden la escalera luego de haber pagado el precio que estimaron conveniente a la señora.

Nunca lo dudaron: como dinero no tienen, ofrecieron pagar con lo que tienen a mano: sus jóvenes rodillas, sus muestras de obediencia, sus rezos apurados, sus velas encendidas, sus silencios insobornables.

Se los nota, por cierto, más livianos.

Se han sacado un peso de encima y ahora tal vez almuercen unos sánguches o se inclinen por el turismo religioso, recorriendo las habitaciones con vestidos de novia o los yesos de fémures, tibias y peronés o quizás dediquen un par de horas a leer placas de agradecimiento.

Aquellos que ejercemos el escepticismo –cuando no el desencanto, la indiferencia o la frustración divina – íntimamente desearíamos que las cosas fuesen de otro modo, mientras suda nuestra frente en pos del pensamiento perfecto.

Sería maravilloso que, por cierto, hubiese un paraíso con cascadas y también almas generosas dispuestas a concedernos favores a cambio de devociones y sacrificios.

Hay quienes sostienen que las hay y a esta altura a este que escribe le importa tres pitos si el jefe de los devotos es un papa, un chamán, un rabino, un pastor, un lama, un imán o un arriero del desierto sanjuanino que llora de emoción ante su Difunta.

Claro resulta que hay quienes creen en Algo y que ese Algo, a esta altura, ya no es importante, como sí lo es la obra, el rastro, la impronta, que ese Algo provoca en sus dedicados vasallos.

Desde este punto de vista, bienvenidos sean los santos populares como la Difunta Correa, el Gauchito Gil, Gilda, el Gaucho Cubillos y todos los santos oficiales de la Santa Iglesia Católica y de cuanta religión ande dando vueltas por ahí.

Las religiones no importan, amigos, y casi no importa la fe. Importa que esa parejita de muchachos, luego de consumar su rito, se hayan convertido en mejores personas que las que eran antes de arrodillarse al pie de la larga y dura escalera que lleva hasta la falda de su Señora.