Asunto fascinante este de transitar la vejez: todo se ve más claro, cuando comienza a fallar la vista y todo se dice con discurso cierto y prístino, cuando la herramienta es el silencio.
Hacerse viejo, ahora lo comprendo, consiste en hacer las mismas cosas de siempre, pero sin viento en la cara, sin esas trompetas a medianoche contratadas solamente para delatar nuestra presencia, sin esas torpezas inauditas en el territorio de la seducción, sin esos collares de cotorras en el pecho; en fin, hacerse viejo es hacer lo de siempre o dejar de hacerlo y, entonces, comprobar, como decía el viejo escritor Fernando Lorenzo, que “hacerse viejo es sentarse y ver cómo el mundo se da vuelta”.
Mientras el mundo se da vuelta como un epiléptico en un samba, don Evaristo elige un espectáculo mucho más intimista y genuino: observar sus manos sin emitir sentencia y entregarse a su simple obra, que durará mucho, amigos, más que sus auto y teléfonos, más que sus tarjetas de crédito, más que las siliconas que yerguen la doble pechuga de nuestra actriz favorita.
Nace abril
Nace abril y don Evaristo, en su lenta San Juan, todavía no termina de tallar la fuente de algarrobo en una pieza que habrá de venderme a temperado precio.
Lleva doscientos años haciendo esta obra, que culminará en minutos y pondrá sobre mis manos, como quien deja un legado, una herencia a decodificar por el resto de la vida, un amuleto contra toda la estupidez del mundo.
Tiene las manos duras el viejo y le entra a la madera con una seguridad infinita ante los daños colaterales que la pasión y la energía imprimen a las formas clásicas. A él le interesa la forma, está claro, la fuente seguirá el mandato de las fuentes y la bandeja el de las bandejas, sin embargo, hay algo misterioso en sus objetos: aquello que los hace cotidianos e imposibles al mismo tiempo, una mezcla de arte e historia en el mismo sorbo.
La historia empezó antes, claro; siempre las historias empiezan antes y, siempre, terminan antes de tiempo si son hermosas.
En algún momento, como en un spaghetti western, don Evaristo montó a caballo y se fue monte adentro con sus ochenta y pico en los estribos y anduvo abandonado hasta el centro de la infinita soledad.
Entonces, eligió algún algarrobo moribundo y no dudó en asesinarlo.
Para qué vivir tanto después de todo, con doscientos años es suficiente.
Entonces, imagino, el artesano de lo imposible ha de haber tocado con sus manos la dureza de esa carne de un rojo indecible, que supo enrojecerse desde comienzos del siglo XIX, desde el comienzo de la Patria hasta ahora mismo, y en el silencio rotundo del campo, el sanjuanino y su hacha hicieron lo suyo pidiendo perdón.
Crece abril
Crece abril en La Majadita y no queda más remedio que abrir las puertas de la mañana al silencio sólo herido por lo golpes del viejo artesano.
Don Evaristo talla, lastima, saca pedazos de madera con su martillo y su cincel y no me concede otro remedio que la enfermedad de entregarse a la reflexión, el encuentro con mí mismo y el ejército de banalidades que me constituye. El viejo me rescatará a tiempo:
- Es una buena madera, m’hijito; tarda mucho en estar lista.
Por eso, cuando don Evaristo golpea la madera con su formón, el instante se presenta como síntesis de los últimos doscientos años de este país hermoso como la madera, duro por fuera y dulce por dentro como la chaucha de la algarroba. Doscientos años demoró el mundo para ofrecerme esta fuente, yo no tendría por qué ser merecedor de este tesoro.
El viejo no tiene apuro y yo tampoco.
Y es que, cuando uno llega a viejo, como él, como yo, tiende a apurarse menos, a mirar mejor, a demorarse, a buscar entre las faldas del día una ocasión, al menos una, para que ese día se torne inolvidable.
Este divino viejo, campo adentro de San Juan, ya le ha dado sentido a mi jornada.
- Yo hacía estribos de madera para los caballos. Venían de lejos a comprarlos…
El tiempo, sus desarrollos, los turistas de la aventura y la falta de jinetes llevaron al viejo a aflojar con la talla de estribos y a condescender con fuentes, bandejas y tiernos arreglos florales hechos con duros quiscos del monte.
Muere abril
Ahora que muere abril en esta neutra pantalla de computadora, vale preguntarse qué es, en definitiva, esta danza en cámara lenta que llamamos vejez y por qué la acompaña un desprestigio tan certero como falaz.
Vale preguntarse y otra vez dejar las cosas en manos del silencio y mirar hacia los costados para hacer el inventario de nuestros crímenes.
Mientras el loco mundo se da vuelta como el guante de un traidor, astillas rojas de algarrobo se vuelven los golpes de las manos de don Evaristo, que sigue en lo suyo, como un dios que se hace hombre para que los hombres lo quieran.
La fuente que me entrega el artesano de lo imposible será mi evangelio personal, por los siglos que me resten, a partir de este abril.