Según el Génesis, toda la humanidad desciende de una sola pareja primordial (Adán y Eva) que fue expulsada del Edén y privada de sus dones preternaturales (inmortalidad, exención del sufrimiento, etc.) por haber ofendido a Dios. Y el Apóstol San Pablo especuló que esta desgracia fue tan grande que necesariamente acarreó un debilitamiento en las facultades superiores (voluntad, inteligencia, conciencia) de aquella pareja. Debilidad que, por cierto, estaba condenada a transmitir genéticamente a su descendencia.
Es decir, a todas las personas que han existido, existen y existirán. Así pretendía explicar por qué en el mundo reinen por doquier las pasiones, el egoísmo, el error y el sufrimiento. Acaba de nacer el concepto de “pecado original”. Pero Pablo predicaba que no todo estaba necesariamente perdido: dado que el Creador no deseaba dejar a la humanidad en el abismo donde estaba sumida por culpa de Adán y Eva, había enviado a un semidios llamado Jesús de Nazareth para salvarla del “pecado original”.
Tanto la idea de una pareja primordial fallida que transmitió genéticamente a toda la humanidad el “pecado original” como la idea de la misión de Jesús para salvarnos de aquel, no sólo son Dogmas de Fe sino también la quintaesencia del catolicismo: sin ellos, esta milenaria religión o bien no existiría o bien sería una cosa totalmente distinta a la que conocemos hoy. Pues bien: pocos saben que las implicaciones lógicas del “evolucionismo” (o visión científica de la naturaleza) tarde o temprano pueden hacer volar por los aires la confianza de la gente en ambos pilares doctrinales. No obstante, e increíblemente, la Iglesia incita con creciente entusiasmo a los creyentes para que le den crédito.
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La teoría evolucionista predice que la humanidad no desciende de una única pareja primordial (como enseña el Génesis) sino de unas cuantas, hipótesis que ha llenado de perplejidad a los teólogos que tratan de hacerla cuadrar con sus creencias religiosas: ¿debería suponerse que Adán y Eva eran una de esas tantas parejas primordiales?, o ¿debería asumirse acaso que no existieron en realidad y solamente son un símbolo bíblico para designar al conjunto de primeros humanos?
El problema es que si admitimos la primera posibilidad, paralelamente habría que admitir que el “pecado original” no fue transmitido genéticamente a toda la humanidad sino solamente a los descendientes de esa pareja puntual. Mientras que si admitimos la segunda posibilidad, paralelamente tendríamos que admitir que el “pecado original” no ingresó en la historia a través de una sola pareja sino a través de muchas. Cualquiera de las dos soluciones barajadas por los teólogos aperturistas contradicen severamente el dogma del “pecado original”. Y los dogmas son revelaciones divinas con la obligación de ser creídas literalmente. Un verdadero callejón sin salida.
Pero además de haber metido la cola para transformar las viejas certezas sobre el “pecado original” en un problema desconcertante, tengo la sensación que la teoría evolucionista es en sí misma una verdadera negación de ese concepto. Porque para el evolucionismo, aunque suene crudo, el hombre no es más que una sucesión acumulativa de cambios genéticos guiados por la necesidad de adaptarse cada vez mejor al ambiente circundante. Esto vendría a significar -palabras más, palabras menos- que sus facultades superiores son débiles no porque se “degeneraron” o “degradaron” (como enseña la Iglesia), sino porque todavía no se terminan de especializar.
Sólo para entendernos, mientras el catolicismo cree que la naturaleza humana nació perfecta y después empezó a desmejorarse, el evolucionismo afirma lo diametralmente inverso: que la naturaleza humana nació “desmejorada” y se viene perfeccionando a paso seguro desde el principio. Y a no ser que afilemos demasiado la imaginación y nos gusten mucho las piruetas retóricas, no hay entonces nada comparable al “pecado original” en la teoría evolucionista, por la muy sencilla razón que no admite la perfección primigenia de la naturaleza humana ni su degeneración ulterior.
¿A dónde quiero llegar con toda esta perorata? Si la Iglesia Católica insiste en traducir al evolucionismo sus enseñanzas sobre el origen del hombre, tarde o temprano los creyentes podrían sentirse tentados (por todo lo visto arriba) a considerar la posibilidad de que o bien el “pecado original” infectó únicamente a unas pocas personas, o bien que directamente ni siquiera irrumpió en la historia. Y una vez que dieran alguno de estos pasos, la triste realidad es que quedarían a sólo uno de empezar a preguntarse si Jesús de Nazareth no habrá descendido en el planeta equivocado para redimir a los seres equivocados. Y sin certeza en la misión redentora de Jesús de Nazareth, la existencia de la Iglesia por Él fundada tiene obviamente los días contados.
Así que no sé Ud., amigo lector, pero a mí me parece realmente suicida el empeño y creciente entusiasmo con el que las autoridades eclesiásticas se echan a los pies de la “herejía” evolucionista......y en verdad os digo, se trata de una actitud que me desconcierta a más no poder. Quien quiera oír, por favor que oiga.