El tiempo de la mujer

Ellas bailan solas, llegan en grupo a los lugares y se vuelven, las más de las veces, solas. Deciden las separaciones, y litigan. Se apropian de los hijos y los ponen como escudo. Es la venganza de la historia, la revancha, ante tamaña manipulación grosera de los hombres, y, lamentablemente, la trasformación es traumática y casi nunca civilizada. La debilidad, hoy, está en los hombres.

Es el tiempo de la mujer. El tiempo donde la fémina ha olvidado o burlado la sumisión cultural y, por entonces, ejerce el poder real. Es el tiempo de ellas, y creo, hay que dejar que hagan la experiencia. No combatir. Soy machista, ¿acaso debo mentir y hacerme el progre? no. Tal vez no soy el machista de los de antes pero ¡que vá! el machismo tiene colores primarios. Hace tiempo, muchos años, uno contemplaba con naturalidad escenas de la dominación masculina. Hoy, persisten, pero más bien como ademanes desesperados de un tiempo de oro, de un legado anacrónico.

No somos ni nuestros abuelos ni nuestros padres, somos tal vez la distorsión de aquellos. Hoy las minas increpan, y a veces, pegan; saben pegar. Y no hay un organismo que te crea. Tal vez el más patético que exista hoy es la seccional de policía. Nacidos para sospechar, especialmente de las mujeres. Pero si una naifa te putea de arriba abajo, te la morfas como un señorito. Casi como un dominado. 

La igualación entre los sexos no existe ni existirá jamás. O dominan las mujeres o dominan los hombres. Patriarcado o matriarcado. No hay medias tintas. Si hay demasiada negociación, se acaba el  amor, el cautiverio, la pasión y la locura por la posesión. Quizá por ello proliferen tantos solos y solas. Hogares unipersonales.

En las sociedades primitivas, precapitalistas, primaba el intercambio de mujeres púberes con otras comunidades afines. Dominaba el ciclo agrícola, se necesitaban trabajadores manuales para las tareas de sembrado y las mujeres cumplían el rol de la procreación. Si nacía un varón, era sinónimo de intercambio. Un trabajador directo para la siembra y la cosecha. Por lo menos así lo describen los antropólogos franceses que recorrieron Costa de Marfil para estudiar economías de autosubsistencia.

Hoy no se intercambia nada. Se presta la esposa para otras tareas, pero aclaro, la esposa “se presta” sola para otras tareas. Nadie “la” presta. ¿Estamos? Adquirió independencia: laboral, ideológica, económica y sexual. Sospecho que las nuevas generaciones profundizarán el cambio.

Ellas bailan solas, llegan en grupo a los lugares y se vuelven, las más de las veces, solas. Deciden las separaciones, y litigan. Se apropian de los hijos y los ponen como escudo. Es la venganza de la historia, la revancha, ante tamaña manipulación grosera de los hombres, y, lamentablemente, la trasformación es traumática y casi nunca civilizada.

La debilidad, hoy, está en los hombres.