Adán y Eva

¿Existieron Adán y Eva? ¿Puede la Iglesia dudar de su existencia? ¿Qué debe hacer un católico cuando la ciencia le juega en contra de sus convicciones? El padre Reale reflexiona sobre un sacerdote que dejó los hábitos por no creer en Adán y Eva. Y le pide al Arzobispado que ayude a explicar el tema.

Por si los miembros de la Iglesia Católica no estuviésemos pasando por tantos malos ratos y problemas -tanto de origen interno como externo- el Vaticano y el Obispo de Santiago del Estero se encargan de confundirnos más con sus extemporáneas y objetivamente incorrectas posiciones respecto de las afirmaciones de un sacerdote santiagueño, doctorado en ciencias bíblicas, y que acaba de solicitar la dispensa del ejercicio de su ministerio para no contradecir su conciencia.

Desde hace más de sesenta (60) años, tanto los Papas como el Magisterio de la Iglesia y los estudiosos de la Biblia son concordes en afirmar que los once (11) primeros capítulos del Génesis son “relatos muy antiguos, de tradición oral, apropiados a la cultura e idiosincrasia de aquellos tiempos destinados a trasmitir la fe en un Dios Creador de todo lo que existe y que no haya sido obra del hombre”.

Insisto: relatos destinados a trasmitir la fe.

Relatos que tiene el objetivo de decir “de dónde” procede el universo y el hombre. Relatos que no tienen la intención de explicar científicamente “como” fueron hechos el hombre y el universo, sino invitar a la fe en un Creador.

Dicho y entendido esto, el relato de la creación en el lapso de seis días, el del hombre formado a partir de un muñeco de barro, el de la mujer formada desde el costado del hombre, el de los nombres de Adán y de Eva, el del pecado original producido por comer una fruta prohibida, el de la expulsión del jardín del Edén, el de diluvio, son todas imágenes que contienen una enseñanza para motivar la fe: el universo no se hizo solo, el hombre y la mujer provienen y son imágenes de Dios, la humanidad tiene el don de la libertad y si la utiliza mal se cava su propia fosa, todo desorden moral o contra la naturaleza se vuelven en contra de la misma humanidad.

Insisto en que esta es la enseñanza de la Iglesia; esto es lo que se enseña en todos los centros católicos de formación y es lo que se nos pide a sacerdotes y catequistas que trasmitamos a los fieles.

Entonces, ¿por qué este innecesario, imprudente y perjudicial alboroto del Vaticano y de un Obispo? ¿Es que algunos no aceptan la evolución de la ciencia y de la conciencia humanas y pretenden que continuemos viviendo en una edad bastante anterior a la actual? ¿Qué fin se persigue con estas actitudes? Esperemos que no la infantilización de la fe y la vuelta (¿se había ido?) a la práctica de una inquisición con rostro más amable, pero con iguales resultados.

La fe debe moverse en el ámbito de la fe. La ciencia en el suyo.

Ya es suficiente que los católicos carguemos sobre nuestras espaldas y conciencias      -entre muchas otras- con las aberrantes muertes en la pira incendiaria de personas como Savonarola, Giordano Bruno y casi Galileo Galilei.

Si hoy la ciencia afirma que el comienzo del universo fue un ‘big bang’, que el hombre es producto de la evolución de otras especies y que esas especies pudieron producir distintos tipos de homínidos y de hombres (por lo que no hubo una única pareja originaria de nuestra humanidad actual): todo ello en nada modifica nuestra fe en el Creador en la medida que admitamos, como lo enseña el magisterio de la Iglesia,  que “el puntapié inicial” de todo ello lo dio este Padre-Madre a quien podemos designar con los nombres de Dios, Creador, Hacedor, etc.

Ha sido expuesto en diversas ocasiones: ni la fe puede impugnar a la ciencia, ni el saber científico puede argumentar en contra de la fe. Una se ubica en la interioridad de cada persona que acepta compartir un determinado ‘sentido trascendente’ de lo que nos acontece como universo y como humanidad. La otra, a través de complejas pruebas y descubrimientos, nos ayuda a ‘conocer y hacer avanzar’ (ojalá no a destruir) a nuestro mundo y a quienes lo habitamos.

Finalizo mi reflexión con tres anhelos:

- para aclarar más el panorama y para llevar tranquilidad de conciencia a los fieles católicos, sería bienvenida (y creo que necesaria) la palabra orientadora de Mons. Arancibia y/o de Mons. Buenanueva;
- ojalá que, de ahora en más, la iglesia católica no corra detrás de los acontecimientos y diga su palabra a tiempo para el bien de los fieles; sobre todo cuando esta palabra deba ser una denuncia en nombre del Evangelio y de la dignidad humana;
- que nunca más, en la iglesia católica, se escamotee la verdad de los hechos creyendo que con ello se hace un bien a los fieles. La realidad demuestra todo lo contrario.