Postales de la era Putin

 

Por Hinde Pomeraniec

Después de la caída de la Unión Soviética y la debacle económica con Boris Yeltsin, el mundo fue testigo del nacimiento de un líder ruso: Vladimir Putin.

Durante los años en que concentró el poder de su país se sucedieron toda clase de tragedias que pusieron a Rusia en el centro de las noticias: el hundimiento del submarino Kursk, las masacres del teatro de Moscú y la escuela de Beslán, los asesinatos de la periodista Anna Politkovskaya y el ex espía Alexander Litvinenko.

Fueron también los años del oscuro surgimiento de los oligarcas rusos, la multiplicación de crímenes impunes y de la guerra con Chechenia. Rusos es un viaje a las profundidades de un país que recuperó su orgullo nacional de la mano de Putin.

La periodista argentina Hinde Pomeraniec estuvo en Moscú y en Londres buscando las razones para que un ignoto espía se convirtiera en el líder carismático que Occidente mira con desconfianza.  Habló con los testigos directos, recorrió los lugares y observó cada detalle de la nueva Rusia. El resultado es una crónica apasionante y desprejuiciada, donde conviven la compasión y el temor, el drama y la farsa.

2. Concierto de miradas sobre Putin
Moscú, Londres, Buenos Aires, 2006-2008 (fragmento)

El diplomático saluda a un lado y a otro, de pie en medio de la sala principal de recepción de la embajada. Mientras habla sonríe por espasmos. Toma un canapé de salmón y al tiempo que mastica dice que es así, que a todas las mujeres rusas les gustaría tener a un hombre como Putin en casa. Que, incluso, hay una joven autora de un blog muy visitado en Rusia que escribió un poema donde señala algo parecido a lo que él cuenta. –Todas quieren un marido como él, porque el suyo es el modelo de hombre que fascina a las mujeres de mi país: fuerte, decidido, saludable. Olvidó decir abstemio.

Recuerdo vagamente a Putin respondiendo en una entrevista complaciente que la razón de su éxito con las mujeres es que practica deportes y casi no bebe, en una sociedad donde el vodka es documento de identidad, al punto de que la mitad de las muertes de hombres en edad de trabajar ocurre a causa del exceso en la bebida.

Razono: tanto el ejercicio como la abstinencia forman parte del entrenamiento de un buen espía, un profesional que debe tener control de todo y, en primer lugar, de su propia persona y discurso. Pero más allá de esos cuidados de manual, hay algo de exaltación de los atributos físicos en las fotos que lo muestran con el torso desnudo y pantalones de fajina, portando familiarmente una escopeta. O esas en las que se lo ve conduciendo una avioneta o a la cabeza de un grupo de hombres en una salida de caza.

También se percibe la necesidad de resaltar las cualidades deportivas y de liderazgo de Putin en aquellas otras que ilustran una popular colección de videos de enseñanza de judo y en las que el judogui blanco enfatiza el contraste entre sus espaldas anchas y su cabeza rubia, blanca y pequeña, como de ave. La brevedad de su figura no es obstáculo para mostrarlo como un grande, nunca.

Un rato más tarde, el diplomático sigue dando su opinión sobre el líder con argumentos que mezclan la sociología de la cultura con el lugar común más pedestre, ese que ancla la adoración a su persona a la imagen del macho, o, al menos, a la idea que los rusos tienen de un macho. Parece orgulloso el diplomático, no termino de entender si de su país o de sus mujeres. Concluyo que de Putin.

A los analistas, a algunos escritores y también a la gente común les gusta compararlo con varios zares, desde Iván el Terrible a Nicolás I. Pero no es casual que él clave la vista en Occidente cuando dice que lo suyo se parece en realidad a lo hecho por Franklin D. Roosevelt, el presidente que rescató a Estados Unidos del pozo de la Gran Depresión en la década de 1930.

Es que Vladimir Putin tiene conciencia de que su mayor legado es haber devuelto a Rusia –el país más extenso del planeta– su orgullo nacional y un lugar estratégico como potencia en el mundo, después del colapso de 1998 y la ola de sucesivas humillaciones internacionales. No le gustan las comparaciones con los gobiernos autocráticos de los zares, siente que no lo favorecen. A lo sumo, y casi en calidad de concesión histórica, cada tanto expresa su admiración por Pedro I o Catalina II, los grandes, a los que les reconoce sus esfuerzos por lo que llama «el desarrollo del Estado ruso».

Jeanne estudia historia en Moscú. Tiene 26 años, una inteligencia obstinada y un orgullo que la vuelve altiva cuando dice que, efectivamente, la mayoría de los rusos sigue viendo a Putin como al único líder nacional. «Lo ven como a un salvador, sí, pero creo que voy a desilusionarte», me advierte. «La idea del zar es algo que atrae a Occidente mucho más que a los rusos. Ustedes viven ese concepto como una atracción “a la rusa” más, en la misma categoría que el vodka, el caviar, el oso pardo o el petróleo», me provoca

Posiblemente el historiador británico Orlando Figes es uno de los extranjeros que más conoce ese espíritu social y cultural que suele llamarse el «alma rusa». Una mañana de junio de 2008, mientras daba cuenta de su desayuno de café y huevos revueltos en el Villandry de Marylebone, en Londres, un Figes recién levantado contestó algunas de mis preguntas sobre los rusos y Putin y me dio razones para explicar el inmenso apoyo popular que aún respalda ese liderazgo.

–La indiferencia y el hastío por la política tienen que ver con eso, como la falta de información creíble, ya que los medios están fuertemente controlados por el gobierno. A los rusos les gusta mucho su aparente sobriedad y eficiencia; esa imagen de orden y seguridad que Putin les da. En definitiva, por encima de todas las cosas a los rusos les gusta la idea de un gobierno fuerte.

Figes termina su café y habla de la memoria de los rusos, su gran obsesión. Según el historiador, es esa memoria la que en este caso juega a favor de Putin, porque la estabilidad económica que llegó a la par de los altos precios internacionales de los hidrocarburos es la gran luz comparada con la oscuridad de la devaluación y la hiperinflación de la década de 1990. Figes hace números.

–En el año 2000 eran 8 millones y hoy son 40 millones de personas (de una población de poco más de 140 millones) las que ganan como para tener una casa, un auto y salir de vacaciones. También son muchos los que salieron de la miseria desde la llegada de Putin al poder. Al mismo tiempo se ven inversiones en infraestructura, en salud, en educación. Y todo eso importa más que la falta de ciertas libertades y que la corrupción que, por otra parte, no es la corrupción convencional en la que los empresarios pagan coimas a las autoridades porque en el gobierno de Putin los empresarios son al mismo tiempo funcionarios y, muchas veces, son también miembros de los servicios secretos, entonces… no tienen que pagar coimas.

A veces los mitos se contradicen con énfasis. Lejos de la niebla y el eterno cielo nuboso por el que se conoce a Londres, era una mañana de sol radiante aquella en la que Misha Glenny llegó a las puertas de la catedral de St. Paul. Alto y de anteojos, vestía remera de algodón y sandalias casi hippies y su única formalidad se expresaba en un modesto maletín. Su aspecto no se asemeja al de un espía y circula por la vida sin resguardar su identidad pese a ser el autor de una aclamada investigación sobre el crimen organizado. Misha, periodista especializado en los Balcanes y autor de un libro fascinante que se llama McMafia, no anda con guardaespaldas y le gusta comer en buenos lugares. Por eso, al concertar nuestra cita se ocupó de decirme por teléfono que, además de exhibir una de las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo, la Tate Modern alberga un restaurante exquisito y tiene una de las mejores vistas de la ciudad. Y no mintió.

Ya sentados frente a mi ensalada y su sándwich de carne roja, Misha, ex corresponsal de la BBC en la ex Yugoslavia, me hablaba del rumbo que la mafia tomó luego de la caída de la Unión Soviética. Mafia, oligarcas y servicios secretos son el cóctel del poder en la Rusia de las últimas décadas, que él conoce bien.

Como Figes, reconoce que los empresarios rusos son polivalentes, ya que muchos son funcionarios públicos o pertenecen a los servicios secretos o a algún cartel criminal, o a todo eso junto. Glenny tiene una categoría para describir el sistema político encarnado por Putin, lo llama «autoritarismo de mercado».

–La estrategia de Putin es encarnar las duras tradiciones del Estado ruso con un fuerte toque de nacionalismo eslavo, aunque nada que se vaya de las manos, porque él precisa a las minorías, por varias razones. Así, Putin apela al miedo de sus compatriotas al caos, un fantasma que los castigó despiadadamente durante el período de Yeltsin, en los años noventa.

–Pero entonces no entiendo, ¿decís que él terminó con las mafias?

–No, en absoluto –se ríe–. Esto no quiere decir que Putin haya prescindido de todos los oligarcas o criminales que condujeron el Estado en esa década. Lo que ocurre es que oligarcas y criminales no controlan el Estado como lo hacían. Hoy son el Estado y Putin quienes controlan a los oligarcas y a los criminales, y lo hacen en una relación que es simbiótica en la medida en que el comportamiento de los llamados «Nuevos Rusos» esté en sintonía con la estrategia de Putin.

–¿Y qué pasa si los oligarcas no están en sintonía, como decís?

–Si esto no ocurre, esos hombres se encuentran muy pronto con graves problemas como quedar presos, tener que ir al exilio o directamente morir.

Aunque repasando la bibliografía es usual desde afuera de Rusia hallar miradas críticas sobre los «malos modos» de Putin, no toda la prensa extranjera lo ataca ni ataca a los rusos en general.

Los enormes ventanales del centenario Hotel Nacional arañaban el Kremlin y un granizado de nieve mínimo cotizaba la postal una mañana temprana de marzo de 2008. Sentado a su mesa de desayuno, pelo blanco, suéter verde inglés, estaba John Simpson, veterano periodista de la BBC y autor de varios libros, quien llegó a Moscú por primera vez en 1978 y convirtió a esa ciudad en una de sus preferidas.

Para Simpson, las críticas occidentales a Rusia no tienen razón de ser. «Son injustas», me dijo ese día en el que conversamos. Las bandejas de salmón y arenques –delicatessen bálticas que sólo se ven en semejantes cantidades en los países del este europeo– se iban vaciando durante el transcurso de la conversación en la que el mozo interrumpió un par de veces para volcar café en nuestras tazas. Simpson tenía fe, se lo escuchaba muy confiado en la calidad institucional futura de Rusia, uno de los ejes del discurso de Putin de todos estos años. «Este es un país sin tradición democrática estable, que perdió dos veces todos sus ahorros; que en quince años hizo mucho y que seguramente hará más en esa dirección», explicó Simpson, representante de esa categoría de europeos apegados a los países en desarrollo y sumamente críticos del espíritu imperial de sus gobiernos.

Lejos de la cordialidad y la confianza de Simpson, algunos analistas apelan a la ironía y a la mordacidad para caracterizar al líder ruso. El escocés Neal Ascherson es un respetado especialista en Europa del Este y gran conocedor de la historia soviética. Luego de forjar una brillante carrera universitaria en Cambridge («Fue quizás el estudiante más brillante que tuve», dijo de él Eric Hobsbawm), eligió el periodismo.

Desde su casa de Londres, refinado y amabilísimo, Ascherson aceptó darme por correo electrónico su opinión sobre los rusos de Putin: «Rusia es una reserva natural de la naturaleza humana. Preserva especies que están extinguidas en el resto del mundo: santos inmaculados, aduladores serviles, bribones, truhanes y espíritus cristalinos puros (como verá, tengo que recurrir a palabras inglesas obsoletas para describirlas). En esta reserva natural, Putin es como el guardaparque que mantenía los cercos cortados y distribuía heno para que las criaturas comieran en invierno. Y, como todos los guardianes, portaba un arma cargada para aniquilar a los canallas.»

Se respira verde en Vnúkovo, unos 30 kilómetros al sudoeste del centro de Moscú, en el barrio residencial donde vive Vladimir Sorokin; ex ilustrador y novelista, reconocido opositor al Kremlin y a quien hoy, a 18 años de la caída de la Unión Soviética, no dudan en seguir llamando «disidente». Otros fueron aún más allá al llamarlo «la pesadilla literaria de Putin». En 2005, molestos con su obra provocativa e insurgente a la que califican de pornográfica, integrantes de la agrupación Nashi («los nuestros»), una suerte de brigada juvenil putinista, arrojó cientos de ejemplares de su novela La grasa azul a un improvisado retrete a las puertas del Teatro Bolshoi, enojados porque el escritor había sido convocado como libretista de una ópera. El «ready made» involuntario y fascista de los muchachos se continuó en los tribunales, en un juicio por divulgación de pornografía que finalmente no prosperó.

Sorokin vive en una casa muy blanca, tan blanca como la camisa y el pantalón de lino que vestía el mediodía de julio en que me recibió para hablar de su novela El día del oprichnik, una obra de ficción en donde juega a los paralelos y las anticipaciones con el presente político de su país. Apenas entramos, largas filas de zapatos de ambos sexos marcan huella de esa tradición por la cual los rusos acostumbran a tener calzado para afuera y calzado para estar dentro de casa. Ya sentados a la mesa de la cocina minimalista, hablamos sobre su novela, protagonizada por los miembros de la oprichnina, la fuerza de choque y terror forjada por el zar Iván el Terrible en el siglo XVI, compuesta por fanáticos defensores del poder imperial, pero todo trasladado a un futuro utópico.

Imposible no asociar sus ideas con cierto presente. No es precisamente condescendiente la mirada de Sorokin sobre Vladimir Putin. «En Rusia, los últimos ocho años han sido un retroceso catastrófico hacia el pasado soviético. Pese a que tecnológicamente estamos en el siglo XXI, la mentalidad de nuestro poder sigue siendo soviética. Vivimos en un país de grotesco, que puede ser hasta agradable para la mirada de un escritor: siempre hay aquí algo para describir. Pero desde la posición de un ciudadano, le aseguro que no tiene nada de agradable.» Sus razonamientos son lúcidos e implacables con el poder actual.
–¿Cuál es el concepto de ciudadano que manejan los rusos? ¿Existe esa palabra en el diccionario local? –pregunté.

–Puedo hablarle todo un día de esto. Desgraciadamente, para la mayor parte de la población es una palabra sin sentido, un vacío. Porque desde el siglo XVI fue creado un Estado ruso centralizado cuya estructura tiene forma de pirámide. Después de la Revolución de Octubre, esta pirámide fue pintada de otro color, de rojo. Pero la esencia de la relación poder-pueblo no cambió. Todo el mundo sabe que en el siglo XX hubo aquí un terror masivo y que fueron exterminadas las personas que tenían su propia opinión. Los años setenta se gastaron en cultivar un rebaño y ahora ya lo tienen. Lo de hoy es la consecuencia del pasado. Rusia tuvo una chance en la década de 1990 de pasar a otro esquema de poder, a otro régimen, no piramidal. Pero desgraciadamente las fuerzas de la reacción ganaron. Y
llegaron al poder los ex funcionarios de la KGB.

Sorokin cree que hoy cualquier dirigente se siente tan poderoso como en los tiempos de la brutal oprichnina del terrible Iván. «Hoy cada funcionario se siente como oprichnik, cualquiera, aún el más insignificante», detallaba el escritor ese día caluroso y húmedo mientras aseguraba que «para los rusos la droga más poderosa es el poder.»

–Hay algo que me resulta inquietante. Siempre se ha dicho que la cultura es la gran promotora del espíritu crítico. ¿Cómo se explica entonces que un pueblo de escritores extraordinarios y lectores apasionados sea tan obediente a los resortes del poder?

La respuesta de Sorokin es un puñal clavado en la historia del pensamiento.

–Porque prácticamente no ha existido la experiencia de vida en libertad democrática. La mentalidad de esclavo fue siempre cultivada por el poder, tanto el imperial como el soviético. Y así estamos. Lo dice y pide permiso para fumar, una delicadeza inusual en este país, casi un injerto de usos y costumbres de la Europa más occidental.

De Rusos. Postales de la era Putin, de Hinde Pomeraniec. Buenos Aires, Tusquets, 2009. 204 páginas.