Los riesgos de la orfandad

Se murió el Presidente.

Tratando de no ceder a la tentación de teñir de emotividad la interpretación de los hechos, es nece-sario ajustarse a las evidencias. La primera de ellas es que Néstor Kirchner ejerció, hasta que lo en-contró la muerte, el poder detrás del trono.

Reconocer esto no implica ninguna apreciación sobre el futuro desempeño de su esposa. Aunque to-dos sabemos que no será una tarea fácil. En primer lugar por la propensión del Partido Justicialista a dirimir los vacíos de liderazgo de manera un tanto cruenta, especialmente cuando lo hace desde el gobierno. Sin ir más lejos, al propio Kirchner no le resultaba nada sencillo, en los últimos días, poner en caja a Moyano & Cía, a ciertos gobernadores o a los barones del conurbano bonaerense.

Por cierto, la tensión entre ellos no ha dejado pasar ni siquiera un prudente tiempo de espera. Des-de que Daniel Scioli lidera formalmente el Partido Justicialista, por la muerte de Kirchner, el titular de la CGT no ha dejado de vociferar –con flamante devoción cristinista– que “la Presidenta es la jefa del Movimiento”.

Otra dificultad para Cristina Fernández –la segunda en importancia, diría– es la conformación del entorno. La experiencia indica que en todos los núcleos burocráticos que rodean a un gobernante hay un eje común: el anhelo por obtener una porción personal de poder. Una visión demasiado corta que los aleja de toda proyección estratégica y aún de actuar con desinterés o grandeza. También existe el burócrata ejercitado en sobreactuar, hacia adentro y afuera, la fidelidad a sus ocasionales jefes. Ambas especies de burócrata son de difícil manejo y alteran la panorámica del mandatario. A la primera pertenece Juan Carlos Mazzón y a la segunda Aníbal Fernández.

No sería nada raro que algunos gestos “ultrakirchneristas”, que pudieron observarse durante las exequias del Presidente, tengan la impronta del entorno y no de la propia Cristina. De ser así, tanto por el protagonismo como por la estética –a cargo de Javier Grossman de la Unidad Bicentenario–, la puesta en escena del ceremonial mediático y callejero alude con fuerza a Máximo Kirchner, quien a partir de ahora intentará brillar con luz propia en el núcleo que rodea a su madre.


La juventud vuelve a ser maravillosa

El sesgo ideológico inspirado en la leyenda setentista parece tener en Máximo y en la agrupación  que lidera (“La Cámpora”, precisamente) su Quinta columna en el entorno presidencial. Se arrogan haber “ganado la calle”, mientras duró el velatorio, dotándolo de contenido militante y juvenil, según su propio entender. Con este agrupamiento, al parecer, estarían sintonizando las organizaciones so-ciales y de derechos humanos y, en general, el proto progresismo afín al Gobierno.

Dicho eje hereda de la (vieja) “nueva izquierda”, surgida a fines de la década del 60, la fascinación por la capacidad movilizadora y de lucha que supo tener el peronismo en sus años heroicos. Esta inscripción aparece esbozada en la elección de sus referencias historiográficas (Evita, el Che, Cám-pora y, en menor medida, el Perón del ‘45) y en algunas consignas y citas literarias.

Pero donde se percibe más nítidamente la intención de construir una fuerza política propia, es en el sostén simbólico del jefe político recientemente muerto, de cuyo icono pretenden apropiarse. Este relato emocional requerirá, nuevamente, de la colaboración de los medios, a fin de instalar la narra-tiva social de “la continuidad del cambio” o la “revolución inconclusa de Néstor”.

Y por lo que expresan algunos de su voceros, como Mario Wainfeld, el objetivo de los protoprogre-sistas y de “La Cámpora” parece ser el constituirse en núcleo central del “kirchnerismo auténtico”, al cual podrían adherirse otras fuerzas. Entre ellas, dice el periodista de Página 12, el Partido Justicia-lista o la CGT.


¿Hacia una guerra de identidades?

Si las dificultades que mencionamos al principio pretenden ser resueltas por Cristina acudiendo a este última opción, el tiempo para despertar de la pausa fúnebre será mucho menor.

“Con Kirchner muerto –escribe la periodista Silvia Mercado– , el peronismo vuelve con naturalidad hacia lo permanente, el poder territorial que representan los gobernadores, y ahora también los in-tendentes del conurbano, los barones que el ex presidente hizo más independientes, creyendo que así se fortalecía él mismo”.

¿Cuál puede ser el desenlace de enfrentar a “La Cámpora”, por ejemplo, con el poderoso sindicalis-mo empresarial de Hugo Moyano, tan estrechamente ligado a Julio De Vido, el administrador de la caja K? No es un secreto para nadie que Moyano no está dispuesto a resignar su condición de llave maestra del transporte, condición indispensable para el funcionamiento de un país donde el 75 por ciento del producto proviene de las exportaciones.

¿Será que nadie se ha percatado que es imposible combinar, por mucho tiempo más, las fantasías socializantes, que pueblan los blogs y las redes sociales, con las reales necesidades políticas de un gobierno de funcionarios multimillonarios, sostenido en un modelo económico extractivo exportador y donde la brecha entre ricos y pobres es mayor que nunca?

Porque el justicialismo de carne y hueso no es nada muy distinto a los 90, salvo en los recursos pro-pagandísticos y retóricos incorporados por Néstor y Cristina Kirchner. Apelaciones a un pasado qui-mérico, a escenarios simplificados y a categorías superadas por la historia (para que los nuevos ac-tores sean leídos como los viejos), al tiempo que se acumulan las ventajas para las corporaciones que lucran con los recursos de los argentinos y se mantienen intactas las armazones legales del me-nemismo (leyes de minería, hidrocarburos, entidades financieras, comercio exterior, coparticipación federal, etc.).

Farsa que alude a la tragedia y que no tardará mucho tiempo en desvanecerse –esperemos que sin demasiada violencia–, ahora que el Presidente ha muerto.