Una gran obra pública para el presente y futuro de Mendoza sería la construcción de un gigantesco dirigible, que suba tan, tan alto a cada mendocino, que le sea posible ver el testimonio irrefutable: vivimos en un desierto.
Apenas el 3% de nuestras tierras han sido históricamente apropiadas para cultivos. Justamente, es buena parte de esas invalorables hectáreas, estamos construyendo, unos tras otros, barrios privados.
¿Nos falta el agua? ¡Pero claro! Y sobran razones para que falten.
En verdad, a nadie parece importarle un pito que, un kilómetro más allá, haya un barrio entero sin agua. Las piscinas y piletas de lona se llenan, las veredas se baldean, los jacuzzi burbujean y los jardines lucen como si –en lugar de en un desierto– viviéramos en el Caribe o en una pradera del norte de Europa.
Ahora, están de moda los barrios privados. Ya saben ustedes, esos lugares en los que, cuando vas a visitar a algún amigo, los guardias te piden hasta certificado de buena conducta para ingresar. Y no lo hacen sólo porque esos vecinos hayan hecho de la respuesta al miedo o sus sensaciones, un estilo de vida.
Lo hacen también para no dejar entrar a cualquiera que resulte ajeno a su ejercicio de costumbres. Cualquiera sabe que allí adentro hacen con el agua potable lo que se les da la real gana. Y andá a controlarlos.
Hace unos días, un amigo me contó que fue –en su carácter de funcionario judicial– a realizar un embargo a un barrio privado súper “top” de Mendoza. A pesar de ir acompañado por un policía, les costó muchísimo (léase: “les costó un huevo”) ingresar. Ya adentro, ocurrió lo de siempre: que el poderoso empresario de turno que no paga la cuota alimentaria a sus hijos extramatrimoniales, se había rajado. Y todo quedó en nada.
Pues bien, si este caso es habitual, imaginemos entonces si habrá algún control con el consumo de agua.
Este que escribe también vive en un barrio privado: privado de agua potable, gas natural, cloacas, centro de salud, escuela y transporte público, entre otras cosas. Sin embargo, mi barrio –plantado en el desértico pedemonte– tiene su pozo y los vecinos usamos esa agua –y no agua potable– para regar, llenar las piletas, bañarnos, lavar la ropa, lavarnos los dientes y llenar las mochilas de los inodoros. ¿Cuánto gastamos de agua potable? Nada, nada de nada. El agua potable –que atesoramos– es usada para lo debido: beber y cocinar.
Entonces, ¿por qué no plantearnos un desarrollo sustentable en lugares apropiados y con un correspondiente pozo de agua –si hay posibilidad de tenerlo– para todos los consumos generales? ¿Por qué no avanzar con los medidores obligatorios, para empezar, para consumidores de clase media y alta, que gastan enormes cantidades?
Por otro lado, hoy por hoy, se están vendiendo futuros “barrios” privados que no tienen absolutamente ningún servicio aprobado. Y se están construyendo otros en zonas que no cuentan con el tendido general, por lo cual, llevar agua allí demandará al erario público varias decenas de millones, beneficiando a un puñado de cuidadazos con alto poder adquisitivo.
Al mismo tiempo, a metros de allí, los conozco, hay mendocinos esperando desde hace 40 años por tener agua potable. Y el acceso al agua potable es un derecho humano fundamental.
¿Cómo es posible, entonces? ¿Después nos quejamos, si no hay agua?
Una encuesta de hoy de MDZ refleja que, hasta el momento, con alrededor de 2000 votos, el 77% de los mendocinos asegura estar dispuesto a gastar un 30% menos de su consumo diario de agua.
No jodamos: la verdad es que el tema no le preocupa a nadie. Según parece, estaremos dispuestos al ahorro, luego de llenar la pileta, regar a diario nuestro jardín, llenar las bañaderas y descargar por el sumidero 25 litros de agua potable cada vez que nos echamos una meada.
Con la llegada de la primavera, siempre ocurre lo mismo: nos falta el agua y surgen las campañas para cuidarla, las crisis hídricas y las amenazas de sanciones.
Nos hace falta, quizás, un cambio cultural profundo: aceptar que vivimos donde vivimos, en un desierto. Y que así debiéramos lucir.