Por si lo teníamos arrumbado en el cajón de las cosas que poco utilizamos, el poner en presente la Batalla de la Vuelta de Obligado y todo lo que ella significó en la historia de nuestra Patria es un buen momento para recordar y reflexionar.
Los hechos de aquel 20 de noviembre de 1845 son bien conocidos. Como conocido es que, si bien finalmente no se pudo ganar aquella batalla, en los hechos significó el definitivo alejamiento de nuestro territorio de las pretensiones guerreras y conquistadoras de Inglaterra y Francia.
Sabemos que el vocablo “soberanía” incluye significativamente la potestad sobre el demarcado territorio donde habitamos los argentinos. Pero no tan sólo. Es independencia y autodeterminación política, es justicia social para todos los habitantes y es libertad en la implementación de una economía que refleje el esfuerzo de todos en beneficio de todos.
Autodeterminación y autoafirmación, constituyen realidades de cohesión social mediante las que nos reconocemos como parte de un todo entrelazado por la solidaridad y por un destino común que está en nuestras manos lograrlo o malograrlo.
La soberanía así entendida, es un “proceso” que abarca el entero andar de un pueblo, desde que se constituyó como tal y mientras exista sobre la faz de la tierra. “Es una película, no una foto”, utilizando una frase muy corriente.
Está claro que desde 1810 a la fecha, con todos los matices de avance y de retroceso, con encuentros y desencuentros -sean estos personales, culturales o comunitarios- los argentinos hemos ido tejiendo la actual realidad soberana. A todas luces, mejor a la situación dada en el período colonial. A todas luces, también, con muchas materias pendientes de realizar dentro del objetivo que denominamos “el bien común”.
Algunos apuntes para reflexionar y, posiblemente, actuar
* En nuestro mundo globalizado e interdependiente como nunca antes, toda soberanía nacional debe ser interpretada y realizada teniendo en cuenta las múltiples conexiones y lazos que nos vinculan con el resto de las naciones. Nos necesitamos mutuamente para existir, para desarrollarnos, para compartir bienes económicos, culturales, morales y científicos. Soberanía no indica aislamiento, egocentrismo, cerrazón.
- Lo dicho, en modo alguno significa que cada nación, pueblo o nacionalidad ha de renunciar a sus orígenes, a su idiosincrasia, a sus formas culturales y lingüísticas. Tampoco indica renuncia a modos de organización social y económica. No se trata de renuncias, sino de “integración”, de complementación, de intentar horizontes compartidos. Entre nosotros están los incipientes intentos de la Unasur y del Mercosur.
- Es bueno, y necesario, recordar que la “soberanía” de un país reside en el pueblo, en sus habitantes. Así lo expresa el sentimiento nacional y así reza nuestra Constitución. Somos los ciudadanos quienes ostentamos el derecho y la responsabilidad de cuidar y defender nuestro hábitat, nuestras estructuras sociales y nuestra forma de ser y de vivir. Dos consecuencias: la soberanía es una “construcción colectiva” de la que nadie debe desentenderse como tarea, reclamando interesadamente sólo sus beneficios; somos los ciudadanos quienes “transferimos y depositamos” en nuestros representantes de los poderes institucionales (ejecutivo, legislativo y judicial) nuestra propia soberanía, nuestros esfuerzos y nuestras herramientas para mantener y mejorar dicha soberanía.
- Nunca más oportuno que hoy para hacer conciencia y práctica de un hecho insoslayable, a menudo negado con nuestras acciones: tanto internamente como nación como externamente en tanto integrantes del conjunto de naciones y pueblos, todos tenemos la misma dignidad de seres humanos, todos tenemos derecho a una digna calidad de vida en todos sus aspectos, y todos somos responsables del buen andar de la madre tierra que nos cobija para lograr esa calidad de vida. En esto no caben naciones desarrolladas, naciones en desarrollo y naciones pobres. En todo caso, las naciones más “poderosas” son las que tienen mayores responsabilidades.
El presente y el porvenir de los pueblos está en el corazón y en las manos de todos, como tarea y desafío.