Soy treintona y soy "lo más"

Es una clara realidad: frente a la exaltación de la péndex de veinte, las de treinta y pico y las que tienen un pie en los cuarenta se erigen y se plantan cuales triunfantes diosas. Pase, lector, lectora... y entérese por qué la mendocina que camina hacia la cuarta década no tiene comparación.

Ser joven, asegura el diccionario, es ser una persona, animal o planta de poca edad que aún no ha alcanzado la madurez. Según el mismo diccionario la madurez es la cualidad de estar maduro y el adjetivo maduro se aplica a frutos en el estado o sazón debidos para ser recolectados o comidos. La conclusión es matemática: si ser joven es no ser maduro, ser joven es no estar en estado apto de recolección, ni listo para ser comido, ni preparado para dar frutos convenientes. De todos modos estas definiciones deben estar equivocadas, porque millones de personas -algo así como toda la civilización occidental- adhieren sin discusión a la idea de que no ser joven es ser un mutilado y que la juventud es el mejor momento de la vida, el tiempo al que todos deberían querer volver.

Yo no, gracias.

Leila Guerriero, “Diatriba contra la juventud”. Fragmento.

 

“Juventud, divino tesoro”, dijo el poeta.

Juventud… ¿Divino tesoro? Se animan a cuestionar muchas mendocinas de “treinta y pico”, o que, incluso, están con un pie en los cuarenta.

Nadie negará jamás que ser joven es maravilloso. Que los dieciocho, los veinte se viven alocadamente y son intensos. Que la diversión se presenta a raudales y que las chicas tienen todo “en su lugar” y los chicos “el” lomo. El mundo a esa edad parece un desafío y cada día es una novedad.

Es que a los dieciocho, veinte años se es un manojo de hormonas; un revuelto de primeros amores. Se pierde en cada fugaz relación “a la mujer o al hombre de tu vida” –porque cada ruptura o separación es el fin del mundo, porque no se encuentra sosiego… hasta que cinco minutos después te gusta otr@-. Se habla con los amigos para que a uno le digan qué hacer. Se leen libros de autoayuda para que a uno le digan qué hacer. Se miran programas de TV para que a uno le digan qué hacer.

Se es un animalito confundido movido por el romanticismo, el sexo, las marcas de ropa y el firme convencimiento de que todo es como en las películas –hasta se tiene la propia banda sonora-. Y -¡oh problema!- es en ese estado de efervescencia y fogosidad en el que hay que tomar decisiones trascendentes: elegir profesión, pensar en el futuro, sentirse varón, sentirse mujer.

Es una etapa de la vida. Ni más, ni menos. Pero, sin embargo, la cultura actual –bah, la porción de ella que es idólatra, inmediata, chata- la exalta como la mejor, la identifica con la felicidad y por eso cuando va quedando atrás muchos la añoran, tratan de retenerla a costa de ridículos tratamientos o se convierten en seres apagados por la melancolía.

¿Y por qué ahora vamos a hablar solo de ellas?

Porque nuestra cultura impone la idea de que, con el paso del tiempo, el varón se va poniendo “interesante”, mientras que la mujer se va poniendo “vieja”.

“¡Vieja las pelotas!”, dicen algunas. “Las treintonas somos lo más”.

Y se animan a explicarlo.

Testimonio I: La feminista

“Yo cuando tenía 20 años, era una reverenda, absoluta y completa pelotu#%$. Prejuiciosa, traumada, odiaba mi cuerpo (ahora también pero lo acepto y me mato de risa) y tenía mucho menos sentido del humor. La verdad, no me gustaría volver a tener 20 más que para terminar la facultad a tiempo. Lo demás, fue enteramente olvidable.

   Miranda, la práctica y feminista.

 

Prefiero mi visión de la vida ahora que a los veinte. Hoy me doy cuenta de que nada es tan grave, ni tan hermoso. Que te tenés que divertir con la mayoría de las cosas que te pasan, y tomar a la gente más livianamente. Aprendés que hay cosas que jamás en la vida volverías a hacer, como posponer situaciones y gustos personales por un tipo, soportar a alguien con mal carácter, padecer manipuladores sentimentales y creer que sos inmortal.

Yo empecé a tomar vino sino hielo, a priorizar muchas veces a mis amigos y a ser solidaria con las mujeres (a los veinte lo era con los varones). Empecé a sacarme ideas prejuiciosas de la cabeza, a descreer de las instituciones, a querer mi profesión, pero a odiarla al mismo tiempo... Me quedo con esta edad, definitivamente.

Testimonio II: La romántica

Empiezo por lo feo. Es cierto, hay achaques. Tengo celulitis, es más difícil adelgazar, hay arruguitas odiosas. Pero cada pequeña arruga es una sonrisa tierna, una carcajada feliz o una mueca por algún disgusto. En suma, la expresión de que vivo la vida como me gusta: con pasión, sin guardarme ningún sentimiento. 

   Charlotte, naif y romántica.

 

La vida bien vivida, experimentada, profundizada, con amarguras o no, con prisas y sin ellas, con muchos amores y desamores; suma condimento a la personalidad, le da un respiro al alma. Pesa con el peso específico de la solidez, pero tiene la capacidad de volverse peso pluma ante las cosas que no importan.

Mi personalidad se ha refinado. Hablo con una seguridad que ni imaginaba cuando tenía veintipico y también soy capaz de desdecirme o de pedir disculpas por los errores cometidos, con la misma certeza.

Confieso que a veces siento nostalgia por la juventud que se va, por aquellos años de despreocupación en los que ser atolondrada, arriesgada, descabellada eran, simplemente, atributos de la edad. Hoy me lo pienso todo un poco demasiado, y ando con esa actitud maternal insoportable con los que tienen menos años que yo. Pero me río con más frecuencia, me lo tomo todo con menos solemnidad, tengo menos miedo, me visto como se me da la gana, ya no voy por los extremos, no creo en los cuentos de hadas, soy sarcástica, ácida, dulce y amorosa.

Testimonio III: La ácida

Vamos a los bifes: a los treinta y pico ya no estás dispuesta a fingir ningún orgasmo. Cualquier hombre que quiera probar sus verdaderas cualidades en la cama, debe dirigirse inexorablemente a este público femenino. De lo contrario, vivirá años creyéndose un semental, hasta que una mina de más de treinta le diga: ¿Pero qué carajo estás haciendo, imbécil?

   Samantha: sexual y desenfadada.

 

Por otro lado, es extraño que mujeres mayores de treinta puedan producir incurables úlceras de tímpano como lo produce cualquier grupo de veinteañeras que de pronto se encuentra. Me refiero en este caso a las Piti, Titi, Coty, Pini, Mery y Yuli que, al verse, comienzan a proferir series interminables de alaridos producto de la emoción que les produce volver a encontrarse –cuando han pasado solo cinco minutos sin estar juntas-.

Estimo por otra parte que las mujeres de mi edad ya no tardan cinco horas en decidir qué ponerse, ni tampoco le queman el cerebro a sus parejas durante las mismas cinco horas diciéndoles: ¿Me queda bien?. Si. No, dale en serio te pregunto. En serio, te queda re lindo. No, sos re mentiroso. Estás re lindaaaa mi amor. No, estoy re gorda. No, seas ridícula que estás divina. Dale, decime la verdad. En serio que no, amor. ¿Por qué no sos sincero? Bueno, si, ponele que estas un poquitín mas gorda. Viste!!!! Sos un forrrooooo. Y hay pelea asegurada.

Las mujeres de más de treinta somos más mujeres. Estamos más seguras de quiénes somos, de qué queremos, de qué no queremos, somos más directas, más concretas. En síntesis, calculo que si un hombre quiere vivir con cierta paz, es conveniente que se remita a este grupo etario. Yo le aseguro que va a poder disfrutar de un domingo tranquilo con sus amigos jugando al fútbol, o viendo los partidos, sin el fundado temor de que al llegar a casa lo va a estar esperando su chica con una carta de no menos de 6 hojas, con un repaso de los 3 años de relación que llevan, y toda una serie de cuestionamientos que un hombre es incapaz de asimilar.

Verdaderas Afroditas

Por supuesto que está la de treinta y tantos que no da pie con bola porque nunca se encontró a sí misma, nunca pensó qué quería de la vida, nunca se trazó un plan a seguir. Entonces la ves emperifollada como si tuviera veinte pero con las arrugas de los treinta y pico. Y como esa vida de torbellino desgasta, te la encontrás con las patas de gallo y los "claritos" a full (porque las outlet no se hacen iluminaciones, se hacen "claritos"), con calzas que ya no les quedaban a los veinte (¡imaginate ahora!)... Seguramente se hicieron algún toque en la cara, ácido hialurónico, botox, hilos de oro o alguna otra técnica... y seguramente se les fue de las manos. Ya probaron pilates, spinning, yoga, aerobox y acquabox... todo contra el paso del tiempo. Son las pocas que dan lástima, pero no por cómo lucen, sino porque no encuentran el rumbo. Pero son las menos.

Carrie, un ícono de la mujer de treinta y pico.

 

Muchachos, sépanlo y acéptenlo: las “treintonas” son diosas y están divinas: no porque cumplen con el parámetro de belleza socialmente impuesto (o tal vez sí, quién sabe), sino porque la tienen re clara.

Es que las treintonas…

Vienen acompañadas de la consolidación económica de verdad. Pueden tener mucha o poca plata, pero saben administrarla y es de ellas. Y si le interesás no te calientan en el microondas una pizza hecha por su mami, sino que te preparan una cita con velas, camarones, tragos y comidita elaborada.

No se farrean todo en ropa, sino que le ponen guita a su casa, porque se ha convertido en un refugio luego del descontrol de los veintipicos.

Bolichean, de vez en cuando, con amigos. Es cierto: ya no se bancan la vidriera, el apretujamiento, el humo, la música al palo. Pero cuando vuelven al “bolique”... ¡Ay, cuando vuelven! De pronto, tienen dieciocho de nuevo pero con la cabeza de los treinta y pico.

En el amor son valientes. Se la bancan. Se reponen –trabajosamente, dolorosamente- al ex que las dejó y a los seis meses se casó con otra. Se animaron a convivir, se animaron a separarse, y sobrevivieron. Se dieron cuenta y rompieron con nueve o diez años de noviazgo porque no era lo que querían. O simplemente se la juegan y se animan a consolidar un matrimonio o una pareja día a día.

Se cuidan. Toman conciencia de que no son inmortales. Empieza la época de las mamografías anuales –porque el pap y la colpo la vienen haciendo desde los veintipico-. Les pega por el lado de la salud.

Van al frente. Se toman revancha por el sufrimiento estúpido que vivieron en los veintipico. Antes se pasaban todo el sábado esperando que las llamara algún nabo para salir -pero ¡ojo! sólo hasta las seis de la tarde, porque después ya te estaba llamando por descarte-... ahora se suben a los tacos y salen solas, entre amigas, y si les gusta un tipo se lo encaran y punto.

Se animan a disfrutar del sexo a full. Saben lo que le gusta y lo que no. Saben lo que quieren, cómo lo quieren y (¡muy importante!) a dónde lo quieren. Se animan a entregar (“A buen entendedor, pocas palabras”, dice el dicho). Las que tenían algún prurito, se lanzan como locas. Es decir, comparten experiencias con su pareja y se permiten explorar. ¡La imaginación al poder!

Son seguras, independientes, sensuales, seductoras, inteligentes, prácticas, divertidas y ejecutivas.

Leila Guerriero en su magistral "Diatriba contra la juventud" termina diciendo:

Gracias digamos por los años.
Por no seguir peregrinando a fiestas en las que nunca pasa nada.
Por haber aprendido que el amor es siempre un descalabro pero que no tiene que ser una tortura.
Por saber que un triste no siempre encubre a un talentoso.
Por no cargar vergüenzas, ni granos, ni complejos.
Por comprender que no son las rígidas virtudes sino los mansos defectos los que desquician el amor de algunos hombres.
Por tener el buen gusto de no creer que pueda haber algo que dure para siempre.
Por estar libre de hormonas esquizoides, pelos raros y esperanzas engañosas.
Por no tener que dar explicaciones. Por no querer pedirlas.
Por no tener quién mande.
Por ser dueña.
Por ser adulta.
Por ser libre.

Federico Croce en Twitter: @federicocroce