Debería caer una pesada lluvia de una vez por todas. Es que la dilatada transfusión de agua es un síntoma, una señal de exterminio, lento, muy lento. Y el desierto nuestro de cada día es el ADN que cuesta asumir por estos lares difuntos. Cruces de lata que se mecen con el viento, corazones baldíos que se zangolotean en el cuerpo. ¡Si se decidiera por fin el dueño abrir el grifo! saldríamos desesperados a nadar como unos locos de mierda por las calles, a competir spencerianamente, a robarle el leño al desvalido para asegurar la supervivencia. Así se sale. De las guerras, de las pestes.
¿Qué carajo se han creído mendocinos, que la cultivada modorra durará para siempre? Datos de mayor consumo de cocaína en la media nacional, aquí, en esta Noruega seca, hablan a las claras que la fiesta no está aquí, que la alegría no es una condición existencial del pago. Somos, una manga de mendocinos asustados por el zonda y los terremotos vecinos. Abúlicos, que sólo sabemos caer despatarrados como griegos en la Guerra del Peloponeso, pero sin combatir. ¡Si tuviéramos aunque sea un Pericles para identificarnos, una marcha fúnebre para la vendimia!
Nada de nada, más que para estrujar la rejilla que seca el mármol de la cocina. Salud, ministerio.
Es tan grande nuestra debilidad que no nos animamos a ser gatos y gastar las siete vidas. No. Las cuidamos como si creyésemos en la vida. Mentira, aquí no se cree en la vida. Aquí, se cree en cuidar, proteger, conservar. Jamás arriesgar. Manga de modistos culposos que copan sin sotana los gobiernos. Curas, son todos unos malditos curas. Temerosos como todo cura que no puede decir lo que siente y sabe: que dios no les habla jamás de los jamases y que en todo caso, no será a ellos a quien les hable.
Le creen más al diablo que anda abrazado con un par de travestis exquisitos, pavoneando sus culos. Mendoza, tierra de lameculos y buenos borregos. Esta provincia lo único que enseña es a cuidar cabras y hacer la veranada en los shoppings. Todo lo que sale en los diarios es mentira, todo lo que muestra la tele es verso, todo lo que dicen en la radio es apócrifo. Lo único que es cierto es lo que hablan esos locos de mierda cuando nadan tras el aguacero, compitiendo en las calles anegadas, como en la Guerra del Fuego, batallando por los leños que te demoran unos años más en la irremediable catástrofe.
Se equivocaron mal. Todos los que parecen que viven aquí, en realidad, son extranjeros. Porque los nativos tiene la mente en otro lado.