Cómo se curan las heridas psicológicas que dejó la represión

En el juicio en San Rafael por delitos de lesa humanidad se constituyó el primer equipo de asistencia psicológica. Además, se disparó un debate en torno a las opciones éticas: reclamar por una condena o volverse indiferente. Muestras de evidencias de intolerancia religiosa.

Una obligada vuelta por el centro de San Rafael basta para notar los carteles desplegados en la calle que señalan la sede universitaria donde se realiza el primer juicio oral y público contra represores. Indican que se busca justicia para cuatro presos políticos cuyo destino y paradero se ignora. Se presume que fueron asesinados y sus cuerpos enterrados en algún paraje del campo o la montaña. En los papeles que se conservan –documentos oficiales de 1976– figura claramente que estas personas que estaban a disposición de las autoridades militares y policiales fueron liberadas, pero nunca llegaron a sus casas.

El repaso de estos hechos en boca de las familias de esas víctimas más tantos otros que sobrevivieron al secuestro y la tortura, genera la sensación de que a más de 30 años de sucedidos aún hoy se sienten los efectos emocionales y traumáticos de lo que esos cuerpos y mentes debieron padecer a raíz de la dictadura militar.

Muchas de estas personas han permanecido en silencio durante años prolongados. Rosa Amaro, psicóloga y especialista en estos casos, lo explica por una sencilla razón: “Hablar es revivir con mayor intensidad el terror, el más primitivo de todos, el de quedar expuesto a una total indefensión. Se es dueño del silencio, las palabras dichas quedan en libertad, no se las puede controlar en cuanto al destino que puedan tener”.

No obstante, y justamente por ello –señala la especialista– “los testigos de los juicios que han logrado declarar experimentan un alivio inmenso: sienten que su palabra está contenida, amparada y compartida por la búsqueda en ese caso de un destino cierto: el de la Memoria, el de la Verdad, el de la Justicia”.

Precisamente para procurar esta contención se constituyó en San Rafael el primer equipo de asistencia psicológica (ver recuadro); pero no todos han tenido la misma reacción, ni creen tener algo que ver con la búsqueda de justicia para los crímenes de la dictadura. A decir verdad, la sociedad de San Rafael no estaba preparada para esto y lamentablemente, mientras el juicio oral ingresó en su etapa final, ocurrieron dos hechos de alto voltaje psicológico.

Los dos se produjeron por la noche. Primero, alguien ingresó a la casa de una testigo –Alicia Morales, militante de la Asamblea por los Derechos Humanos–, desconectó la alarma, lo revolvió todo sin dejar huellas y se llevó un sable del padre de Alicia, que era militar, y la mochila de una joven, amiga de la familia, que guardaba los apuntes que había ido tomando para la redacción de un libro sobre este juicio. “Tenemos temor, pero eso no nos va a detener”, manifestaron los integrantes de los organismos de derechos humanos, el último día de septiembre.

El segundo hecho fue que un joven de 19 años identificado como Matías Lombardi rompió los carteles que en la vereda de la facultad publicitaban una charla del Dr. Rubén Dri, filósofo, teólogo y docente que viajó a San Rafael para dar una charla sobre el rol de las iglesias. Dri fue sacerdote, uno de los referentes de la Teología de la Liberación y el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo; no sólo él fue el blanco de la agresión; también Mariano Tripiana, de la agrupación HIJOS, fue insultado.

Quien más, quien menos, piensa que el clima contestatario y violento que por momentos se respira en San Rafael se debe a la presencia de uno de los grupos católicos integristas más cerrados que existen en el país: el Instituto del Verbo Encarnado. Desde hace años este instituto tiene su bastión en la ciudad, si bien trascendió que había preocupación en el Vaticano por la forma de reclutamiento de los jóvenes que pasan a ser adoctrinados en base a una personalidad dura, sin un ápice de tolerancia ideológica, cuentan con todo el amparo del obispo de San Rafael, monseñor Taussig.

Justamente en San Rafael, una de las cosas que está saliendo a la luz es la complicidad del sacerdote Franco Revérberi; su palabra y su rostro eran habituales en los hogares porque el padre contaba con un espacio en la televisión abierta donde nunca habló por supuesto de los horrores cometidos durante la dictadura ni de su propio silencio cómplice. Según han señalado dos testigos, Revérberi ingresó al lugar donde se torturaba a los detenidos. Ya hay una compulsa penal presentada por la querella y nadie de la Iglesia ha querido hacer ninguna declaración al respecto.

Para el vocero del Arzobispado de Mendoza, el padre Marcelo de Benedectis, no es necesario salir a declarar nada puntualmente. Según él, sobre esto la Conferencia Episcopal Argentina ya dejó sentada su posición en documentos que hablan de la necesidad de “justicia, verdad y reconciliación”.

No tiene la misma idea el padre Vicente Reale, un reconocido sacerdote que suele respaldar con argumentos cada opinión que vierte en un medio de comunicación. Es cierto, señala Reale, que a veces se produce esto de que o la Iglesia no comunica bien lo que piensa o bien la gente malinterpreta lo que la Iglesia dice. El caso es que es necesaria además de una opinión, una toma de posición concretada en hechos.

Pues bien, en la precipitación de hechos ocurridos en San Rafael, la voz de la Iglesia ha sido cuanto menos confusa. Este fue el caso de cuando De Benedectis fue consultado por la relación entre el represor José Mússere y la Iglesia Católica. El ex policía era uno de los que se sentaba en el banquillo de los imputados en el juicio de San Rafael. Nunca habló ni aceptó declarar; sufrió un paro cardíaco después de tener que escuchar una serie de desgarradores testimonios de tortura sostenidos dignamente por las víctimas que lo identificaron.

Al otro día de su muerte, la sorpresa fue mayúscula porque un aviso de periódico lo saludaba como un Hermano Guardián que se había dedicado ad honorem a asistir en el Servicio Sacerdotal Nocturno. Según De Benedectis, las personas que ingresan al ámbito eclesial “no presentan certificado de buena conducta al ingresar, ni se lo pedimos”.

¿Esa es la opinión de la Iglesia? Vicente Reale aún se lo pregunta: “¿Es que una cosa es el ámbito en el que una persona desarrolla una actividad cívica cotidiana y otro totalmente diferente es el de la iglesia, lugar al que la gente entra para hacer el bien a los demás? ¿Es que, entonces, los cristianos tenemos el ‘privilegio’ de tener dos conciencias: una para lo civil y las actividades de cada día y otra para lo que hacemos dentro del ámbito eclesial? Creo que lo que nos enseñó Jesús es que la gente cristiana es y se comporta como tal dentro y fuera del templo”.

En opinión del padre Reale, hay “una línea que no sé si llamar de ocultamiento pero sí de minimización de la participación de algunos que están probadamente involucrados, como el padre Von Wernich, por ejemplo; yo lo dije en un artículo, lo reafirmo porque que para mí era y es hasta hoy una incógnita y una desagradable sorpresa que todavía no se hubiese suspendido a Von Wernich en sus funciones sacerdotales estando ya condenado... Al principio se dijo que una persona se presume inocente hasta que es condenada; después llegó la condena y fue a la cárcel y ahí está celebrando misa y sigue siendo cura, así que al final no se entiende cuál es la postura, es una contradicción muy clara”.

Para Vicente Reale, es muy importante hacer ver la importancia del juicio, es la posibilidad de que una sociedad o una persona puedan sentir “que se está haciendo todo lo posible para encontrar o reparar esto que pasó; eso representa un bálsamo; no digo que solucione el problema, porque muchas veces en la vida las cosas no tienen solución, pero una cierta ayuda sí que se puede dar, eso creo que hay que intentarlo”.

Es interesante señalar qué está pasando en San Rafael alrededor de estos temas que necesariamente atraviesan liderazgos políticos, religiosos, profesionales. En contraste con el desinterés que ha demostrado la Iglesia Católica, otras opciones religiosas, como los evangélicos, han sabido dar contención.

La familia de Mariano Tripiana es un ejemplo patente de ello. El grado de mérito que se le pueda dar a esta forma de contención psicológica o espiritual de alcance grupal siempre estará un tanto limitado, porque también hay que decir que le falta una visión clara de toda la problemática.

El pastor Víctor Doroschuck difunde su acción desde una FM y un ámbito llamado Tabernáculo “Vida y Paz”. Su idea sobre la curación o la sanación de las heridas del pasado lo lleva a ejercer cierto liderazgo espiritual y a proponer de alguna manera una vía para superarlo.
Doroschuck dice: “Nosotros no vamos a mejorar ni a empeorar la situación, pero sí en esto de ir hasta las últimas instancias, queda un mensaje a la sociedad, válido para hoy y para mañana. Si ya lo dijo claramente el presidente: no podemos dejar a los represores sin condena, a los que se sublevaron, porque primero estaremos dando una mala imagen y hay una lectura incorrecta que van a tener los niños y los jóvenes sobre lo que es justicia”.

Por lo dicho entonces, este pastor evangélico ensancha la importancia del juicio histórico que se está llevando adelante en San Rafael: “Yo creo que esto es muy bueno. Lo que está saliendo a la luz no es odio, es otra cosa. Mucha gente de San Rafael no sabía, yo incluido... Es decir, no sabíamos que existían casos tan fuertes, creíamos que la represión y las torturas no habían sucedido en este pueblo; ahora nos hemos quedado boquiabiertos, conmovidos, repitiéndonos qué increíble, cómo se vivía desde la oscuridad y la desinformación”.

Sobre el caso Revérberi, el pastor no opinó porque prefirió esperar hasta que no se concluya o se aclare el caso. No obstante acotó que “en mi impresión, cosas aún más oscuras aún no han salido a la luz. Ha habido personajes, gente relacionada y muy bien conectada que pasó desapercibida; es decir, no se los vio ligados directamente con el Ejército o con el gobierno, pero formaron parte de aquello”.

Respecto de la cantidad de complicidades civiles, tanta gente que se desconocía cómo había procedido, señalando por ejemplo, Doroschuck entiende que “no se midió en ningún momento aquello, se consideró aquello del ladrón que roba por primera vez... es decir, pensaron que nunca saldría a la luz, cuando torturaron, los que lo hacían no sospecharon que la tecnología podría hacer en un futuro, sacar eso del ocultamiento. No pensaron que tarde o temprano las cosas salen a la luz”.

Fuente: Revista Veintitrés