Si “inventar historias y contarlas a otros con tanta elocuencia como para que éstos las hagan suyas”, al peruano Mario Vargas Llosa, hoy, mañana y todos los días que le sigan, le resultarán una suerte de invento fantástico, una anécdota real que no tardará en convertir en un precioso artefacto verbal.
Porque mientras esta mañana, cuando recibió ocho minutos antes del anuncio oficial la llamada de la Academia Sueca, eligió creer que era una mala broma, áspera situación por la que ya habían pasado, hace años atrás, él y el italiano Alberto Moravia.
Porque mientras hace unas horas se emocionaba en el teléfono con la comunicación oficial de la Academia y corroboraba que su Nobel era verdad –como el que recibió Octavio Paz en 1990, el último latinoamericano premiado-, Wikipedia se distraía y anunciaba otro ganador y la página del enorme Carlos Fuentes, también permanente candidato al galardón, era salvajemente hackeada.
Porque su Nobel parece un error, una insoburdinación de la Academia Sueca frente a su propia tradición de premiaciones a escritores admirables, claro, pero que concentran sus simpatías políticas en partidos, movimientos, grupos, administraciones de izquierda. Y no es un secreto que Vargas Llosa tiene puestas sus admiraciones y militancias en el credo liberal.
Como Jorge Luis Borges, quien nunca recibió el premio debido a razones extraliterarias, es decir, políticas, el autor de Conversación en La Catedral pensaba que también sería ignorado por la Academia debido a sus ideas de derecha, las cuales quiso llevar a la práctica en 1990 cuando fue candidato a la presidencia de su país y derrotado desde el prólogo hasta la contratapa con los votos de los peruanos, que leían sus novelas pero decidieron no votarlo.
¿Qué pasó con la institución que otorga el máximo galardón de la literatura mundial? ¿Cambió sus parámetros de premiación? ¿Privilegió el espesor de una obra literaria admirable y no una filiación política? ¿Recordó el pasado comunista de Vargas Llosa?
El texto del Comité Nobel señala que Vargas Llosa fue premiado “por su cartografía de las estructuras del poder y su reflejo agudo de la resistencia del individuo, de su revuelta y de su fracaso”. Y eso es lo que ha hecho el autor de La ciudad y los perros en su vida y en su obra.
Como la de cualquier persona, su historia personal está llena de matices. Sólo que él comparte grandes momentos de la historia política y literaria de América Latina con un grupo de celebérrimos escritores: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y él son los grandes protagonistas del “boom” de la literatura latinoamericana.
Los llamados en broma y no con poca sorna por sus colegas “los cuatro jinetes del Apocalipsis”, protagonizaron en las décadas del 60 y 70 el gran estallido de nuestra literatura. Se conocieron en 1963 en Barcelona y bajo la tutela de su agente literaria, Carmen Balcells, proyectaron sus novelas a todo el mundo hispanohablante.
Además de ser conscientes de que estaban trazando los lineamientos de la nueva novela hispanoamericana, también compartían los ideales de la Revolución Cubana, a la cual apoyaron en sus inicios. Pero pronto, el dogmatismo, el fundamentalismo ideológico y los métodos represivos de Fidel, fragmentó definitivamente al grupo.
Vargas Llosa, en abierta crítica al comunismo cubano, abrazó el ideario liberal de derecha que había formado parte de su educación familiar, y se enemistó para siempre con García Márquez y Cortázar.
Como Fidel, para Vargas Llosa, que no ahorra epítetos ni disimula jamás su pensamiento, Hugo Chávez y Evo Morales son “caudillos bárbaros”. Sus afirmaciones en el terreno social y político siempre son objeto de polémicas, pero su obra narrativa y ensayística es excepcional.
“La ficción, esa otra realidad inventada por el ser humano a partir de su experiencia de lo vivido y amasada con la levadura de sus deseos insatisfechos y su imaginación, nos acompaña como nuestro ángel de la guarda desde que allá, en las profundidades de la prehistoria, iniciamos el zigzagueante camino que, al cabo de milenios, nos llevaría a viajar a las estrellas, a dominar el átomo y a prodigiosas conquistas en el dominio del conocimiento y la brutalidad destructiva, a descubrir los derechos humanos, la libertad, a crear al individuo soberano”, escribe en su ensayo Viaje a la ficción.
Y agrega que “no es impropio decir que sin la ficción la libertad no existiría (…). Soñar vidas distintas a la que tenemos es una manera díscola de comportarse, una manera simbólica de mostrar insatisfacción con lo que somos y hacemos y, por lo mismo, significa introducir en nuestra existencia dos elementos sediciosos: el desasosiego y la ilusión”.
De la compleja confluencia de estos elementos, como los llama Vargas Llosa, nace la literatura, la gran literatura de la cual su obra da cuenta con creces tentado siempre por lo imposibilidad de escribirlo todo.
Por eso, desde hoy, al flamante Nobel de Literatura, las anécdotas se le multiplicarán en la realidad real y en la realidad ficticia de la literatura que, en manos del “escribidor”, pronto tomarán forma de novela, de ensayo o de artículo periodístico persiguiendo el afán secreto de explicar la “ficción” de su premio.
Patricia Rodón