Parece una obviedad, pero hay que afirmarla: el dinero, en sí mismo, carece de valor.
El dinero es un medio de intercambio, uno que cambió la historia de la humanidad, pero un medio, al fin, para conseguir otra cosa: un kilo de pan, un litro de nafta o una casa.
Ahí debiera terminar la cosa, no obstante, no es así: por ejemplo, uno puede entregar dinero y, a cambio, recibir más dinero, vía herramientas de especulación financiera. El dinero deja entonces de convertirse en un medio para ser un fin, el fin del llamado sistema financiero.
¿Tendría razón de ser ese sistema en un esquema de economía con impronta social? Pues, no. La economía, tal como la conocemos, es un golpe bajo al concepto de trabajo y así será mientras siga ocurriendo que los que mas ganan sean unos poquitos (ganando muchísimo) y los que menos ganan sean casi todos (ganando poquito). Hay que plantearse, entonces, nuevamente, el concepto del capitalismo y ver de qué manera lo adecuamos a los tiempos que corren.
Comentaba al respecto el empresario Fernando Barbera –dueño de La Marchigiana y constante promotor de valores sociales– que anda por ahí un libro, que confieso no haber leído: “El futuro del dinero”, de Bernard Lietaer. La obra se plantea, entre muchas, algunas cuestiones interesantes: ¿por qué cada vez tenemos menos tiempo y dinero?, ¿por qué hay gente obsesionada con tener dinero?, ¿por qué está aumentando la turbulencia monetaria mundial? y ¿por qué escasea el trabajo productivo?
Seguramente, hay otra manera de entender la economía, más allá de falacias como la teoría del derrame, los mercados autorregulados sin la intervención del Estado o que las crisis económicas son intrínsecas al sistema y no una falla de un sistema que se corrompe.
No es afán de esta nota hacer caer los bancos y mesas de dinero del mundo, al estilo de la estupenda película “El club de la pelea”. La mayoría de nosotros no tenemos otra salida que ser parte de él hasta nuevo aviso. Sin embargo, otra economía es posible. Y lograrla tal vez nos lleve siglos, tantos quizás como cambiar el concepto actual, en el que aquel que no tiene dinero, no entra a la fiesta.
La economía que no incluye no sirve. La economía que no promueve valores y no genera dignidad y calidad de vida, no sirve.
La hicieron entre todos
Estamos en “El Arca”, una organización de pequeños productores y consumidores que labora para ese “otro” concepto de economía. En la cocina, aunque no en tiempo presente, vemos a María Teresa Barbera y su hijo, Fernando, propietarios de La Marchigiana, revolviendo tucos en una enorme olla, una olla verdaderamente popular.
En el salón de “El Arca”, hay cientos de personas festejando el inicio de un nuevo ciclo productivo y también que otra economía es posible.
- Hay que empezar a creer en una nueva economía para poder hacerla, soltaba el Tano Barbera.
Junto a su madre, la célebre y querida María Teresa (foto) desde hace años ya, han decido salirse del habitual perfil de empresario exitoso en Mendoza y colaborar directamente con “El Arca” y sus proyectos sociales y productivos.
De hecho, ahí los tenemos preparando lasagna en la cocina de la organización civil. Es el día de la presentación de una salsa gourmet que engalana los platos de sus prestigiosos restaurantes.
Participan de la exquisitez de esa salsa desde el productor de plantines, el agricultor, el contratista y el cosechador, hasta el asesor profesional, el transportista, el productor de conservas y los dueños del restaurante. La hicieron entre todos. De esto se trata, amigos.
Mendoza sería distinta si tuviera más empresarios involucrados con la sociedad que los ha vuelto ricos.
Oportunidad de negocio
Pablo Ordoñez es un infatigable promotor social, una de esas personas indispensables que pocas veces salen en los medios, pero que hacen muchísimo por Mendoza. El es una de las caras visibles de “El Arca” y ahora nos acerca una nueva campaña.
Se trata de darle otro valor al dinero, tal como planteamos en la introducción de la nota. ¿Cómo? Invirtiendo $130 y, a los seis meses, recibiendo esa misma plata, más tres frascos de salsa de tomate puro. Parece una simple adquisición apropiada de salsa, pero no es sólo esto.
“Perseguimos dos objetivos: juntar capital de trabajo para que pequeños productores inicien la cadena de producción y también vincular personas a un sistema de finanzas solidario fundado en el trabajo. Lo que en el banco son intereses (en un plazo fijo a seis meses, alrededor de $5 de ganancia), aquí son tres frascos de salsa”, inicia Pablo.
Por supuesto, si uno va al comercio con $5, con suerte apenas comprará un frasco: “pero no es sólo eso –sigue Pablo– es convertirse en la figura del inversor para promover el trabajo. En vez de poner la plata en un banco o de guardártela para que se la coma la inflación, generás trabajo y al final ganás vos y muchos pequeños productores”.
Así, la intención efectiva de todos es generar trabajo, incluir gente en el sistema, promover la solidaridad y el vínculo entre las personas. ¿Esto te parece bien? Bueno, entonces, comunicate con “El Arca” y convertite en lo que ellos llaman un Socio Inversol, poniendo 130 o 260 pesos (hay una cuenta disponible en el Banco Credicoop), y luego obteniendo tu ganancia.
“El Arca”: teléfono 4374384, mail info@elarcamendoza.com.ar. Ante cualquier duda o confirmación, podés dirigirte a Alejandra Acevedo, alejacevedo@yahoo.com.ar, teléfono 0261-4178755.
Soñadores
Para los que construyen “El Arca”, la idea crecerá “si muchos jugamos nuestros vínculos de confianza y contagiamos a otros”.
Y concluyen: “Si en conjuntos todos apostamos al trabajo genuino y al consumo conciente y responsable, otro mundo será posible”.
Podremos decir, a la manera de Lennon, que son unos soñadores, pero no son los únicos. Las puertas de “El Arca” están abiertas y tuya es la decisión de subirte o mirarlo zarpar hacia un destino, sin dudas, mejor que éste.