¿Por qué somos periodistas? ¿Por qué elegimos salir al ruido, al silencio, a la mugre, otra vez… para qué? ¿Por qué verle el rostro cínico y duro a este mundo? ¿Por qué develar la miseria y arriesgar la inocencia? Se me ocurre que buscamos desesperadamente la cara dulce de la humanidad.
¿Por qué nos importan las tramas? ¿Por qué nos hacemos preguntas que muchas veces nos dejan en ascuas, o nos llevan a otras preguntas y se arma ese laberinto al mejor estilo borgeano que nos vuelve a la casilla de salida? O tal vez recibimos respuestas como muros, como flechas, como fuego o como hielo. Y ante eso, ¿Por qué llevamos ojos y oídos atentos, que duermen poco y se abren mucho? ¿Por qué esta escritura nos pide tanto cuerpo, tanto sueño, tanta sangre? Y nos ponemos furiosos, alegres, tristes, enamorados, y usamos la boca y las palabras para tratar de contar algo.
A modo de ejemplo: “Estatales rechazaron la oferta oficial y Jaque pidió que no tomen de rehén a la gente”. Y decimos que “Oyarbide afirmó que tiene elementos en la causa por las escuchas ilegales” o que “Hay una nueva Ley de Medios de la democracia”
¿Por qué hablamos? ¿Por qué escribimos? ¿Por qué? Escribimos o hablamos porque no nos dejan en paz ni nos dan tregua la tinta, ni los dedos, ni la piel de estos dedos, que sienten y a veces lloran sin parar y a veces gritan de satisfacción. Y siempre esta “el otro”, el que no es “yo”, enfrente y nos miramos. Y a eso, tal vez, nos lleva y nos dejamos llevar. ¿Por qué hablamos frente a un micrófono? ¿Qué tiene ese sagrado artefacto que nos trastoca, nos delata, nos enmudece?
¿Para qué hablamos? ¿Para quién? Tal vez buscamos encuentros continuamente. Y la forma que nos nace es la pluma y la voz. No nos escapamos, no podemos. Ya no podemos.
No son tiempos fáciles para el periodismo.
A veces me pregunto, si algún día gozaremos del desprestigio que sufren algunos de la clase política. Si la ciudadanía podrá juzgarnos o creernos. U odiarnos hasta el hartazgo.
Cuando leo a Castro o Lanata no puedo creer que otrora los haya admirado. ¿Qué pasó con ellos? ¿O qué pasó conmigo? Me duele que los reyes de la comunicación hayan sido atacados por desvaríos de la no lucidez, de la transa, de la estupidez, de la incomprensión. Las máscaras se caen, los sueldos se revelan. Porque todos sabemos que lo que no es genuino, no se puede mantener en el tiempo.
No son tiempos fáciles para el periodismo.
Tenemos este aliciente: no estamos solos ni somos los únicos. Somos hijos de cientos y cientos de experiencias anteriores que idearon una manera distinta de comunicar, donde la construcción colectiva prime por sobre la individual. Somos hermanos de muchísimos que sienten de manera similar lo que pasa en este mundo, y por eso buscan medios que, al menos, pretendan cronificar esas realidades.
Con cientos de desaciertos, errores, contradicciones pero con mucho empeño, compromiso y ofreciendo lo mejor de sí, estamos haciendo posible uno de nuestros sueños: construir una herramienta comunicacional, al servicio de muchas causas que creemos justas. No es poca cosa tener toda la libertad que nuestras conciencias nos otorgan. No es poca cosa. Nos emociona hasta las lágrimas y nos da placer trabajar de periodistas, en estos tiempos donde el placer y el trabajo caminan por veredas opuestas.
Somos periodistas porque queremos narrar “lo que sucede”. Contarle a otra gente, otros individuos lo que pasa aquí o allá. Y seguimos preguntándonos los porqués. Obviamente que seleccionamos dar cuenta de un hecho en detrimento de otro. Sería imposible e inabarcable escribir sobre todo lo que sucede. Uno va eligiendo –por múltiples y diversos motivos- determinado hecho y descartando otros. Todo medio, alternativo o no, está obligado a esa valoración, a ese ejercicio.
La diferencia entre uno y otro está en quiénes se hacen cargo y quiénes no. Jaque al Rey –nosotros mismos como individuos- escribimos desde un lugar. A veces más preciso, otras, más difuso, pero sin lugar a dudas, elegimos hablar haciéndonos cargo de nuestras ideas, nuestros deseos, nuestras aspiraciones, odios, decepciones, dolores y sueños.
Eso es la bendita subjetividad que los medios comerciales dicen no tener. Todo el mundo habla, escribe, trabaja y se relaciona con los demás desde “un lugar”, conformado por sus saberes, sus ignorancias, sus creencias, sus anhelos, su ideología. Celebramos con quienes reconocen ese condicionamiento y ese condicionante y se reconocen subjetivos -pero rigurosos con la información -y no con aquellos que se definen objetivos, para hacernos pasar por tristes objetos.
Elegir hacer el periodismo de esta manera tiene, sin dudas, un costo detrás. Pero hacerlo de otra –a no dudarlo- también. Mucho de lo que elegimos contar nos duele, nos desgarra, nos afecta.
A modo de ejemplo decimos: “Ada Morales, la madre de la joven catamarqueña violada y asesinada pidió que Guillermo Luque no salga en libertad condicional” o con “esa” sensación leemos con voz alta y noticiosa: “Murió Néstor Kirchner”.
La información no es una mercancía. No nos pertenece. Está ahí, para quien quiera verla o escucharla. Hacemos periodismo tomando partido, porque no podríamos escribir ni decir, de otra manera.
Y para terminar, robo las palabras de quien me figura una conclusión oportuna. La escritora y periodista brasilera Clarice Lispector decía: “Escribir es una maldición, pero una maldición que salva”. No hay mucho más para decir, ni para callar ahora…
Hacemos periodismo porque no podemos, ni queremos dejar de hacerlo.
¿Por qué somos periodistas?
La autora, reconocida periodista del medio local, reflexiona acerca del quehacer que involucra a los comunicadores sociales. Una lúcida reflexión para estos tiempos, en los que hacer periodismo es difícil, pero imprescindible.