Cuando Eduardo Tejón fue distinguido en el salón nacional y, al año siguiente (1982), obtuviera el primer premio de dibujo en el Salón de Mendoza, su tierra, no había motivos para especular con la sorpresa o el asombro: lo teníamos ya por eximio dibujante de línea sutil capaz de aventurarse a la vez sobre los planos laterales y los planos profundos, esos que convierten la aventura vagarosa en proceso creador.
A partir de esa filiación primera de nuestro pintor de la trinchera de los que contienen los desbordes del color dentro de un esquema dibujístico intelectualizado, comenzó para Eduardo tejón la dialéctica dibujo/pintura como una constante en su búsqueda de la plenitud. La muestra que ofrece hoy en Buenos Aires refleja precisamente esa palpitación: la sensorialidad del color reclamándole al artista lo suyo, y la racionalidad del esquema lineal o dato del conocimiento tratando de no ceder demasiado terreno.
No podríamos decirlo de otros pintores, pero, tratándose de Tejón, nos atreveríamos a sostener que esas dos vertientes en pugna constituyen para él motivo esencial de su pintura, el conflicto necesario que en cada artista verdadero y hondo asume sus propias caracterizaciones. Intrascendente sería sospechar o imaginar siquiera que la dialéctica línea/color o, si se prefiere, estructura/sensación ha de resolverse con el triunfo aplastante del uno sobre el otro. Hemos dicho que Tejón-pintor-dibujante es una única forma de artista y de conflicto, en la cual no sería posible la regeneración o palingenesia de una de las vertientes en detrimento de otra.
Sentados estos atributos, estas esencias personales, estos modos de vida y taller, esta muestra de su última producción nos retrata con lujo de detalles al pintor que acaba de dar un paso, sólo un paso, hacia el fabuloso orden del caos, como probando de perturbar apenas el equilibrio de su pintura. Sobre una base de gouache, con pasteles, algo de collage, muy poco de acrílico, arremete sobre las formas dibujadas, en unos casos, o deja que la línea arremeta sobre el plano de color, en otros, pero sin desnaturalizar las respectivas identidades. Lucen así, junto a los esquemas nítidos, las formas espontáneas, los chorreados, la yuxtaposición conflictiva y detonante.
Estamos, indudablemente, frente a una consistente fuerza generadora de estímulos en el espectador. Véanse los resultados como maestría de composición o eficacia imaginativa; lo cierto, es que los caminos personales que propone Eduardo Tejón a sus contemporáneos no son otros que nuestros caminos existenciales, que transitamos a ciegas sin saberlo.
Fernando Lorenzo, 1992