Las bolas llenas

Probemos, juguemos la partida en la primera mano a todo o nada. No especulemos. Tenemos todas las de perder, de chocarnos de frente contra el “muro James Dean” que espera y vive de decisiones furibundas.

Tenemos las bolas llenas por muchos motivos. Todos, en algún momento, tenemos las bolas llenas. Y no son exclusivamente los políticos, ni los delincuentes, ni mucho menos los medios de comunicación los que nos llenan las bolas full time. En todo caso, desplazamos la calentura hacia ellos en foros de internet, en diarios on line, en charlas de café. Las bolas llenas se colman con minucias cotidianas también (del más bajo rango en importancia o jerarquía) con lo cual resultan fundamentales; entonces, habría que invertir la pirámide y poner ese piquito infame que soporte de una buena vez el peso de la base. Ustedes sabrán, si se toman ese atronador “minuto de silencio”. Son las cuestiones de ese target las que efectivamente llenan las bolas. Gestos, practicas, relaciones, hábitos; en fin: el hastío de la vida en “el desierto de lo real” (Slavoj Zizek dixit).

Las bolas llenas se embuten durante el año de estupideces elementales y suficientes para cagarte el ánimo de a poco y por goteo. Es cultural el tema. Las bolas llenas no drenan fácilmente. Hay que esperar el fin de año para empezar el vaciado, de golpe, y sin asco; y quedar exhaustos por desaguar bolas llenas de sopetón en las fiestas y en las vacaciones, para imaginar luego, una aventura nueva. Pero las bolas traicionan reiteradamente y, al promediar el segundo o tercer mes del año, emprenden su lento y renovado trabajo de carga. Y uno cree que nace de nuevo cada inicio de año con las bolas vacías, drenadas.

No, no hay tiempo. Por goteo, a principios de febrero las bolas desinfladas toman forma de bolas y ya refugian los primeros quilombos. Entonces empezamos el año con la idea ingenua que éste, será mejor que el anterior, que no caeremos en la tentación ni en los mismos errores. Producidos por una macula, precedidos por una obturación, somos irreparables, incorregibles. Tal vez, la mejor forma de evitar caer en la tentación es caer en la misma sin más, dijo alguna vez Oscar Wilde. Así de directo. Ir a resolver el deseo sin rodeos, y ya. Deberíamos entonces caer en la tentación de frente manteca, de entrada, al comienzo de la partida. Falta envido y truco sin mirar las cartas en la primera mano. Veamos que viene pues.

Probemos. Derrochemos la partida en la primera mano, a todo o nada. No especulemos. Tenemos todas las de perder, de chocarnos de frente contra el “muro James Dean” que espera y vive de decisiones furibundas. Entonces, llenemos las bolas de golpe en febrero, y, si sobrevivimos, salgamos livianos a recorrer la catástrofe. Como cuando nos levantamos con unos verdes y vamos al baño a evacuar, y nos levantamos del trono, y sentimos que la vida tiene otro peso específico. Física pura.