Guerrillero perdido

Hay viejas que hablan con las plantas y viejas que hablan con los animales. Con el malvón y el limonero, con la “kuky” o con el “jacky”. Es ya una tradición popular hablarle a las plantas o a los bichos de la casa.

Hay viejas que hablan con las plantas y viejas que hablan con los animales. Con el malvón y el limonero, con la “kuky” o con el “jacky”. Es ya una tradición popular hablarle a las plantas o a los bichos de la casa. Y está bien. Una de las formas de la soledad es hacerle arrumacos al gato y contarle la jornada, falseando la voz, como si el gato entendiera más, o ese fuese su dialecto. “¿Sabe mishi, que la mamá va a sherle hoy una lechona pa usté solito y le va a calentá una carneshita?”

Es así, el dialecto de los gatos. Muy parecido al de los perros, aunque sufre variaciones cuando de partenaire, hace una planta. Y ellos entienden, o parece que entendieran. Mas bien, sospechando del carácter de los gatos, diría -no sin riesgo a errar el tiro- que simulan entender. Pero dejemos esa discusión para otro momento. O en todo caso que se debata en el Congreso, ahora que está de moda nombrarlo o usarlo, de forro, en el discurso. Forros del discurso y discurso para forros, da igual.

En fin, hablamos con las plantas y con los gatos y perros; y es lo que cuenta. Pero esos monólogos nunca registrados por la “gran literatura” y, mucho menos, por la pretendida “vanguardia” de escritores o poetas nihilistas, se pierden en mañanas de otoño entre las hojas que revolea el viento. En tardes soleadas con zonda, achicharran o crujen; y desperdigados ya, vendrá la escoba viajera a rejuntar las migajas de una lengua descartable. Mañana, sí, mañana, será otro día. Mañana, es hoy.

No obstante tal tradición, he visto en Chile a un tipo -cuando ensayaba caminatas por la playa a primera mañana; hablar y discutir acaloradamente con un grupo de gaviotas. De lejos, el tipo parecía estar hablándole a las olas, como si mandara mensajes despechados a un amor irredento tras el océano. Tal vez el tipo dedique sus mañanas a ello, y, la excusa, sean las gaviotas; más bien la presencia de esas aves, a quienes explique su desazón o infortunio. Un poeta en “estado puro”, en trance, que desprecia los emails o el facebook, y confía más en el devenir de la bruma marítima, en los ecos y golpeteos, en los cachetazos de las olas que arrastran botellas de plástico que luego transbordan mensajes en el viento. Una especie de “danza mosh” con las palabras y sonidos, siempre llegan a la otra orilla en el próximo verano.

Pensé en ello y en los efectos del lenguaje, pero sobre todo en el tiempo que puede demorar el efecto del lenguaje en un mundo mediatizado por formas instantáneas de comunicación. Y juzgué a ese tipo que hablaba con las gaviotas, como un guerrillero perdido o un pirata triste, que resiste con su talante a la avanzada irrefrenable de la tecnología que se empeña por acercarnos al instante. A mayor soledad, mayor desarrollo tecno para aproximarnos. O mejor, el constante parir de tecnologías de comunicación que nos mantiene en contacto baño a baño, recrea nuevas y extrañas formas de soledad. Soledad comunicativa, soledad histérica que no se sabe solitaria. Es como un remedio que enferma y no permite el disfrute de la soledad en su pureza. Se me ocurre: la soledad pura es la que te hace pensar un par de cosas.