Pasión de Cristo, pasión del pueblo

En aquel tiempo se convocó a una reunión urgente de los más poderosos de la tierra, en la que sobrevolaba la pregunta: ¿Qué hacemos? Esta crisis está difícil de detener. Si no hacemos nada se irán a quiebra muchas empresas, y lo peor, se perderán nuestras acciones. Nuestro sistema de mercado, se destruirá, cosa que no podemos permitir.

De pronto, uno de los grandes magnates que se encontraba reunido, dijo claramente:

“Ustedes no entienden nada. ¿No les parece preferible que mueran algunos cuantos millones más de habitantes que sobran, antes que perezca nuestro sistema entero? Hagamos que la crisis la paguen los pueblos, con su desocupación, con su indigencia, con su hambre, y así­ salvaremos nuestros capitales”.

Ese hombre no dijo eso por si­ mismo, sino que estaba profetizando que, en efecto, la crisis mundial del capitalismo, debía ser pagada por la humanidad más pobre; total, si algo les pasaba, en última instancia, había ya demasiada gente en el planeta. En todo caso, que faltaran algunos cuantos, lejos de ser un mal, serí­a un cierto equilibrio natural.

A partir de ese día, resolvieron que, de diferentes maneras, debían cargar el costo de la crisis, sobre los más pobres de la tierra. (cfr. Evangelio de Juan 11,45-53)

Entonces, se desató un gran flagelo sobre los pueblos. Las empresas de luz y gas incrementaron sus tarifas a la vez que redujeron el suministro. Los otros servicios        -supuestamente públicos- lentamente fueron haciendo ajuste tras ajuste. Los alimentos comenzaron a escasear a raí­z de un programado desabastecimiento generado por ciertos sectores de poder. Hubo cierre de fuentes de trabajo con sus consiguientes despidos masivos. Aparecieron otra vez las tí­picas enfermedades de la pobreza  y, para colmo, buena parte de la atención de salud pública y privada se comenzó a ver interrumpida por falta de recursos.

Además de esto, los medios de comunicación envolvieron al pueblo con un manto de burla y frivolidad, para entretener y distraer a la gente con sus habituales temas.

Cobraron mucho mayor protagonismo los programas de chimentos y las peleas mediáticas de los famosos y sus sueldos; el siempre fiel fútbol-negocio dijo presente para llenar horas y horas de pantalla; mientras las aventuras de las fuerzas de seguridad en acción, mostraban una y otra vez lo que no merece ser mostrado.

Con formas como estas, los poderosos de turno abofetearon otra vez al pueblo, que golpeado por la crisis que no habí­a causado, debía hacerse cargo, además, de sus terribles consecuencias.

Y no sólo eso, la opinión pública de alta y media clase, influenciada por los medios y sus resortes de poder, antes que pedir la liberación del pueblo y sus sufrimientos, ganó las calles para clamar: “¡Basta de inseguridad!, ¡cárcel y castigo!, ¡mano dura a los pobres y a los menores, los principales causantes de la crisis de inseguridad!” (cfr. Evangelio de Juan 19,1-16)

El pueblo, cargando la cruz a cuestas, la del desamparo y el olvido, se dirigió a su Calvario: el de la pobreza estructural, la exclusión sistemática y el hambre planificado; todo eso que lentamente aniquilan el futuro, las ilusiones, y la vida misma.

En el lugar de la crucifixión había un cartel grande escrito en inglés, francés, alemán, italiano, español y chino, que decía: “Necesitamos otro capitalismo”.

Algunos que pasaban por el lugar, al ver al pueblo crucificado, hasta se burlaban diciendo:

“¿Dónde están ahora esos que creían en la revolución? ¿Todaví­a tienen cara para seguir usando esas palabras soeces como utopía, transformación del mundo, sociedad de iguales, que lo único que hacían era llenar la cabeza de la gente para que haga cualquier cosa, menos trabajar?

Al mismo tiempo, los noticieros transmití­an ininterrumpidamente los hechos, pero intercalando con algunas propagandas de nuevos y necesarios objetos de consumo.

Lo poco que quedaba de las pertenencias del pueblo había sido despojado, sorteado y repartido en casas de caridad administrada por gente piadosa.

A todo esto, los ya acostumbrados cambios climáticos del planeta, hicieron que inusualmente para esa época del año se produjera un alerta meteorológico, con la posibilidad de abundantes precipitaciones, vientos fuertes y eventual caída de granizo.

A un costado de la cruz, inconmovibles y fuertes, estaban las madres, las que no se habí­an doblegado, las que luchaban y resistí­an junto a sus hijos, las madres del pueblo y de la plaza.

Después, cuando prácticamente ya habí­a sucedido todo lo que tenía que suceder, es decir, todo lo que coherentemente se habí­a planificado, el pueblo, con su pobre, sufrida, pero inconfundible voz, dijo: “¡Todo se ha cumplido!”, e inclinando la cabeza, entregó su espí­ritu. (cfr. Evangelio de Juan 19,17-30)