¿Cómo no vas a desear la mujer de tu prójimo?

Tenemos incorporado a fuego en el inconsciente el noveno mandamiento. Cristianos, musulmanes, judíos y ateos en un país católico. Es una de las reglas de prohibición cultural más fuerte. Casi ni se habla de ella en tono de cuestionamiento. Solo el humor se le anima. Cuando el código ético se va al carajo y la culpa impide la reflexión.

“Las relaciones de pareja ya no son las mismas. Ninguna mujer acepta ser de nadie. Tal vez lo único que hay que agradecerle a su mandamiento es que, a lo largo de los siglos, nada a hecho tan deseable a las mujeres como que se supusiera que eran de alguien. Es igual que la hierba del campo vecino que creemos más verde: la mujer del prójimo siempre parece especialmente encantadora, porque es inaccesible o se nos niega”. (Fernando Savater)

El noveno mandamiento cristiano es muy claro señores. A no confundir: “no desearás a la mujer de tu prójimo” reza la prohibición. Si lo interpretamos literalmente, “no desearás”, no significa “no te la cojerás”. Por ello muchos cristianos siguen al pie de la letra el mandamiento, y aprovechan la omisión: se cojen a la mujer del prójimo (en algunas capas sociales el swinger está muy de moda). Dejan el “deseo imaginario” a un lado y van por la “resolución real del deseo”. Sinó preguntále a Eduardo Tuzzio, el ex defensor de River quien “supuestamente” fue engañado por su mujer con el lateral Horacio Ameli, amigo y compañero de su equipo, hace unos años. Habría que modificar el mandamiento, si lo que se busca es la eliminación del coito antireproductivo. El mandamiento renovado entonces, debería decir: “desearás a la mujer de tu prójimo y nunca realizarás tu deseo, no te la cojerás”. Sería más claro ¿no?

¿Cómo no vas a desear la mujer de tu prójimo, si es algo absolutamente natural a la sexualidad?, digo, desear, es parte de la estructura psíquica moldeada por la sociedad occidental, como simbolizar, atributo que pertenece únicamente a nuestra especie. El deseo es de alguna manera una simbolización, y por tanto, se desarrolla como condición humana, más allá de su resolución real. El obstáculo para realizar el deseo siempre es la regla –Lévi Strauss dixit-, la prohibición cultural, que impide la ejecución de tal deseo.

Pero veamos la prohibición al pie de la letra con un ejemplo. Imaginemos una situación bastante cotidiana: dos parejas de amigos se juntan a cenar, bien vestidos y perfumados los cuatro, comida preparada, buenos vinos y champagne de sobremesa. Cuando las mujeres se paran para ir al baño o a la cocina, o algo por el estilo, ¿qué es lo primero que hacen los tipos?: le miran el culo sin el menor pudor, delante de su prójimo, a las mujeres. Lo mismo sucede con los escotes de las chicas. El ojo se posa allí, para mirar las tetas más que a los ojos de las ninfas, cuando encaran una charla. ¡Y son las mujeres de los prójimos!.

La mujer es más sutil, mira a los ojos y no separa la vista ni pestañea, te está deseando y te lo está diciendo en su lenguaje abstracto. Luego se brinda, y cuando se hacen las tres de la matina, se saludan los cuatro, entre abrazos extendidos en el tiempo y besos en la comisura de los labios, como si no hubiera pasado nada. Es en esta escena por demás común en nuestra cultura donde circula el deseo de la mujer, o del hombre, del prójimo. El deseo se mantiene como desplazamiento, reprimido, por ser adultos. Un niño busca resolver rápidamente el deseo, no quiere convivir con el deseo. Por el contrario, los adultos debemos convivir con él, protegerlo, cultivarlo. En este caso si lo realizamos, muere el deseo y por tanto con el, el objeto del deseo. Necesitamos desear.

Alguno quedará en la almohada pensando en el otro, probablemente excitado con la pareja del otro. La realización del deseo se desplaza al coito con su propia pareja y el deseo se mantiene incólume, en el plano imaginario, y su realización se produce mediante el desplazamiento. Entonces, ¿porqué no desear la mujer de tu prójimo?. Regla represiva, prohibitiva, en fin productiva para violar la regla cultural, obsesión compulsiva y traumática. Sigamos deseando que  no pasa nada. Y si pasa, por algo será.

Regla vieja si las hay, no permitirnos desear se constituye en el súmum de la castración imaginaria del pene del marido o del novio. La mujer, en la regla represiva, aparece como propiedad del macho, poseída tras las nupcias como también antes, en el noviazgo, por el varón-novio. En fin, el mandamiento debería expresar que las mujeres tampoco deseen al hombre de su prójima, como ocurre en el caso del varón con la mujer del prójimo. Regla machista, toma a la mujer como objeto de posesión.

La violación de la regla se produce siempre entre dos. No obstante, la culpa cristiana juega con un doble juego: a la vez que condena al hombre por violar la regla, lo exculpa por una supuesta compulsión natural a su condición animal. La tríada hombre-animal-deseo, en síntesis, es propensa a ser redimida. Mientras, a la mujer, por el contrario, la mandan a la hoguera social, por desear. Ella no puede tener deseo. Ella vino a este mundo para proyectarse en familia con hijos, velar por su educación, y a lo sumo, desplazar “el gusto por los otros”, a la ficción de la telenovela. De allí que, chanzas populares como “el sodero”, “el plomero” o “el jardinero” hayan tenido tanta circulación y se les permita ingresar, como compensación y excomulgación, en reuniones entre amigos, luego de una cuantos porrones.

Para recordar, a propósito del deseo incontrolable, las imperdibles escenas de la peli que protagonizaron Jude Law y Natalie Portman en la película Closer (atrapados por el deseo). Un film insolente y descarnado sobre las relaciones amorosas entre parejas, del veterano director Mike Nichols. Mirá la cola del film y escuchá el soundtrack, una exquisitez: