El secreto de la montaña

Es claro que los cerros tienen sus propios códigos. Pero éstos no pueden ser contrarios al sentido común, y –mucho menos- a la ley. La muerte de Campanini revela, una vez más, la ausencia del Estado, y la desidia oficial, en los asuntos importantes de la vida local.

Foto: Gerardo Gómez /MDZ
Foto: Gerardo Gómez /MDZ

Un día, a principios de temporada, Ulises Naranjo –que conoce bien los secretos de la montaña- me dijo una frase sobre la que he reflexionado mucho este verano, sobre todo a partir de la desgracia de los italianos y el rescate fallido y muerte del guía mendocino Federico Campanini: “El Aconcagua no es un parque de diversiones…”

La sentencia conlleva toda una serie de definiciones asociadas. La principal, es que quien se atreve a desafiar el frío, los temporales y la altura; sabe a qué atenerse. Es una actividad de muchísimo riesgo, en la que se juega la vida. Pero hasta en los deportes más extremos, hay una ambulancia a mano… ¿o no?

El video de los últimos minutos de vida de Federico, conmocionante; resultó un cruel testimonio de lo que pasó. Un reflejo de lo terrible que puede ser la montaña. Y deja sospechas, claro. Muchas.

El hecho de no haber pasado jamás los 4.000 metros no inhabilita para opinar sobre cuestiones de sentido común. Por eso las preguntas, por eso la gente ingresa a foros multitudinarios de Internet para saber –por ejemplo– si fue correcto hacer que Federico se arrastrase por sus propios medios cuando probablemente tenía un edema, y el movimiento le aumentaba la presión pulmonar. Del video surgen decenas de interrogantes técnicos, éticos, de rigor profesional, que deberán ser respondidos por especialistas y por los protagonistas del caso, en el marco del “sentido común”. Y de la ley, por eso esta historia está en la Justicia.

Demasiadas cosas, parece, pasan en la montaña, que quedan allí enterradas bajo secretos de nieve. Desde que se conoció la filmación, muchos montañistas, socorristas, conocedores profundos del Aconcagua comenzaron a hablar de “códigos” y de normas un poco extrañas. “La montaña es muy sura…” dicen, y tienden a justificar la acción de los rescatistas. Sin embargo, aquello de que “lo que pasó en la montaña, en la montaña se queda”, esta vez se quebró, lo que constituye además una de las claves de la investigación. ¿Por qué uno de los integrantes de aquel equipo de rescate decidió hacer llegar el video a sus familiares? ¿Qué hay en esos escasos minutos de filmación, que debería llamar la atención de la Justicia?

No se necesita ser experto en montañismo además para entender que el Caso Campanini arroja luz sobre nuevas discusiones, debates que hasta hoy permanecían más o menos ocultos. ¿El Aconcagua es seguro? ¿El gobierno garantiza la seguridad de los andinistas? ¿Los protocolos de rescate están actualizados? ¿Cuentan los rescatistas con los medios y equipamiento necesarios? ¿Cómo se entrenan? ¿Saben de medicina? ¿Cualquiera puede subir hoy a la montaña sin más?

En el caso Campanini, además, la justicia deberá dilucidar cuestiones más concretas. Si hubo “abandono de persona”, por caso, como sostiene la familia, y si en verdad los rescatistas hicieron todo cuanto estaba a su alcance. Hay voces, aun conocedoras del Aconcagua, que afirman que había más alternativas. Otros dicen que no. Y hay un camino intermedio, que es el de aquellos que señalan la falta de equipamiento -y probablemente de preparación profesional- de la patrulla que fue a rescatar al andinista, y de la infraestructura en general para rescates. Con refugios de altura ocupados con abrigo, alimentos, oxígeno y remedios, Federico Campanini hubiese tenido más oportunidades de sobrevivir.

Algo es seguro. El guía mendocino no murió por accidente. Una serie de errores, que posiblemente lo incluyen aunque haya sido un héroe póstumo, más la falta de equipamiento y medios apropiados, que le caben al Estado; fueron determinantes en su muerte. Por eso la Justicia debe indagar hasta el último de los “códigos” del Aconcagua y develar incluso el más sensible de los secretos. También debe determinar si la estructura de salvamentos es la adecuada, o si se trata de otra de las improvisaciones habituales. Es la única forma de evitar más muertes inútiles.

Es claro que quien se le anima al Aconcagua sabe los riesgos. Allí, por lo que dicen los que saben, se coquetea seguido con la muerte. Pero es el Estado el que debe estar presente para garantizar las máximas condiciones de seguridad, aun más allá de los andinistas.

El Aconcagua, como bien dice Ulises, no es un parque de diversiones… Pero tampoco debe ser una ruleta rusa.