Si hay algo que valora la clase media (más allá de la educación) son las merecidas vacaciones de enero. Más allá del destino, “poder irse” en plan veraniego, amortigua los pesares del año, el tedio cotidiano y, en muchos casos, las inminentes separaciones de matrimonios o parejas que llegan a los botellazos al 31. Las vacaciones pueden bien parecerse a la firma de pactos por la paz en un lapso específico de tiempo; luego se verá, con el arranque del año laboral, cómo es que resultan las consecuencias de tal tratado.
Las vacaciones tal como las conocemos nacieron hace años, décadas; impulsadas por los socialistas a principios del siglo XX, pero finalmente concretadas masivamente y como política de estado a partir de los 40 por un gobierno popular que la misma clase media despreció y sigue despreciando en su juicio histórico. Vacaciones pagas. Un privilegio para algunos hoy. No obstante, aún hoy pagas, difícil está la cosa como para imaginarse uno un pedazo de enero tirado en una playa o a las márgenes de un lago.
Y la culpa de tal frustración, por supuesto, será de los piqueteros, los obreros de la CGT, los estudiantes movilizados, los gremios de la CTA, entre otros residuos sociales, quienes por presionar tanto por mejorar sus condiciones salariales ¡No hacen más que aumentar los precios! Sabemos, “los reclamos de los trabajadores mal educados desde los 40” generan inflación en este bendito país. El empresariado, el que arriesga, el mediopelo que “la juega de entrepeneur” odia los reclamos del que cobra un salario, siempre, mal parido al calor de la sobreexplotación y la flexibilización tan preciada por el propietario. Y, su conclusión, será sin más: “el país así no avanza”. ¡Un Piñeyra por aquí por favor! (claman en voz baja, por ahora, más de un supermercadista desbordado)
Mientras, la inmensa mayoría de este bendito país no se fue nunca de vacaciones. Hay generaciones que no conocen el mar de ningún país ni los lagos del sur, ni las sierras de Córdoba, mucho menos las cataratas. Es más, ¿Cuántos mendocinos conocen el sur de la provincia? Sale más caro irse a San Rafael que a Chile, casi. Al pobre, le quedan los canales y las acequias de barrio, los piletones municipales o una escuela de verano de la institución del laburo. En el mejor de los casos, un grupo de guachines se robarán unas horas a la siesta en el lago del parque, hasta que los saquen cagando los bicipolizontes.
El sol escoltará todo el santo día la cabeza del pobre, curtida ya de tantos veranos, vacacionando a no más de 2 km de su casa. Para ellos las vacaciones, literalmente, no existen. Y no se las merecen tampoco. Imagínense turbas de pobres argentinos en las playas de Zapallar o de Pinamar. Quedaría muy mal. Le haría demasiado mal a la imagen del país.
En fin, “Las vacaciones son para el que trabaja” es el lema. Justamente, quienes viven de vacaciones casi todo el año son los que no trabajan o viven del trabajo de otros. Plusvalía del tiempo libre que le dicen.
Las vacaciones frustradas de la clase media
Si hay algo que valora la clase media (más allá de la educación) son las merecidas vacaciones de enero. Más allá del destino, “poder irse” en plan veraniego, amortigua los pesares del año, el tedio cotidiano, y, en muchos casos, las inminentes separaciones de matrimonios o parejas que llegan a los botellazos al 31.