Una villa entre la inútil asistencia y la imprescindible solidaridad

¿Por qué un grupo de adolescentes toma para sí una responsabilidad que corresponde a funcionarios? ¿Por qué hay gente que quiere cambiar el mundo y otros que buscan que nadie cambie? Un asentamiento de las miserias de todos en pleno centro de Ciudad desnuda aquello que supimos conseguir para terminar viviendo en el pozo al que llamamos Mendoza.

En el mundo hay dos clases de personas: las que nacen para mirarlo y las que nacen para conquistarlo. Lo demás, todo lo demás, es puro cuento.

Las que buscan conquistarlo, a su vez, eligen correr riesgos, están más interesadas en la batalla que en la victoria y podemos dividirlas en buenas y en malas personas. No obstante, los que nacen para mirarlo son la abrumadora mayoría: los cómodos, los dignos de ser vomitados, los cobardes, los conservadores, los vagos, los grises.


Los que nacen para mirarlo, toman café y, en el mejor de los casos, se solazan considerando que todo cortejo que pasa por la calle es el de sus ilusorios enemigos. Los que nacen para conquistarlo sienten en el beso del viento en la cara, viven la vida como la cacería de la vida y descansan solamente en la contienda.

Los que nacen para mirar el mundo, viven criticándolo. Los que nacen para conquistarlo, viven haciéndolo y deshaciéndolo. De los que hacen el mundo, por supuesto, vamos a ocuparnos para que luego los otros los critiquen.

Es así: hay blancos y negros en el hocico de la vida: no obstante, la agonía del mundo es gris y carece por completo de elegancia.



A cuatro minutos del sol



Ya mismo digamos que vamos a ocuparnos de una situación que deja un regusto ambiguo, porque ninguna solución superficial para un problema de fondo lo es.

Digamos ya mismo que hablaremos de un grupo de jóvenes asistiendo eventualmente a familias indigentes. Y no tiene que ser así la cosa. Digamos ya mismo que debieran ser los gobiernos provincial y municipal quienes sintieran la responsabilidad de intervenir. Y no es así la cosa. Ya mismo digamos también que el asistencialismo eventual nunca se extiende en el tiempo y la miseria sí. Digamos también que tal tarea, seguramente, traerá más luz y alimento espiritual a los donantes que a los donados.

 


Digamos que estos chicos que conocerán, un buen día, van a cansarse de ayudar y que lo eficaz es que los funcionarios funcionen, que respondan urgidos, comprometidos y profesionales.

Unos, quieren conquistar el mundo. Otros, quieren tomar café. Así es la cosa.

Miren a estos chicos: tienen alrededor de veinte años y en lugar de andar hueveando por ahí, han elegido ayudar a un grupo de mendocinos en desgracia. Todo comenzó, ya sabrán, una mañana, con una nota que hicimos en el asentamiento Escorihuela. En ella, detallamos la alta miseria que circunda la vida de sesenta familias, en un rincón fulminado por la mugre, junto a las vías del tren.

¿Dónde? A cuatro minutos de todo: de la Peatonal, la Municipalidad de Mendoza, la Casa de Gobierno, los hoteles cinco estrellas, los hospitales, los hipermercados, los diarios digitales y tu propia heladera, armada como un Rambo gastronómico y grosero.

Ahí, a diez aceleradas de tu auto, viven 60 familias al borde de las vías y de la dignidad.





“Todo Suma”



En realidad, todo empezó cuando Lulú Pesce (26) luego de leer la nota escribió un mail y lo hizo circular entre sus amigos. Rápidamente, se le sumaron Julia Bortnik (19), Emiliana Seltzer (18), Angie Pesce (19) y Sebastián Taha (21) y entre todos formaron un grupo en Facebook llamado “Todo suma”, con el objetivo de recaudar ropa, calzado y víveres para estas familias. A los pocos días, ya había más de 500 jóvenes siendo parte de “Todo suma” y los aportes no tardaron en llegar.

Así, eligieron los sábados por la tarde para acercarse al lugar a donar decenas de bolsas cuidadosamente catalogadas. Escuchémoslos:

Julia:

“Siento que estamos vacíos y que hay que llenarnos de alguna manera. Yo no puedo creer que haya una villa con gente que la pasa tan mal y a poquitas cuadras de mi casa. Estamos cada vez más separados unos de otros”.

 

 

Sebastián:

“Es un problema de conducta. Yo me siento descontento con el sistema en que vivimos y quiero cambiarlo. Yo digo: ¿cómo no vas a tratar de ayudar a los que tenés al lado? Y no es difícil, nosotros armamos esto en una semana”.


 

 

Emiliana:

“Estas son cosas que todos podemos hacer para sentirnos bien. Y la verdad es que todos tenemos tiempo para hacer esta clase de cosas. El asunto es que la gente esté dispuesta a ocupar bien parte del tiempo que le sobra”.


 

 

Angie.

“Yo lo hago para llenar mi alma y no quiero que me digan que soy copada porque hago estas cosas. Para mí, lo importante es que cuando volví a mi casa me sentí feliz. Me sentí feliz y triste al mismo tiempo, porque el Estado somos todos nosotros”.

 




Patitas para adelante



No nos engañemos. Esto es lo que hacen: juntan y van y regalan cosas. No está mal ir a llevar ropa y comida a una villa de indigentes, pero, si se buscan remedios de fondo, esto no es lo que hay que hacer y ya mucho se ha hablado de esto. Sin embargo, los gobiernos no están cuando tienen que estar o están después de que alguien buchonea el asunto en un diario.

Por eso, para pasar a una etapa más importante, ahora estos chicos están en contacto con una fundación para dar marco institucional a la tarea y, tal vez, canalizarla a través del Banco de Alimentos, que tan bien trabaja en la provincia.

Al respecto, pongamos ya mismo un ejemplo saludable: a la semana siguiente de salida la nota, un camión sanitario del Ministerio de Salud desembarcó en el lugar e hizo lo que nunca, en años, se había hecho allí: un control de la población, especialmente los niños, a cargo de pediatras, odontólogos y clínicos. Y también una vacunación masiva.

 

“Nosotros queremos que pongás en el diario el enorme agradecimiento a los profesionales de Salud que vinieron. Eran del centro de salud Padre Llorens y de la sala San Antonio”, nos comenta Bibiana, la presidenta de la Unión Vecinal del asentamiento Escorihuela.

Y finaliza: “Es la primera vez en años que alguien se ocupa de esta gente. Se portaron de maravillas y hasta vacunaron a los chicos. Los que siguen sin aparecer son los de la municipalidad y esto también quiero que lo pongás, porque no nos dieron bolilla cuando fuimos para allá ni cuando salieron las notas”,

Al fin y al cabo, lo sabemos, vivir con decoro no es fácil, amigos, porque consiste en hacerse cargo de la responsabilidad que a cada uno le toca, tomando las decisiones que se consideran adecuadas.

Algunos lo hacen y otros no. Algunos, conquistan el mundo para cambiarlo y otros, se sientan a verlo pasar hasta el día en que ellos mismos desfilan en un auto negro y largo, con las patitas para adelante.

Otros, como Daiana, esta niña que estudia reposada en su insobornable pobreza, y vive aquí a la vuelta de tu casa, se preraran para entenderlo y elegir desde qué lugar enarbolar sus días. Ojalá, si este estúpido planeta no explota antes, el futuro, que cabe en una carpeta escolar o en el latido de una bomba atómica, le depare a esta niña mendocina un lugar digno donde posar su mirada. Ojalá, gracias a sus estudios y su dieta con nutrientes, no tenga que recibir regalos de nadie. Ni ella ni sus hijos ni sus nietos ni los tuyos.