Es notable el poder que tienen los muros. Lo noté principalmente, y a lo largo de diez años, en la cárcel de Boulogne Sur Mer, cuando, tomando mates o haciendo teatro en algún pabellón, de pronto y reiteradamente observaba a un preso paralizado por una evidente maravilla: las ramas de un árbol que se mecía del otro lado de la pared.
Ahí, separados por escasos metros, el cielo y el infierno se rozaban las yemas para desazón, o tal vez esperanza, del condenado. Ahí, del otro lado de la pared, estaba aún la vida esperándolo; de este lado, en el pabellón seguía intacta la mejor versión del infierno en la tierra que yo haya conocido.
Las paredes son tan contundentes que consolidan la inequívoca evidencia de lo diferenciado: de un lado de ellas está el hogar, el abrigo, la intimidad y el sueño; del otro, lo ajeno y lo desconocido, el peligro, la otredad. En algún rincón de nuestra memoria, cada uno de nosotros tiene aún información de la tibieza y el abrigo que nos proveía el útero, el lado de adentro, antes de salir pavorosamente, con escándalo, al lado de afuera.
Todos tenemos muros y todos tenemos miedo. Y al mundo le pasa lo mismo: los norteamericanos tienen miedo de los mexicanos; los israelíes de los palestinos; los chinos de los que no son chinos, los alemanes de los alemanes, los coreanos de los coreanos, los rusos de los chechenios, los iraníes de los pakistaníes, los malayos de los tailandeses y los que viven en barrios privados, de aquellos que viven en barrios públicos.
Ante esto, amigos, los muros: para dejar resguardados la libertad y el sosiego hasta nuevo aviso. Dime cuán alto es el muro de tu casa y te diré cuán oneroso es el precio que estás pagando para sentir un poco menos de miedo.
Chavela
La evidencia parece ser clara: nadie en su sano juicio querría tener de vecinos a los habitantes del barrio La Gloria. Entonces, si vas a construir un barrio, la estrategia deberá ser la siguiente: primero cerrá el perímetro con un muro de cuatro metros de altura; después planteá el ingreso, coqueto, ampuloso, escenográfico, justo por el otro lado y, después, poné el cartelito “Se venden lotes”: listo.
El éxito de la empresa se medirá por lo sólida que resulte la pared.
Son tiempos difíciles, amigos. No estoy diciendo aquí, aclaro por si hace falta, que haya que salir a derribar todos los muros del reino. Pongo el acento, más bien, en el hecho de que, con el correr de los años, cada vez nos importa menos ser libres y cada vez nos importa más sentirnos seguros, sobre todo si, por querer ser libres, terminamos nuestro vuelo a dos metros del piso, pero del lado de adentro de la tierra.
Creo, debo decirlo, que esta evidencia es universal, sistemática y plurisignificativa. Ayer, mientras hacía las fotos para esta nota sobre el muro que cada uno de nosotros construye alrededor de sí mismo, me acompañaba Chavela, una mujer maravillosa que ha dedicado su vida a ayudar a niños y abuelos de su querido barrio La Gloria.
Después de varios años sin vernos, la vida de Chavela es la misma y sus manos siguen dispuestas y marrones para amasar amor y parar la olla en el barrio para cientos de personas, día tras día, mes tras mes, año tras año. Si existiera el paraíso, seguramente Chavela estaría en un sitio de honor, a pocos metros del Gran Arquitecto.
No obstante, últimamente, una nueva e imposible tristeza la inunda: la inseguridad. Y es obvio que no habla de la inseguridad de aquellos infames, ignorantes y mal nacidos que desearían ver a todos los pobres acribillados, sino de una verdadera, grave, decisiva: ahora, en el barrio, es común que los delincuentes que viven en la zona no tengan el menor empacho en asaltar a sus propios vecinos. Ya mismo aclaro que ningún choreo es saludable. Es sólo que, antes, el barrio era sagrado para algunos. Ahora, no.
- Son muy poquitos los gusanos acá. Todos los conocemos, pero habría que hacer una denuncia colectiva, porque los vecinos tienen miedo de hablar y los policías hacen lo que pueden…
Prende un cigarrillo y mira el muro esta santa señora bajo la mañana de oro en La Gloria. Chavela es hermosa al pie de la pared. Y la pared es siniestra al lado de Chavela.
Mansa discriminación separatista
No me enteré del muro porque los habitantes del barrio La Gloria hayan puesto alguna objeción a esa cicatriz de casi un kilómetro. Es como si, para ellos, al menos por ahora, fuese un recurso comprensible, lo cual nos indica, una vez más, que estamos en el horno.
Cuando una provincia naturaliza la irregularidad, cuando una comunidad observa la irregularidad como regular, es porque el barco sobre el naufragan nuestros destinos va directo al despeñadero.
- Nadie ha dicho nada por la pared. No creo que nadie vaya a decir nada. Acá en el barrio los vecinos están más preocupados por la inseguridad dentro del barrio y por la falta de trabajo que hay.
Chavela tiene que irse porque se le viene el mediodía encima y a esa hora la gente, también la del barrio La Gloria, tiene hambre.
En realidad, me enteré del muro por Lea, un chico que tiene un flamante blog llamado “Luzuriaga on line”. En él, en el único posteo concretado, nos dice acerca del muro: “Me dijeron personas del lugar que el muro es financiado por los vecinos del barrio lindante enclavado en el departamento de Maipú debido a los robos. Llama la atención que en terrenos públicos se permita mansa discriminación separatista, tanto la Muni de Godoy Cruz, como la de Maipú que es donde se encuentra la muralla. Lamentable es reflejo de una sociedad en nuestros días y de gobiernos que parecen ajenos a la realidad. Mientras más muros hagamos, más marginalidad”.
El enemigo
Cuentan que, durante la construcción de la Gran Muralla China, murieron diez millones de personas. Por suerte en este caso, los tiempos han cambiado y difícilmente mueran personas en el levantamiento de los muros con que hemos elegido protegernos los unos de los otros. Lo que agoniza, ahora, es, por caso, el concepto de ciudadanía y el espacio común como espacio de desarrollo social.
Igualmente, ahora, como antes, las grandes murallas se construyen para que no pase el enemigo. Ejemplos sobran y los hemos dado: para los chinos, el enemigo eran los nómadas xiongnu de Mongolia y de Manchuria; para los israelíes, en Cisjordania, el enemigo son los palestinos; para los árabes, los yemeníes; para los yanquis, los chicanos; para los coreanos, los coreanos y para los españoles de Melilla, los insólitos marroquíes. Y así podríamos seguir, trazando un muro que rodee el planeta y que, finalmente, separe como tantos quieren el Hemisferio Norte del Hemisferio Sur.
Está claro: para nosotros, para todos nosotros, el enemigo somos nosotros mismos. Lo peor que nos puede pasar al enfrentarnos al espejo, es vernos reflejados en él con nuestras íntimas intenciones a la vista.