Llueve en Plaza de Mayo y hay una veintena de carteles eternos bajo el agua. Nadie se manifiesta junto a ellos. Se trata, seguramente, de una inversión a largo plazo o de que alguien los olvidó o mejor: de que la lluvia, cual monumental carro hidrante, licua protestas y protestantes, que ahora se guarecen bajo un alero, mientras las palomas pisan charcos y allí, enfrente, la Casa Rosada hace agua con estoicismo, con esa dignidad de rosa venida a menos, como una madona italiana juzgada por la plebe.
A los policías, les interesa saber quién soy. Les interesa estar seguros de mi cara, mi número, mi huella dactilar y de que no llevo encima ninguna bomba cuya misión sea hacer bum-bum cerca de las orejas inadvertidas de Cristina.
Ya dentro, el “Patio de las palmeras” trae luz, pero no la suficiente como para iluminar la entrepierna de la Rosada ni las oscuras intenciones de todos aquellos que la habitan.
La casa es suntuosa. Se ufana en un lujo que nada tiene que envidiar a los propios de los palacios europeos. La casa es vieja también y se nota la dificultada de llevar adelante los siglos con dignidad. Por eso, la Patrona, señora y dueña del hogar por cuatro años, ha puesto por aquí y por allá brigadas de obreros marrones para que adecenten los pliegos de su falda. No lo hacen mal, aunque nadie repare en la suavidad casi amatoria con que carcomen los poros del alcázar.
Hay escaleras de mármol por aquí, pinturas para nadie por allá y esculturas prepotentes en los rincones y, en cada puerta, hay un comando electrónico, donde individuos debidamente inventariados e inconexos posan el dedo y marcan su clave para seguir montando la farsa de la jornada cumplida.
La Rosada es, ante todo, una casa vacía. Techos altos, pisos oscuros, ausencia de muebles, patios sin alma, puertas que dan a ningún sitio y gente que va y viene como si tal faena escondiese algún sentido. La Rosada es, ante todo, una casa fría. De nada sirven esos tremendos y horrendos aparatos modernos para regular la temperatura, porque la Rosada es una matrona fría, un banquete montado para nadie, bajo miles de luces de bajo consumo, tal como lo dispuso la Señora, a fin de dar el ejemplo: se puede andar por la vida con carteras que valen miles de dólares, pero la luz, argentinos y argentinas, la luz hay que cuidarla.
Nuestro guía marca el mapa de los peces gordos: “Aquí tiene su oficina el Chueco Mazzón. Acá, Albistur y su gente y allí, donde se ven todas esas pantallas, es la Oficina de Medios. Allá arriba está el despacho de Alberto Fernández y el de Randazzo. Más allá, Parrilli y Zanini y justo en la del balcón de Perón y de Evita, el de Cobos y lado el de la Negra Gutiérrez (foto). Ah, allí atrás de los ventanales de colores, están las oficinas de la presidenta”.
A jugar al balcón
Hay dos escaleras importantes en la Rosada: la Escalera Francia, por donde sube Cristina Fernández, y la Escalera Italia, por donde sube Patricia Gutiérrez; las demás no llevan a ningún sitio. A los pies de esas escaleras, forradas por una obediente aunque ya desapasionada alfombra roja, está el hall custodiado por dos granaderos durísimos, tan duros como los bustos de los presidentes argentinos que se reparten el perímetro.
Todos se ven soberbios, compenetrados, definitivos, gloriosos. ¿Se verán así porque a casi ninguno de ellos conocimos? ¿Cómo se verán los ausentes bustos de tipos como el Turco Menem o De La Rúa? ¿Se respetará para la posteridad el ojo virolo de Néstor K? Y si los bustos no tienen manos, ¿dónde colgará el escultor la cartera de la Señora?
En un subsuelo, está el museo, con el sillón de Derqui, el bombín y el bastón de Yrigoyen, el escritorio de Sarmiento, la porcelana china de Rivadavia y el neceser de viaje de Julio Argentino Roca. Hay, por supuesto, un cuadro de Perón y Evita y en la tienda, las fotos de la Duarte son las más vendidas, a cinco pesitos.
En la oficina de Gutiérrez, durante todos estos meses, sólo una vez vieron a Cristina en vivo y en directo. De pronto, ya de noche, se asomó como pidiendo perdón, muy sonriente y con un blazer escandalosamente fucsia.
- Permiso… Permiso…, dijo, como si fuesen sus modos habituales y como si también fuese habitual su presencia por esos lares de la gran casa.
Todos se quedaron azorados y mudos. Encima, tres segundos después aparecieron por la misma puerta, de riguroso sport oscuro, un tal Serrat y un tal Sabina, con sonrisas bonachonas estampadas en las jetas. Todos ingresaron a la mentada oficina de Cobos, que es enorme y acusa el golpe de los años y está presidida por el intocable, casi divino, el escritorio en que Evita apoyara sus decisiones. Más por reverencia que por otra cosa, ya nadie apoya decisiones en ese mueble, del mismo modo que –por seguridad– ya nadie apoyaría en el techo de la casa un helicóptero para que huyese un presidente.
Un poco más allá del escritorio, hay una pequeña mesa lujosa con dibujos de madonas italianas; hay también platería tras vitrinas, una mesa eternamente larga, cortinas largas como capas de reyes, sillones aristocráticos, un desubicado televisor gigante y un baño discreto, pues al fin y al cabo todos en algún momento terminamos en ese sitio.
Luego de un par de comentarios de ocasión, Cristina, Joan Manuel y Joaquín hacen lo que vinieron a hacer: un poco niños, un poco fieles e infieles, salen al histórico balcón y se ponen a jugar a “Juan, Domingo y la Abanderada de los Humildes”.
Abajo, en la plaza de las madres y las palomas, sigue lloviendo y los carteles solitarios, estoicos ya ante tanto patético espectáculo, siguen con su inversión a largo plazo. Ya ni siquiera se ve a los niños jugar en el balcón.