"Geografía y bienestar" es el título del libro de Guillermo Velásquez, investigador Principal del Conicet. Pero que el lugar en el que cada uno vive coincida con parámetros de bienestar puede resultar de más importancia que la investigación y el libro en sí. Hay que preguntarse entonces si es posible medir de alguna forma este grado de desigualdad o, en otros términos, si se puede cuantificar cómo vive la gente en distintos puntos de la Argentina. ¿Será cierto que Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires?
Todos los argentinos tienen cierta idea o imagen acerca del grado de desigualdad que poseen nuestro territorio y nuestra sociedad pero, ¿es posible medir de alguna forma este grado de desigualdad? o, en otros términos, ¿se puede cuantificar que tan bien, o tan mal, vive la gente en diferentes partes de nuestro país?
Para Guillermo Velásquez, investigador Principal del Conicet, y director del Centro de Investigaciones Geográficas de la Universidad Nacional del Centro, “a partir del análisis y combinación de indicadores socioeconómicos, -referidos a educación, salud y vivienda- y ambientales -que tienen en cuenta los diversos riesgos ambientales y el grado de atracción del paisaje-, puede elaborarse un índice-resumen que refleja el grado de bienestar relativo de la población”.
Las desigualdades que muestran los estudios surgen de comparar departamentos / municipios (511 para la Argentina en 2001), pero también las regiones que los agrupan. Existe un importante nivel de desigualdad regional, encabezando la Patagonia nuestro “ranking” regional del bienestar con 7,54 puntos y cerrándolo el NEA con solamente 5,38.
“Si en lugar de regiones consideramos municipios, la diferencia se incrementa mucho más, por ejemplo, entre los habitantes de Coronel Rosales en Buenos Aires (8,84) y los de General Mosconi, en Formosa (2,74), que sufren de pésimas condiciones socioeconómicas y ambientales” aclara Velásquez cuyas investigaciones están recopiladas en el libro Geografía y Bienestar, de editorial Eudeba.
El mapa actual no tiene que ver sólo con el presente o con el pasado reciente, sino también con los procesos históricos, los movimientos de población, el grado de accesibilidad / inaccesibilidad a los servicios en diversos puntos de nuestro vasto territorio, el proceso de urbanización y la generación de riqueza, entre otros factores. No fue menor en la investigación, examinar la relación entre el bienestar y otras cuestiones tales como la inseguridad o el desempleo.
Así, desde antes de la “Etapa agro-exportadora” se generaron condiciones para la concentración de población y la diferenciación entre la Región Pampeana y el denominado “interior” del país.
“Sin embargo”, aclara Velázquez, “durante otras etapas, por ejemplo durante la “Modernización Excluyente” de las décadas del ochenta y noventa, se resintieron significativamente las condiciones de vida de la región Pampeana y del Área Metropolitana de Buenos Aires, incrementándose la fragmentación social del territorio.
Para intentar mejorar su situación, buena parte de los argentinos optó por “probar suerte” migrando hacia otros destinos, al exterior y al interior. Esto dio como resultado que las regiones expulsoras de población, fundamentalmente el NOA y el NEA, empeoraran aun más su situación inicial, al verse privadas de parte de sus recursos humanos activos, y caer así en una suerte de “círculo vicioso de la pobreza” que los mecanismos del mercado tienden a incrementar.
Buenos Aires, ciudad cosmopolita
Hay un lugar común que dice: “Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”. Examinando esta afirmación desde una óptica geográfica del bienestar, resulta básicamente cierta: existe diferencia de oportunidades entre Buenos Aires y el resto del país.
Esta desigualdad también se reproduce -a veces más fuertemente- al interior de las propias regiones y provincias argentinas. Así la situación promedio de un sanjuanino del interior es significativamente peor que la de un residente en la propia capital provincial. A su vez, ambas resultan peores que la de un mendocino, que reside no sólo en una capital provincial, sino en la capital regional de Cuyo.
Tampoco las condiciones de vida urbanas o de las grandes ciudades son sistemáticamente mejores. Según nuestros estudios la población que reside en ciudades intermedias (desde 50.000 hasta 1 millón de habitantes) goza de mayor bienestar que la de las grandes. Esto se debe a que las ciudades intermedias poseen el tamaño suficiente como para contar con ciertos servicios -universidad, servicios sanitarios, espectáculos-, sin tener que sufrir el costo propio de las “des-economías de aglomeración” -costo y tiempo de transporte, problemas ambientales, especulación inmobiliaria, inseguridad.
En relación a la desigual generación y apropiación de riqueza, y a pesar de lo mucho que hemos criticado, y criticaremos, la teoría del “derrame”, en aquellas provincias en las que se genera mayor riqueza, como Santa Cruz o Tierra del Fuego, existe cierta tendencia hacia un mayor bienestar relativo de sus habitantes, a pesar de que parte de estos beneficios se remitan hacia otras zonas o de los evidentes problemas de distribución del ingreso que existen en todas y cada una de nuestras provincias.
En suma, los argentinos que residen en zonas inaccesibles, también padecen en su entorno los fenómenos negativos vinculados con la expulsión de población, la ausencia de servicios, particularmente educativos y sanitarios, propios de cierta escala urbana, la baja generación y apropiación de riqueza, temprana inserción en la PEA, elevada fecundidad, escaso patrimonio cultural familiar.
Estas carencias y muchas más se dan, asimismo, en un contexto más conservador y de mayor polarización social aún que el de otras regiones. En contraposición, las condiciones favorables también tienden a interactuar entre sí contribuyendo al incremento de la diferenciación socio-territorial.
El deseo de Guillermo Velásquez es “mostrar en el futuro mapas de logro más acordes con las legítimas expectativas de progreso de los argentinos en vísperas del Bicentenario”.